Nuevo Canal de Youtube

Desde ayer tenemos nuevo canal de Youtube (https://www.youtube.com/user/Summarios112)para si queréis suscribiros al canal o enviarnos algún video como los de nuestro corresponsal en Tenerife que nos mando un par de videos del #FMACanarias de ayer y que ahora os colgaré en el blog, aunque como os digo desde ayer están en el nuevo canal de Youtube.

Los seguros en los accidentes de tráfico

Los seguros en los accidentes de tráfico

Los seguros en los accidentes de tráfico son fundamentales. Así mismo como los Seguros de salud privados. Por desgracia en nuestro trabajo vemos demasiados accidentes de circulación, y vemos las consecuencias de los mismos. Un accidente siempre es un hecho traumático, que además de las connotaciones relacionadas con la salud, acarrea unas costas económicas.

Como sabemos en época de crisis se suele recortar, y por desgracia recortamos en lo que no debemos por que no solemos ver las consecuencias hasta que es tarde. Recortamos en neumáticos. Es normal ver en estas fechas coches con ruedas que parecen de competición, por lo lisos que están, con ausencia total de dibujo o casi, utilizando neumáticos no adecuados a la temporada invernal, etc.

Esta es otra de las causas de accidentes de tráfico, sobre todo en la época que empieza de Otoño-Invierno, en que las inclemencias del tiempo hacen que la importancia de tener unos neumáticos en condiciones optimas y adecuados tanto a la zona en que vivimos como a la estación del año, se refleje en la posibilidad de tener un accidente de circulación o frenar evitándolo en ocasiones de lluvia, hielo, nieve, escasa visibilidad, etc.

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La huida

Accidente múltiple sin heridosEl autobús que me traslada de vuelta desde la Universidad parece un buen lugar para enviar los mensajes de texto que preparen la noche. Es Viernes, y la libranza de dos días de que hoy comienza me permite disfrutar de unas animadas cervezas que resultan, tan sólo, los preliminares; cuando nuestro camarero de cabecera nos anuncia el momento del cierre decidimos dirigirnos a uno de nuestros templos.

Allí, la música independiente estimula la generosa vida social, catalizada por los combinados espirituosos. Mientras los haces de luz coloreada se entrecruzan siguiendo ritmos electrónicos, concluyo que aunque haya decidido vincular inexorablemente mi camino a la asistencia sanitaria, necesito estos momentos de confidencias, bromas, miradas, presentaciones, intercambios e ingeniosas promesas. El tiempo transcurre de forma sorprendentemente fugaz al disfrutar y, finalmente, nuestras pupilas se contraen por la acción de los deslumbrantes focos que, junto con el último tema del DJ, provocan que consensuemos una retirada.

Jesús, como es habitual, es el piloto del retorno; aún siendo alguien totalmente extraño a mi mundillo laboral, es referencia frecuente frente a mis dudas existenciales de cualquier índole. Circulamos por la principal arteria de la capital cuando un descubrimiento interrumpe súbitamente el emotivo análisis de la velada: varios coches acaban de colisionar frente a nosotros. Para aquí detrás, le indico a Jesús al tiempo que él enciende el indicador de emergencia.

Todavía en el coche me contorsiono para colocarme el estridente chaleco reflectante, mientras reflexiono: me veo capaz de manejar la situación, pero ¿Mi confianza puede provenir del alcohol? Me pondría en riesgo a mí mismo, o lo que es peor, a alguien ajeno. Decido probarme recordando los esquemas generales de actuación en accidentes de tráfico y de reanimación básica, y ambos acuden ordenadamente a mi pensamiento. Suficiente, vamos allá.

Los vehículos se encuentran inmovilizados en el centro de la calzada, pero no parece haber ningún atrapado en su interior. La respuesta afirmativa a mi pregunta de si todos se encuentran bien me tranquiliza, por lo que paso a comprobar que los frenos de estacionamiento aseguran los coches y que el contacto de todos ha sido desconectado. Aviso telefónicamente al 1·1·2 para confirmar la ausencia de heridos y reclamar la presencia de la Policía Municipal.

Ahora el principal problema es la rápida circulación a ambos lados, apenas separada unos centímetros de los accidentados. Es necesario protegernos. Tras ordenar que todos se vistan con los chalecos reflectantes, coloco uno de sus triángulos en uno de los sentidos y pido a uno de los conductores que haga lo propio en el contrario.

¿Qué mas? Si la situación se mantiene, quizás sea lo mejor reagrupar a todos los afectados para dirigirnos a un paso cercano y cruzar a la acera cuando sea posible… Parece que no será necesario, ya que mi trabajo ha terminado pues vislumbro con alivio los azules destellos de una patrulla de Policía Municipal. Mientras ésta se dirige hacia nuestra posición a gran velocidad, repentinamente me imagino dando explicaciones de qué hago ahí a los agentes, que indudablemente captan mi aliento etílico…

¡Nos vamos! le digo a Jesús, que se incorpora con agilidad a la circulación mientras cierro bruscamente la puerta. Al rebasar el accidente, alguno de los presentes me dirige la mirada con extrañeza, y lamento no estar en disposición de proporcionar explicaciones. Por un momento considero la posibilidad de que el vehículo policial nos considere parte implicada y decida emprender una persecución en lo que sin duda sería una gran historia, pero afortunadamente se detienen tras el accidente para señalizarlo.

Te hice una foto con el móvil cuando ibas a colocar el triángulo, aunque no se ve gran cosa. Genial, luego me la enseñas.


Amanecer inesperado

Ambulancia de Cruz Roja en intervención nocturnaCambiar el vehículo nunca es una tarea agradecida, pero hacerlo una tarde de verano resulta verdaderamente pesado. Comprobar a fondo un furgón para posteriormente completar su equipamiento no nos emociona en absoluto, pero al menos asegura que no echaremos nada en falta cuando más lo necesitemos. Comparto la guardia con dos compañeros que se incorporaron no hace mucho tiempo, por lo que a buen seguro aprovecharán la minuciosa revisión.

Una vez finalizada la tarea, la cena transcurre plácidamente intercambiando impresiones sobre sus progresos laborales con Casas, el cuarto del equipo. Es más que agradable constatar que gracias a su presencia la situación se mantendrá bajo control, sea lo que sea lo que nos aguarde esta noche. Pasan unos minutos de las dos de la madrugada cuando la estridente alarma de la emisora nos hace saltar desde el sofá a recibir el aviso: en un centro de urgencias de una pequeña localidad, un niño ha sufrido una crisis epiléptica.

Los destellos anaranjados iluminan fugazmente los árboles que rodean la interminable carretera a nuestro paso, mientras nos extrañamos por lo infrecuente de la solicitud: habitualmente, si hay riesgo de nuevas crisis el traslado al hospital lo realiza una UVI-móvil, y si no lo hay son los padres del paciente lo que evitan la demora mediante su vehículo particular.

La enfermera que nos recibe nos informa de que efectivamente los padres partieron con el niño unos minutos atrás. Mientras les explicamos que en la próxima ocasión deben anular la llamada para nosotros quedar disponibles, el timbre del teléfono del centro nos interrumpe. Es para vosotros… nos mira la doctora tras responder. Qué extraño, la central es la única que conoce nuestra localización y nos hubieran llamado a través de la radio; Casas recibe el auricular, y sorprendentemente no es Miguel Gila el que se encuentra al otro extremo.

La Policía Local necesita un equipo sanitario por un accidente de tráfico que acaba de ocurrir en las afueras del pueblo. La coincidencia resulta providencial para las compañeras de aquel pequeño centro rural, puesto que de este modo no necesitan abandonar su puesto. En apenas un minuto alcanzamos el lugar, descubriendo que un utilitario ha volcado y se encuentra fuera de la carretera. Casco y gafas, guantes, trescuartos… Una vez equipados con el material de autoprotección, pido a los dos compañeros nuevos que no se separen de mi, nos hacemos con los botiquines y bajamos de la ambulancia para evaluar la escena.

En el interior del vehículo hay tres jóvenes de nuestra edad; En la parte posterior, dos de ellos no pueden abandonarlo dado que el fuerte impacto ha deformado la estructura atrapando parte de sus piernas, y exigen a gritos que les liberemos; el tercero, sin conocimiento, mantiene su posición de conductor, tan sólo sujeto por el cinturón de seguridad. A este último no sería difícil liberarle -cualquiera de nuestras tijeras puede cortar lo que le retiene- pero al encontrarse inaccesible y colgando boca abajo, la maniobra le podría causar daños irreparables en una columna posiblemente dañada. Tras valorar la estabilidad, Casas se introduce en el habitáculo reptando sobre el techo, corta el contacto y comienza a valorar al paciente. No me importaría en absoluto estar en su lugar, pero mi rol es otro, y no menos trascendente.

Al otro lado de la calzada yace otra joven, posiblemente la acompañante. Mientras me relata cómo ha salido del coche para tumbarse en ese lugar, compruebo su respiración y pulso, que no parecen afectados. Empezamos. -¿Recordais la evaluación inicial del paciente traumático? Adelante- pregunto, encomendando así la tarea a los dos compañeros libres. Central: cuatro heridos, tres atrapados, uno de ellos grave; necesitamos más ambulancias y bomberos, informo a través del walkie mientras corro hacia la ambulancia.

Tras recoger el material necesario, comienza la segunda ronda: en el vehículo asisto a Casas con las primeras medidas de apoyo vital al inconsciente (collarín, vías respiratorias, oxígeno) al tiempo que converso con los otros dos atrapados tratando de calmarles. Levanto la vista y aprecio que el número de transeúntes se ha multiplicado, varios de ellos rodeando a mi dos compañeros y a su paciente. No podemos dejar que la situación se desborde: empleando el material adecuado dirijo la inmovilización completa de la paciente, lo que nos permite resguardarla en el interior de la ambulancia, donde permanece acompañada de los dos técnicos.

Esto me permite volver al vehículo accidentado para evaluar el estado de los dos atrapados, puesto que ya no gritan con la misma intensidad, lo que paradójicamente resulta preocupante. No he terminado de valorarles cuando escucho una discusión que parece provenir de un lugar sospechosamente familiar… No puede ser. Corro de nuevo hacia la ambulancia para expulsar con cajas destempladas a los testigos que habían hecho de ella lugar para su discusión, desesperando a la paciente y mis compañeros, a los que exijo que aseguren las puertas tras mi salida. Pido ayuda a los agentes municipales, que hacen lo imposible por controlar una muchedumbre cuyo número ya parece superior a la propia población del municipio.

Han transcurrido un par de minutos cuando, súbitamente, un resplandor me ciega durante unos segundos. Giro la cabeza para encontrar su fuente y descubro una agradable sorpresa: el camión de rescate de bomberos, mientras vacía su interior de personal, ha elevado y prendido el mástil telescópico de iluminación, lo que facilitará enormemente la tarea. También vislumbro la llegada de una UVI móvil y una ambulancia de Protección Civil. Ahora sí. Tan sólo resta que Casas proteja a nuestro paciente invertido y que los bomberos pongan en marcha las herramientas hidráulicas que, siempre acompañadas del ruido sordo del compresor, creen un nuevo acceso al habitáculo; la extracción se hace así posible, deslizando al paciente sobre una tabla diseñada al efecto en la que se le asegurará para continuar en la UVI móvil los tratamientos previos al traslado.

Las herramientas hidráulicas opuestas fuerzan a la estructura trasera del vehículo, mediante un amargo chirrido, a recuperar su forma original y así liberar a los otros dos pacientes. Al mismo tiempo que se incorpora una segunda UVI-móvil, la otra ambulancia traslada al hospital a la paciente, liberada en su caso de la presión ambiental. Finalmente, y pese a nuestra insistencia, los dos pacientes ahora libres firman el alta médica en el mismo lugar y vuelven caminando a su casa, puesto que sólo han sufrido alguna contusión en las piernas. La imagen de ambos caminando por la cuneta con sus amigos, ajenos al milagro que acaban de experimentar, ocupa nuestra conversación durante la vuelta a la base.


Crónica de una no-siesta

Corre el verano del año 2002. No hace mucho que cambié de base de Cruz Roja por lo que todavía no conozco a todos los compañeros, pero con los de esta tarde me voy a llevar bien, seguro. Ambos son telecos,  como lo que yo seré algún día, y apasionados de las emergencias.  Después de una animada comida charlando de la actualidad universitaria y tecnológica, deciden sestear puesto que han estado trabajando por la mañana, mientras yo hojeo documentación en lo que pronto se convertiría en mi segundo hogar.

La cálida y tranquila tarde es súbitamente interrumpida por la entrada en el puesto de socorro de un hombre nervioso: ¡Un accidente! informa. Mi voz reenvía la información a las bellas durmientes: ¡Un tráfico, parece grave! La imagen de los dos compañeros en ropa interior poniéndose en pie de un salto para, acto seguido, mirarse extrañados todavía desorientados sigue grabada en mi memoria y dando mucho juego cuando nos vemos; realmente pareció que iban a echar a correr uno hacia otro hasta que sus cabezas chocaran y ambos cayeran desmayados, como en las comedias de humor deliberadamente absurdo.

Tras averiguar los detalles mientras mis compañeros vuelven a la realidad, partimos hacia el lugar, tan cercano que en apenas un minuto observamos como la policía señaliza la escena: una pequeña furgoneta ha chocado contra una cerca de piedra de forma tan violenta que ha quedado totalmente deformada. Evidentemente somos el primer recurso sanitario en llegar, por lo que primero debemos hacernos una idea general: como conductor me encargo de las comunicaciones y la seguridad mientras mis colegas evalúan el estado de los heridos.

Primeros problemas: el motor del vehículo accidentado está derramando combustible sobre la hierba seca del lateral de la carretera, por lo que extraigo el extintor de la ambulancia y me preparo para utilizarlo, esperando que no sea necesario. No hay atrapados en el vehículo, aunque esto no es tan buena noticia puesto que de los tres heridos que alcanzo a ver, resulta evidente que dos de ellos, ambos adultos, han salido despedidos; el tercero, un niño de unos 10 años, se sujeta el brazo con un gesto de dolor, pero parece que ha salido del vehículo por su propio pie.

Una vez situados, y mientras veo acercarse la ambulancia municipal, llega el momento de pedir refuerzos: central, necesitamos bomberos por riesgo de incendio y UVI móvil para paciente muy grave. Los dos adultos, tendidos en la cuneta, no han salido bien parados: uno de ellos se queja de la pierna, que ha tomado una forma nada anatómica, y el otro parece haber sufrido varios golpes pero no los siente, puesto que ha perdido el conocimiento. Si les pusiera un color a cada uno sería el verde, el amarillo y el rojo, respectivamente.

La fortuna quiere que en uno de los coches que se encuentra retenido por el accidente viajen una médico y una enfermera del centro de salud, a las que proporciono el material necesario para comenzar los primeros tratamientos al rojo (abrir la vía aérea, oxígeno, sueros) con la ayuda del primero de mis compañeros; al mismo tiempo, el segundo evalúa al amarillo y pide al técnico municipal que se ocupe del verde.

Pasados unos minutos llegan la UVI y los bomberos, por lo que se impone una rápida reorganización: los sanitarios del centro de salud atienden al niño verde en la ambulancia municipal mientras mi equipo y yo inmovilizamos al amarillo, ya que ahora no tengo que estar pendiente del combustible, y la UVI continúa con los tratamientos avanzados al rojo. Esto es otra cosa, ahora jugamos en igualdad de condiciones.

Por suerte, amarillo no está tan dolorido como sugiere la deformidad de su pierna, así que sólo nos queda realizar la inmovilización de la extremidad y del eje del cuerpo, para posteriormente prepararlo para el traslado. Informamos de esto a la dotación de la UVI mientras ellos se afanan en prestar los cuidados a rojo para que de camino no surjan más complicaciones. La ambulancia municipal partió hace unos minutos hacia el hospital con verde y el equipo del centro de salud en su interior.

Finalmente los tres pacientes llegan al hospital en el mejor estado que les permiten las lesiones respectivas, y tras las transferencias hospitalarias los diferentes equipos iniciamos el camino de vuelta. Todavía nos queda por delante la limpieza y la reposición del material… Creo que hoy nadie nadie estará molesto por no haber podido dormir siesta.

ImagenMadrid112 (no relacionada)


Volar

Foto helicóptero rojo aterrizandoUn día más llegan las diez de la noche: la hora de la retirada, en la que Nuño -mi compañero- y yo somos reemplazados por los nocturnos, que llegan dispuestos a desafiar la noche madrileña con la ayuda de la siesta previa.

Para ser el mes de Enero ha sido una guardia relativamente tranquila, por lo que charlamos animadamente mientras volvemos a vestirnos como gente de a pie. “Voy a subir a la central a saludar ¿Vienes?” Por aquel entonces la base de la UVI-Movil se encontraba en el mismo edificio que la central de comunicaciones; Nuño había trabajado en ella y conservaba buenos recuerdos de los compañeros, yo me encontraba en la misma situación, por lo que no dudé en acompañarle.

Una vez arriba, me acerco a saludar a uno de mis primeros colegas de emisora, pero me detengo un momento ya que parece muy ocupado con algo: con una mano sostiene un auricular y con la otra señala el último nombre de una lista. Al verme, un rayo de esperanza cruza su rostro mientras al tiempo que descubro el motivo del desasosiego: ¿Guardia mañana en Lozoyuela? No he conseguido encontrar suplente… Eso sí que no me lo esperaba ¿En heli? ¡Por supuesto! Me dirijo a mi casa con la idea de descansar bien para al día siguiente estar, nunca mejor dicho, a la altura.

Afortunadamente, la guardia comienza más tarde que la habitual, por lo que me alcanza el tiempo a desayunar mientras negocio el préstamo del automóvil familiar. El camino no se me hace largo, pero me doy cuenta de que voy justo, demasiado justo. Quizás es eso lo que hace que tome el desvío equivocado, el acceso al parque no es fácil pero debería conocerlo… Aparezco diez minutos tarde ¡Mierda! Pues sí que empezamos bien… Afortunadamente, el solape de los turnos implica que no hago esperar al compañero saliente, y llego a tiempo de enterarme de lo acontecido en la guardia que en ese momento termina.

Durante la mañana, me dedico a revisar concienzudamente todos los sistemas de los vehículos terrestre y aéreo, especialmente el segundo que es nuevo para mi. El piloto y el mecánico aprovechan para instruirme en los procedimientos de seguridad, que me parecen realmente fundamentales. El resto de la mañana transcurre sin avisos, pero entre la comprobación al detalle y la preparación de la comida pasa realmente rápido.

Reconozco que no estaba seguro de contar con la confianza del equipo, ya que los helicópteros pertenecieron a bomberos y la fusión entre su servicio y el nuestro no está siendo fácil; sin embargo, me apoyan en todo momento e incluso la médico defiende con autoridad mi plaza en el helicóptero cuando ésta es cuestionada por el jefe de bomberos.

Súbitamente, una voz grave interrumpe el silencio a través de la megafonía del parque: “Aviso para helicóptero”. Al llegar corriendo a la helisuperficie con las mochilas de intervención, veo las aspas ya girando de la máquina; inspiro profundamente y me coloco los cinturones y el intercomunicador. Pensaba que este momento nunca llegaría: el pájaro alza el vuelo, pero esta vez conmigo en su interior. La voz del piloto a través del intercomunicador interrumpe mi momento de fascinación: “esta es el punto de la carretera, necesitamos ojos”. Tras localizar el accidente y un campo próximo adecuado, tomamos tierra y nos organizamos con los bomberos y la UVI de SESCAM allí presentes: hay tres fallecidos y una herida grave atrapados en un vehículo, mientras que en el contrario hay un sólo herido del que se hacen cargo los compañeros de Guadalajara.

Los bomberos se afanan en desencarcerar a Julia, la atrapada, mientras la médico y el enfermero se hacen un hueco para valorarla; no tiene buena pinta, lo que se corresponde con su circunstancia (en el mismo vehículo que los fallecidos). Una vez liberada, se confirman las sospechas: está consciente, pero su corazón late deprisa y está pálida, lo que indica una posible hemorragia interna. No hay tiempo que perder: “Julia ¿Ha montado en helicóptero? Pues hoy lo va a probar” le dice el enfermero mientras se aplican las primeras medidas de soporte vital (oxígeno, monitorización, sueroterapia). No han pasado ni un par de minutos cuando embarcamos y despegamos.

El viaje es breve (250km/h en línea recta acercan el destino) y estático, ya que no hay espacio para trabajar ni posibilidad de soltarse los cinturones sin motivo, por lo que me reparto el tiempo entre vigilar el monitor y mirar el paisaje, que sigue impresionandome. Una vez en el hospital 12 de Octubre tomamos tierra en la helisuperficie grande y, con la ayuda de una UVI-móvil, transferimos a Julia a la unidad especializada en heridos graves del Hospital. Recuerdo que no hace 24 horas que yo estaba al otro lado, con los pies en el suelo…

Julia saldrá adelante: se queda en buenas manos, puede que en las mejores que conozco. La vuelta es distendida, con el equipo bromeando a través del intercomunicador y yo -según el piloto- interpretando el rol de japonés, cámara incluida. El resto de la guardia transcurre tranquila, permitiéndome aprovechar para analizar con calma la intervención y así aprender de ella. No la olvidaré fácilmente.