Formación IMV 8 de Agosto de 2017 Fuenlabrada

En verano continuamos entrenando procedimiento #IMV en el #SUMMA112. El pasado 8 de Agosto estuvimos en el Parque de Bomberos de Fuenlabrada. Formados todo sale mejor.

👏 a los compañeros del parque de bomberos y de Cruz Roja por su colaboración. Gran implicación de alumnos e instructores.

Contacto

VendajeSentado en la butaca de la cabina asistencial, apoyo la cabeza sobre el lateral del mueble mientras cierro los ojos y disfruto del sopor de vuelta a la base. Dado que Jack -el otro técnico- es también conductor, intercambiamos el timón del barco, como le gusta decir, mediada la guardia. Quizá debería haber elegido un menú más ligero, pero los espaguetis y el filete con patatas parecían la mejor opción después de una mañana de avisos y con otras siete horas por delante.

El timbre del teléfono móvil desvanece mis ensoñaciones desde la zona de conducción. Alzando la voz para sobreponerse al rugido creciente del motor, Eva recita: accidente en la planta cárnica, hemorragia grave. El golpe de adrenalina me ayuda a incorporarme para, asido a la barra al efecto que recorre el techo, hacerme apresuradamente con sueros, gasas y vendas de los estantes. El impulso de la frenada previa a la primera rotonda me devuelve casi volando al asiento, donde me abrocho de nuevo el cinturón de seguridad. Nota mental: la siguiente guardia, sopa y ensalada.

Los líquidos tibios serpentean a través de las conducciones de plástico transparente, retirando el aire que de llegar al torrente circulatorio pondría en peligro la vida del paciente; apenas he terminado de preparar los sistemas de infusión intravenosa cuando compruebo que ya hemos llegado. Dado que al avisarnos estábamos en marcha y que mi compañero conoce bien la zona, han pasado menos de cuatro minutos. Perfecto.

Mientras nos apeamos de la unidad, un grupo de personas con monos de trabajo abandona la nave industrial cargando esforzadamente hacia nosotros un cuerpo inerte como un muñeco de trapo. Cambiando de inmediato el plan -nuestro “modus operandi” habitual es la asistencia en el lugar del accidente- Jack abre las puertas traseras y extrae de su plataforma la camilla en la que instantes después aterriza nuestro paciente.

El rojo sangre que mancha casi toda su ropa contrasta sobremanera con lo pálido de su tez. Un aparatoso vendaje improvisado cubre desordenadamente el antebrazo izquierdo, por lo que Carol comienza en el derecho la búsqueda de una vena para canalizarla y reponer líquidos. Tengo un salino y un expansor purgados, le informo; no esperaba menos, replica ella mostrando su confianza al tiempo que Eva comprueba pulso y respiración, todavía presentes.

¡Tus tijeras! Tras varios años formando equipo, la médico conoce cada pieza del equipo que llevo conmigo, pero en este caso lo que me extraña es el objetivo ¿Qué hay que cortar? me ofrezco. El vendaje, quiero ver la herida. No puede ser, la regla de oro para cohibir una grave hemorragia es no retirar los primeros apósitos, especialmente si ya está taponada como es el caso. Disconforme, extiendo la herramienta hasta su mano y doy un discreto paso atrás ante la expectativa de un violento surtidor granate.

Para mi sorpresa, las capas de tela van cayendo pero la sangre no se muestra. ¿Dónde se ha cortado? inquiere Eva a los expectantes compañeros que nos rodean. Al parecer nadie vio el momento preciso. La piel queda ya al descubierto, y Eva la registra volteando una y otra vez el antebrazo tratando de localizar el origen del sangrado. Un momento, indica dirigiendo la mirada a Carol, que mantiene la aguja sin introducir.

Escúchame. Las palabras de la doctora, en un tono tan firme como suave, destacan sobre el ruidoso ambiente, pues se ha arrodillado para acercarse al oído del trabajador: Estás bien, puedes incorporarte. Como abandonando un profundo trance, sus párpados se separan perezosamente y los ojos examinan con sorpresa el espacio circundante. Al tiempo que los presentes intercambiamos miradas de extrañeza, ella le invita a compartir la historia. Noté el frío de la cuchilla y anudé la toalla sin mirar, avisando a los compañeros justo antes de desvanecerme por la impresión. Un rasguño apenas visible certifica la veracidad de su relato.

Minutos después y con el informe de la asistencia en la mano, el trabajador camina hacia a la nave dando todo tipo de explicaciones a sus compañeros; lo que no podemos prevenir son los chascarrillos de los días venideros. Consigo contener mi curiosidad tan sólo unos segundos: ¿Cómo lo has sabido? En realidad no lo sabía -responde Eva- pero investigué porque algo no cuadraba. Sí, hay que tener algo más que títulos para ser buen médico en extrahospitalaria.


Contacto

VendajeSentado en la butaca de la cabina asistencial, apoyo la cabeza sobre el lateral del mueble mientras cierro los ojos y disfruto del sopor de vuelta a la base. Dado que Jack -el otro técnico- es también conductor, intercambiamos el timón del barco, como le gusta decir, mediada la guardia. Quizá debería haber elegido un menú más ligero, pero los espaguetis y el filete con patatas parecían la mejor opción después de una mañana de avisos y con otras siete horas por delante.

El timbre del teléfono móvil desvanece mis ensoñaciones desde la zona de conducción. Alzando la voz para sobreponerse al rugido creciente del motor, Eva recita: accidente en la planta cárnica, hemorragia grave. El golpe de adrenalina me ayuda a incorporarme para, asido a la barra al efecto que recorre el techo, hacerme apresuradamente con sueros, gasas y vendas de los estantes. El impulso de la frenada previa a la primera rotonda me devuelve casi volando al asiento, donde me abrocho de nuevo el cinturón de seguridad. Nota mental: la siguiente guardia, sopa y ensalada.

Los líquidos tibios serpentean a través de las conducciones de plástico transparente, retirando el aire que de llegar al torrente circulatorio pondría en peligro la vida del paciente; apenas he terminado de preparar los sistemas de infusión intravenosa cuando compruebo que ya hemos llegado. Dado que al avisarnos estábamos en marcha y que mi compañero conoce bien la zona, han pasado menos de cuatro minutos. Perfecto.

Mientras nos apeamos de la unidad, un grupo de personas con monos de trabajo abandona la nave industrial cargando esforzadamente hacia nosotros un cuerpo inerte como un muñeco de trapo. Cambiando de inmediato el plan -nuestro “modus operandi” habitual es la asistencia en el lugar del accidente- Jack abre las puertas traseras y extrae de su plataforma la camilla en la que instantes después aterriza nuestro paciente.

El rojo sangre que mancha casi toda su ropa contrasta sobremanera con lo pálido de su tez. Un aparatoso vendaje improvisado cubre desordenadamente el antebrazo izquierdo, por lo que Carol comienza en el derecho la búsqueda de una vena para canalizarla y reponer líquidos. Tengo un salino y un expansor purgados, le informo; no esperaba menos, replica ella mostrando su confianza al tiempo que Eva comprueba pulso y respiración, todavía presentes.

¡Tus tijeras! Tras varios años formando equipo, la médico conoce cada pieza del equipo que llevo conmigo, pero en este caso lo que me extraña es el objetivo ¿Qué hay que cortar? me ofrezco. El vendaje, quiero ver la herida. No puede ser, la regla de oro para cohibir una grave hemorragia es no retirar los primeros apósitos, especialmente si ya está taponada como es el caso. Disconforme, extiendo la herramienta hasta su mano y doy un discreto paso atrás ante la expectativa de un violento surtidor granate.

Para mi sorpresa, las capas de tela van cayendo pero la sangre no se muestra. ¿Dónde se ha cortado? inquiere Eva a los expectantes compañeros que nos rodean. Al parecer nadie vio el momento preciso. La piel queda ya al descubierto, y Eva la registra volteando una y otra vez el antebrazo tratando de localizar el origen del sangrado. Un momento, indica dirigiendo la mirada a Carol, que mantiene la aguja sin introducir.

Escúchame. Las palabras de la doctora, en un tono tan firme como suave, destacan sobre el ruidoso ambiente, pues se ha arrodillado para acercarse al oído del trabajador: Estás bien, puedes incorporarte. Como abandonando un profundo trance, sus párpados se separan perezosamente y los ojos examinan con sorpresa el espacio circundante. Al tiempo que los presentes intercambiamos miradas de extrañeza, ella le invita a compartir la historia. Noté el frío de la cuchilla y anudé la toalla sin mirar, avisando a los compañeros justo antes de desvanecerme por la impresión. Un rasguño apenas visible certifica la veracidad de su relato.

Minutos después y con el informe de la asistencia en la mano, el trabajador camina hacia a la nave dando todo tipo de explicaciones a sus compañeros; lo que no podemos prevenir son los chascarrillos de los días venideros. Consigo contener mi curiosidad tan sólo unos segundos: ¿Cómo lo has sabido? En realidad no lo sabía -responde Eva- pero investigué porque algo no cuadraba. Sí, hay que tener algo más que títulos para ser buen médico en extrahospitalaria.


Fiesta

Fuegos artificialesUna explosión cubre el oscuro cielo con tonos anaranjados. La segunda, más fuerte, emplea un celeste que recuerda al mar. Otra más, otra… Miles de espectadores rodean la carpa de asistencia sanitaria que las dos decenas de voluntarios allí reunidos hemos desplegado un par de horas antes, en caso de que la protección brindada por la patrona de la acogedora población serrana no sea suficiente. Para nosotros, servicios preventivos como este suponen la oportunidad de saludar y bromear con los compañeros que vemos cada mucho tiempo, dado que las guardias habituales son de apenas tres o cuatro personas. Una sobrecogedora detonación cierra el espectáculo pirotécnico, dando paso a la ronda de aplausos y marcando el comienzo de la recogida del dispositivo. Es difícil hacerme el loco cuando el coordinador solicita un conductor para devolver a la central la ambulancia de préstamo: soy de los pocos que se mueve en transporte público y vive en la capital. De súbito, la agradable brisa del fin del verano trae a mi mente una idea. ¿Guardia esta noche? Antes de alcanzar la decena de propuestas, ya he conseguido reclutar un colaborador de otra base y otros dos compañeros recientemente incorporados, ansiosos de experiencia. Pronto iban a comprobar que el mito de que las ambulancias de refuerzo son más movidas tiene parte de verdad. Antes de nada he de hacer acto de presencia en un chalet cercano, donde se celebra una concurrida reunión familiar. Según lo esperado, me recibe una cascada de chascarrillos acerca de la veracidad de mi excusa, pero apenas he terminado la ronda de saludos cuando un tono de sirena destaca sobre el bullicio. Es la señal, me tengo que marchar, explico. No puedo evitar una media sonrisa al tiempo que acelero al paso camino del vehículo. ¿Qué tenemos? inquiero al tiempo que hago aumentar el rumor del motor, acompañado por el zumbido de la barra de luces rotativas. Es un accidente de tráfico, no hay más datos. La incertidumbre es siempre la norma en los momentos previos, pero en los “tráficos” aún más. En el lugar del accidente quizá un par de conductores rellenen un parte amistoso, pero también es posible que una familia agote su energía enjaulados en los restos de su propio vehículo. Tardaremos lo menos posible en averiguarlo, digo para mis adentros al tiempo que cruzo las rotondas de salida de la localidad retirando el pie del acelerador sólo lo imprescindible. La combinación de las ráfagas de luz con las anaranjadas luces giratorias genera un baile fugaz en los árboles que rodean la amplia carretera. Circulamos prácticamente en solitario, y prescindir de la sirena resalta el agudo silbido del turbocompresor al extraer cada caballo del gasóleo. Conocer al dedillo la respuesta en cada curva permite acercar la velocidad a los límites de la física, pero teniendo siempre presente riesgos ajenos como un conductor ebrio o un animal suelto; no podemos permitirnos no llegar. Pocos kilómetros más adelante, una nube de destellos multicolor anuncia la presencia de otros servicios en el accidente. A un lado de la carretera, un guardia civil conduce hacia su furgón a cuatro engalanados veinteañeros que tratan de explicarle lo sucedido. El rugido de los compresores dirige mi mirada hacia el pesado camión de salvamento, pero sin localizar el supuesto coche accidentado. Rodeando el ruidoso vehículo, descubro que la luz arrojada por los focos de su mástil baña la vegetación que cubre la rotonda, creando una suerte de improvisado escenario teatral. En su centro, un equipo de bomberos se arremolina al lado de un destrozado utilitario que ahora descansa sobre su techo. Tras repartirnos aprendices y tareas, el responsable del mi equipo se dirige al coche mientras yo me encargo de recibir la información del agente. Cuatro leves -retransmito al reencontrarnos instantes después- ¿Y allí? Sólo bomberos con una reanimación, relata con sorprendente calma, transmitiendo la sensación de que poco queda por hacer. ¡Cambiamos! exclamo camino de nuestra unidad, voy yo al coche. Es cierto que la formación en emergencias sanitarias de los bomberos ha avanzado enormemente durante los últimos años. Lo sé porque a veces somos nosotros los encargados de impartirla, tanto en su preparación a la oposición como durante la academia. No obstante, estoy seguro de que este paciente se puede beneficiar de los medios y la experiencia de un equipo sanitario. Central, cinco pacientes, cuatro leves y uno crítico en reanimación; necesitamos otra ambulancia y una UVI-móvil. El micrófono de la emisora cae sobre el salpicadero mientras apresuradamente hago acopio del material. Al tiempo que animo a los bomberos a no detenerse, coloco un collarín a un cuerpo inerte que difícilmente aparenta alcanzar la veintena. Informan de que apenas unos minutos atrás lo encontraron fuera del coche y comenzaron las maniobras. Acaba de vomitar, eso es bueno ¿verdad? inquiere uno de ellos demandando algo de esperanza. Mi respuesta le devuelve a la dura realidad: depende… si no hay otros signos de vida es probable que el aire no esté entrando a los pulmones, desviándose hacia el estómago y llenandolo hasta que éste expulsa bruscamente su contenido. Empecemos por ahí: el motor del sistema de aspiración se esfuerza en hacerse con el líquido difícilmente identificable que rebosa por su garganta, mientras continúa el masaje cardíaco. Muy difícil, pienso en voz alta. Segundos después, recolocamos la cánula que facilita el paso del oxígeno e intentamos de nuevo introducirlo en sus pulmones, manteniendo una presión en su nuez que cierra el paso desde el estómago; parece que el balón de resucitación se deja comprimir con algo más de facilidad. Pasados un par de minutos, una rápida ojeada al indicador me confirma que la sangre que impulsamos transporta algo de oxígeno. ¿Donde andará esa UVI? ¡Y treinta! Tras el aviso del fin de la serie de compresiones torácicas, sello con la mano izquierda la mascarilla sobre el rostro y aprieto con la derecha el balón de goma. El pecho se eleva, pero el músculo cardíaco no muestra el menor signo de actividad. Durante la segunda insuflación levanto la mirada hacia los destellantes ámbar de un pequeño vehiculo que se dirige a toda velocidad hacia nuestra posición. Cuando lo reconozco como uno de los coches de atención domiciliaria, desciende apresuradamente de él un equipo de tres personas, pues además del médico y técnico habituales acuden a avisos graves con enfermero y material avanzado prestados del centro de urgencias. El azar querría que pasado un tiempo lo conociera de primera mano al estar asignado durante más de dos años en aquella misma unidad. ¿Un ocho? El médico asiente. Mientras preparo un tubo de aquel tamaño con el que intentará aislar las vías respiratorias del joven, él se tumba sobre la hierba seca para poder observar su maniobra. Parece complicado, advierto mientras me cubro los ojos con las gafas de protección ante salpicaduras, recordando todo lo que se encontraba en la garganta del paciente minutos antes. Al introducir el instrumento metálico, un súbito espasmo impregna nuestros rostros con un incómodo moteado rojizo, y el equipo médico parece preguntarse si aquella demostración de riesgos laborales estaba ensayada antes de volver a intentar la técnica, ya con el rostro protegido. Tras un fallido tercer intento reconocen la enorme dificultad de la maniobra en aquellas circunstancias, por lo que la eterna espera a la UVI-móvil continúa. Al menos el enfermero ha conseguido canalizar dos estrechos accesos venosos, pero eso no hará que nuestro paciente se recupere. Tras un interminable cuarto de hora, el esperado equipo hace acto de presencia. Disculpad el retraso -son las primeras palabras del doctor que lo lidera- venimos del Real. Al menos hay tres unidades mucho más cerca, no puedo evitar pensar, debe ser una noche realmente dura para que estén todas ocupadas. Pese a contar con otras alternativas menos complejas de ejecutar, el segundo médico decide repetir la maniobra. Afortunadamente para él y para nuestro paciente, en esta ocasión el extremo del tubo alcanza su destino, llenando los pulmones con el ansiado oxígeno. Bip. Bip. Todas las miradas del equipo convergen en la línea de luz trazada por el monitor, que comienza a registrar actividad eléctrica en el hasta entonces inmóvil corazón; dos dedos sobre el cuello y el médico confirma la buena noticia: tiene pulso. El equipo de bomberos no puede reprimir el júbilo tras el resultado del intenso esfuerzo, pero los rostros de todos los sanitarios reflejan que hemos presenciado demasiadas situaciones similares con final amargo como para contagiarnos. Al introducir la camilla con el paciente crítico en la UVI, escucho tras de mí una voz familiar: Estamos aquí ¿Cómo lo organizamos? La ambulancia titular de nuestra base acaba de llegar, por lo que sólo resta iniciar el camino hacia el hospital. Ya al volante, uno de los dos pacientes -dos leves más viajan en la otra ambulancia- se dirige a mi a través del ventanuco: ¡Con cuidado, eh! Que ya hemos tenido el susto de hoy… Una sonora carcajada resuena en la cabina asistencial como producto a su brillante ocurrencia. Inspirando profundamente, contemplo la sangre de su amigo que todavía mancha parte de mi uniforme y piso suavemente el acelerador alegrándome de no estar al otro lado del tabique, donde el jolgorio continúa. En la clasificación de pacientes del hospital, la doctora se sobresalta ante la fila de heridos que traemos ¿Han derivado a los cuatro aquí? Bueno, son leves y el hospital de al lado está con la parada recuperada, explicamos. Ella asiente al mismo tiempo que pulsa el timbre de emergencias. Son de un accidente fuerte -se justifica mientras entramos en la sala de reanimación- hay que asegurarse rápidamente de que ninguno tiene nada grave. Un trío de médicos y otras tantas enfermeras abandonan al punto sus tareas en la sala aneja y cruzan el pasillo que nos separa. El destello en la mirada de una de ellas confirma que agradece sorprendida mi presencia: no te alegres mucho, susurro cuando pasa por mi lado. Instantes después, todos los profesionales se afanan en la primera valoración a los heridos, por lo que un breve roce de manos y una casi inaudible despedida harán las veces del contacto acostumbrado. Con el singular grupo ya en buenas manos, tomamos el camino de la base cuando un temblor desde el bolsillo me sobresalta. Al otro lado del aparato, una voz femenina exclama: ¡Se han escapado! Es judicial, tendremos que reportar la fuga al jefe de guardia y a la Policía. Resoplo. Vamos a dar una vuelta -respondo tratando de resultar constructivo- pero aunque les encontráramos no creo que pudiéramos hacer que volvieran. ¡Mierda! Tampoco podíais evitarlo, mañana me cuentas más. Las desiertas aceras que rodean el hospital no muestran rastro de los chavales, que probablemente han continuado su noche de particular juerga. Antes de acceder a la autovía detenemos las dos ambulancias en las urgencias del otro gran hospital. Allí, un equipo de UVI móvil recoge con pesadumbre. No ha podido ser. Es la respuesta a nuestra pregunta: el corazón del chaval se detuvo durante la transferencia y, a diferencia de lo que ocurrió en la escena y durante el camino, en aquella ocasión no volvió a latir ni siquiera con la ayuda de los medios hospitalarios. Esa noche, las nuevas incorporaciones aprenden que en ocasiones todo no es suficiente. Que las situaciones no siempre tienen sentido. Y que, aunque el aviso flote en el ambiente durante el silencioso trayecto de vuelta, no podemos olvidarnos de cambiar las botellas de oxígeno vacías. Porque nunca se sabe lo que nos espera.

Impresiones

ImpresionesAlcanzado el mediodía, apenas hemos realizado tres sencillos avisos desde el comienzo de la guardia. La UVI móvil está completamente revisada, su material repuesto, y no hay ninguna avería que Heihachi -el segundo técnico de a bordo- y yo podamos reparar, como es nuestra costumbre. Plenamente consciente de lo sencillo que resulta invocar a los dioses de la emergencia, me sitúo en el centro de la sala de descanso y enuncio en voz alta las palabras mágicas: Qué guardia más tranquila. Maestro separa la vista del diario mientras lanza al aire su queja: joé, casi tenía el sudoku.

De acuerdo a lo previsto, un minuto después el móvil de los avisos reclama nuestra atención timbrando y revolviéndose sobre la mesa del estar, provocando que Enformera me lance una mirada de desaprobación. Una media sonrisa escapa de mis labios al replicar: así Ángela aprovecha la guardia… La joven estudiante de enfermeria tuerce el gesto al verse involucrada, pues pese a que sólo nos conocemos desde hace unas horas, sospecha acertadamente que es el deseo de acción lo que me verdaderamente me mueve.

Varios años manejando de continuo el mismo modelo de furgón hacen que conozca sus reacciones casi al milímetro, lo que, unido a la minuciosa revisión efecuada, permite frenar un poco más tarde, girar un poco más rápido, acelerar con más decisión; siempre que se conserve intacto el margen de seguridad, los segundos ganados al tráfico son mi trofeo. No en todos los avisos está en juego la vida del paciente -afortunadamente para ellos y para nuestra salud mental- pero en todos hay al menos una persona que pide ayuda, que desea con vehemencia que ya estemos ahí. Maestro prescinde de sus habituales bromas al presentar el aviso: dicen que es una hemorragia grave. No sé bien por qué pero no tiene buena pinta.

¡Está en la cocina! exclama un joven mientras atravesamos el portal de la vivienda, tratando de no derribar con nuestra utillería los numerosos efectos decorativos del recibidor.
Algo bloquea la puerta, permitiendo tan solo un pequeño ángulo a través del que nos retorcemos para acceder, descubriendo en el interior un manto de denso líquido grana que cubre casi por completo el piso de gres. El cuerpo inerte de una mujer mayor yace contra la puerta cosido a puñaladas, probablemente producidas por un enorme cuchillo de cocina que descansa junto a ella. Maestro, apoyándose en la encimera, trata de salvar el mar de sangre para alcanzar la cabeza de la víctima. Heihachi hace el gesto de acompañarle para comenzar la reanimación, pero me veo obligado a frenarle. Desde el otro lado, Maestro posa sus dedos sobre el cuello manchado, y con la vista fijada en el pecho inmóvil, sacude suavemente la cabeza de lado a lado. No hay nada que hacer.

Aunque resulte difícil, en ocasiones como esta en las que la fatalidad del desenlace resulta probable, es necesario contener la adrenalina unos segundos. Iniciar las maniobras de resucitación en un paciente sin opciones de supervivencia alteraría la escena del suceso, complicando la investigación policial posterior, lo que supondría mayores molestias, si cabe, a la familia. Alrededor del cuerpo sin vida se encuentran varias piezas de carne sin cocinar, lo que añade un aspecto exageradamente siniestro a la ya desagradable escena. Quizá fuera ese el objetivo primero del cuchillo, y la idea de lesionarse a sí misma sobrevino de forma súbita pero irrefrenable.

Hijos y nietos, ahora reunidos en el salón, recomponen la situación -tratando de no descomponerse ellos- para articular la breve historia que figurará en el informe clínico. Llevaba tan sólo unos minutos sola en la cocina, cuando un miembro de la familia entró y descubrió el dramático escenario. Pese a la enfermedad psiquiátrica que la atenazaba desde hace varios años, nadie esperaba algo tan súbito. Al tiempo que maestro completa la documentación necesaria, Ángela aprende que en ocasiones el verdadero trabajo comienza tras el fallecimiento: la pesada sombra de la culpabilidad no debe recaer sobre nadie, pues podría provocar tensiones insoportables más adelante. Asimismo, debemos confirmar que cuentan con la ayuda profesional que les permitirá afrontar un duelo tan duro a largo plazo.

Ahora debemos buscar el momento y el interlocutor adecuado para detallar el incómodo protocolo: resulta imposible certificar un fallecimiento inesperado y del que no se pueden corroborar las circunstancias, por lo que tendrá que ser la comisión judicial la responsable final del procedimiento. La Policía custodiará el cadáver y, dada la violencia del suceso, puede que requieran un equipo de investigación, sin que ésto suponga sospecha en forma alguna.

Una vez transmitido el relato a los agentes, descendemos apesadumbrados la escalera. Sin intercambiar palabra emitimos el mensaje automatizado de fin de intervención, y es Maestro el que se encarga de quebrar el tenso silencio con la propuesta de acudir al comedor del hospital. Ninguno sentimos la necesidad, pero tampoco somos nuevos en esto y sabemos que el almuerzo lo determina la actividad y no el deseo, o de lo contrario podemos encontrarnos al final de la tarde con un hambre espantosa por no haber hecho lo propio unas horas antes.

El timbre interrumpe la tercera cucharada del primer plato, conformando en los rostros de todo el equipo una agria mueca de desagrado. Con un rápido movimiento, preciso tras haberlo practicado cien veces, divido longitudinalmente el panecillo e introduzco el filete de pollo, construyendo un segundo plato a engullir camino del vehículo. La mano izquierda de maestro nos indica calma, mientras la derecha sujeta el teléfono móvil mediante el que conversa con la central: ¿Qué ocurre ahí? -separa el micrófono unos centímetros- hay que volver al domicilio anterior; no hay más heridos, pero parece que la Policía requiere nuestra presencia. Espera -me espeta mientras me incorporo de la silla del comedor- no saldremos hasta que hayamos comido. Tras varios años juntos, sabe que no soy tan fácil de convencer: bajo mi responsabilidad, apostilla, por lo que vuelvo a tomar asiento.

Apenas veinte minutos después, ascendemos de nuevo las escaleras. En el rellano, un hombre jovial, con un rostro cubierto de pecas y coronado por una mata de ensortijado pelo rojizo, exclama al vernos: ¡Qué pronto! No hacía falta, no era tan urgente… Maestro me dirige una simpática mirada. Uno a cero; está claro que es el responsable del equipo no sólo porque figure en la normativa. Mientras se asegura de entornar la puerta de entrada para aislar a la familia, nuestro interlocutor se identifica como el Subinspector de homicidios.

No hay ningún problema, simplemente necesitaba cotejar vuestras huellas con las del suceso, para excluir cualquier otra participación. Veo que calzáis botas de trabajo, que se corresponden con la misma huella en diferentes tamaños, pero hay otra diferente, hecha como de bolitas… Inmediatamente dirigimos la mirada hacia las modernas deportivas que viste Ángela. Al percatarse, ella apoya una puntera quedando al descubierto la suela, cubierta de goma con forma de innumerables cabezas de tachuela. El Subinspector retrasa los hombros al tiempo que alarga su brazo hacia ella, quedando en el extremo un dedo acusador. Su exclamación se acompaña de un tono de sorpresa: ¡Fuiste tú!

La piel de nuestra compañera de hoy se torna pálida. Su respiración cesa, mientras el resto de los componentes del equipo cruzamos miradas preguntándonos si acabará como paciente. De inmediato, el acusador se relaja y, entre risas, rodea con su brazo los hombros de la alumna: ¡Era broma! ¡Todo resuelto!

Ángela no consigue deshacerse de la mirada circunspecta mientras desciende los mismos escalones por segunda vez en la mañana ¿Esto se lo haceis a todos? Sólo a los buenos, replica divertida Enformera. Supongo -continúa su supervisora, más en serio- que su necesidad de no llevarse a casa tantas situaciones estresantes genera mecanismos de defensa así de curiosos. Tras deslizar la pesada puerta corredera sobre el lateral de la ambulancia, Ángela entra de un salto en la cabina asistencial y se acomoda en uno de lo asientos. Lo que digáis, pero creo que me está sentando mal la comida…


Justicia

JusticiaUn simpático hormigueo juguetea con mi muslo derecho al tiempo que la realidad me envuelve con suavidad. Los párpados se separan poco a poco, y a su través aprecio un gris polígono industrial que cruza fugaz la ventanilla del autobús. Espero que estos minutos de sueño imprevisto me ayuden a espabilarme en las horas de clase que me esperan. El leve temblor cesa por unos momentos, pero se reanuda tenazmente pocos segundos después… qué gracioso, pienso mientras mi mente se deshace de la pereza, atravesando lentamente la tierra de nadie camino de la vigilia.

La interminable sucesión de cifras en la pantalla del vibrante teléfono móvil me hace sospechar que se trata de una centralita, es decir, del trabajo. Tras un ¿Sí? un tanto desganado -pues no recuerdo una llamada con buenas noticias por su parte- me informan de que he sido citado como testigo a un juicio por un homicidio en el que intervinimos meses atrás. Vaya, en apariencia las heridas resultaron mortales y no supero la operación. También está convocado el segundo técnico de la dotación… ¿Recuerdas quién era? inquiere mi interlocutora. Francamente, no; su rotación es diferente y frecuentemente son eventuales; consulta cualquiera de los registros: el de recursos humanos, el de la central o el del vehículo, respondo. Ya… es que se han perdido. ¿Los tres? Recuérdame que nunca os deje nada para que lo vigiléis.

*  *  *  *  *

Una semana después, Eva, Carol y yo ascendemos la escaleras de los juzgados con cierta pesadez, pues todos estamos empleando nuestra mañana libre en una asunto laboral no reconocido como tal. Por si fuera poco, todavía conservo el amargo recuerdo de la incertidumbre previa a mi último paso por estas dependencias. En el interior del edificio encontramos al equipo del V.I.R. que también atendió el aviso charlando animadamente con el Director, al que confesamos algo avergonzados que ninguno identificábamos su presencia en aquella intervención. Caminando desde el fondo del pasillo, una pareja de agentes que custodia a una joven de gesto orgulloso y muñecas engrilletadas cruza frente a nosotros y la introduce en la sala. Algo me resulta familiar en el rostro de la detenida… cruzo una mirada con los compañeros, confirmando que comparten la impresión. De súbito, la voz de Carol resuelve el enigma con una contenida exclamación: ¡Es ella!

Aquella joven que lloraba y se lamentaba a voz en grito al ver a su pareja perdiendo la vida a chorros había disparado un arma de fuego contra él pocos minutos antes. No deben existir dudas al respecto pues, como poco después descubrimos, la defensa trata de rebajar la pena alegando que la causa de la muerte fue la inacción de los policías que intervinieron en primer lugar y no los disparos efectuados; desde nuestro inexperto punto de vista, lo inverosímil de la argumentación la sitúa decididamente como culpable.

Aprovechamos la espera durante la vista oral para ponernos mutuamente al día, pero dado que apenas hace un par de jornadas que hemos compartido un turno de trabajo, las novedades se agotan; pasamos a comentar la extraña impronta del suceso que ahora se
juzga, en el que trabajamos con la homicida tan cerca de la víctima como de nosotros. Transcurridas un par de horas, la voz de un funcionario desde la puerta enuncia el nombre completo de Eva, la médico. Una vez finalizada su intervención diez minutos después, los integrantes del resto del equipo accedemos individualmente a la sala, en la que enmarcado por un silencio solemne cada trabajador relata lo que aconteció según su recuerdo. Realmente nuestro sucinto testimonio no aporta demasiada información desconocida, lo que acrecienta la impresión de haber invertido las horas en vano.

Carol es la última en ser requerida, pero todos aguardamos en el pasillo a que complete su declaración cual familia bien avenida. Apenas un minuto después de su entrada, la puerta que da acceso a la sala se abre: nuestras miradas de sorpresa, dada la aparente brevedad de su exposición, encuentran en ella un gesto de profundo desaire que no trata de disimular ¿Tan pronto? ¿Qué ha pasado? inquirimos con curiosidad: ¡Toda la mañana perdida para esto! Al entrar, me han dicho que no tenían preguntas que hacerme y que me podía marchar; me ha faltado un pelo para exclamar ante el auditorio “yo sé lo que ocurrió de verdad, y no es lo que ustedes creen”, y salir inmediatamente de la sala dando un portazo. Nuestras carcajadas inundan el corredor, pues conocemos bien el carácter resuelto de Carol: realmente ha estado cerca de armar el escándalo del día en ante el tribunal. Quizá, considerando el carácter familiar de la mañana, no debamos darla completamente por perdida.


Fuego amigo

Luces Azules“Tratamiento: no precisa. Acudir a atención primaria si repite el episodio”. Al tiempo que el bolígrafo de Eva vuela sobre un informe médico dejando un descriptivo rastro de exploraciones, la sosegada pero firme voz de Carol instruye a la joven paciente sobre cómo plantar cara a la angustia si la atenaza de nuevo. De súbito, un inesperado timbre de teléfono móvil interrumpe ambas tareas; apartando por un segundo la vista de la hoja, la doctora se sonríe al leer “Los Cansinos” en la pantalla que ahora destella, pues ya ha olvidado que alguien en un turno anterior sustituyó el nombre de contacto habitual de la central por otro algo más cómico. Pero por muy cansinos que sean, no es frecuente que nos interrumpan mientras estamos realizando un aviso.

¿Os queda mucho ahí? No, estamos terminando. Tenemos disparos en una vivienda de la Avenida Sur ¿Podéis haceros cargo?. Claro, confirma Eva, al tiempo que arranca la hoja autocopiativa, ya completada, para despedimos con premura de la paciente y de su familia. Mientras emprendemos la ruta por el itinerario óptimo, dibujado segundos antes en la mente de Director -el conductor de esta tarde- contactamos de nuevo con la central. ¿Sabemos algo más? No mucho, hay heridos pero se desconoce el número, también se dirige al lugar un Vehículo de Intervención Rápida. Al ritmo de las sacudidas del viaje, preparo en la cabina asistencial varios sueros intravenosos previamente calentados para ahorrar algo de tiempo: llegar al hospital unos segundos antes puede ser decisivo para un herido por arma de fuego.

Dos grupos de destellos azulados destacan frente al portal; los coches patrulla están vacíos, sus ocupantes deben de haberse introducido ya en la vivienda. Para nuestra tranquilidad, dos rugidos de motor de gasoil que se transforman en chirridos de neumáticos anuncian la llegada de otros dos vehículos policiales mientras descendemos de la ambulancia. Lo primero es lo primero: en el portal del edificio nos reunimos con los agentes que acaban de llegar: ¿Es seguro subir? A través de la emisora, los compañeros que ya se encuentran en el piso confirman que está despejado pero que todavía no tienen al tirador, y que hay un sólo herido muy grave. Al momento se incorpora el equipo del V.I.R., que se une a nosotros sin perder un segundo en la acelerada subida por las escaleras, rodeados por un cinturón policial.

Sobre el suelo del salón, uno de los agentes presiona el abdomen de un joven con objeto de cohibir una intensa hemorragia, mientras sus compañeros continúan inspeccionando nerviosamente cada rincón. Al ser relevado en su tarea, el policía se dedica a calmar a una chica presa de una incontrolable histeria: ¡Pero qué te han hecho! ¡Qué te han hecho! Confirmando nuestros peores pronósticos, la víctima no dispone de mucho tiempo: a pesar de la improvisada pero precisa coreografía ejecutada por ambos equipos de emergencias, el daño que sendos impactos de bala han hecho en su tórax y abdomen provoca que tan sólo un fino resto de vida le sujete a este mundo.

No podemos olvidar las limitaciones que impone el entorno: hay que elegir cuidadosamente los tratamientos a aplicar, pues demorar la cirugía que estamos activando telefónicamente resultaría fatal. Las técnicas imprescindibles se reducen a asegurar la vía respiratoria mediante un tubo traqueal, así como la respiración utilizando un parche que, a modo de válvula, impedirá que el pulmón afectado colapse. En lo referente al estado circulatorio, compresas estériles se esfuerzan en contener la marea rojiza que brota del abdomen mientras las enfermeras aseguran sendos accesos venosos en ambos antebrazos.

Al apreciar que las medidas esenciales están a punto de completarse, me incorporo y, retirando con decisión a la enormemente afectada pareja del herido, desciendo a saltos la escalera hasta la calle y escojo la herramienta que nos permitirá traer hasta aquí al paciente: la lona, una suerte de sábana plástica muy resistente con agarraderas laterales; nunca ha resultado de mi total confianza dado el escaso control que permite sobre el paciente -ya que éste queda envuelto, no sujeto- pero dada la necesaria rapidez y lo angosto del acceso parece la mejor opción. Preparo la camilla en el portal para recibir al paciente, y vuelvo al interior.

Tras una breve pero emotiva despedida de su joven compañera, cuidadosamente hacemos descender al paciente escaleras abajo. La lona no permite errores; un mínimo descontrol en la movilización echaría a perder gran parte del trabajo realizado y, desde luego, no ayudaría en absoluto al grave herido. Durante el trayecto al hospital la vibrante actividad no cesa en el habitáculo asistencial de la ambulancia: es necesario evaluar de continuo la situación para adelantarse a cualquier cambio, y al mismo tiempo asegurarse de que todos los electrodos, tubos, sondas y paños siguen en su lugar. A los pocos minutos nos encontramos, mediante movimientos ensayados, con el equipo hospitalario receptor de pacientes politraumatizados: cada uno conoce lo que ha de hacer y cuándo, de manera que se realicen todas y cada una de sus tareas en el mínimo tiempo. Un par de plantas más arriba, un equipo de expertos aprovecha los minutos previos para preparar la compleja intervención que les mantendrá en tensión durante toda la madrugada.

Cae la noche en nuestra base. Armados con agua oxigenada, desinfectante y la manguera del garaje, Director y yo nos afanamos en eliminar el rastro de la intervención que impregna tanto el material utilizado como el vehículo. En su interior, Eva y Carol contabilizan cuidadosamente el material empleado, para reponerlo y así encontrarnos de nuevo totalmente preparados. ¿Preguntaréis en el hospital por él? formulo en voz alta sin dejar de frotar. Lo intentaremos -responde Carol mientras comprueba un cajetín- pero sabes que es difícil conseguir información, por lo que probablemente nunca lleguemos a saber si sobrevivió.

Probablemente…


Cambio de planes

TunelAcostumbrados a las velocidades con las que acudimos a las emergencias, los relajados límites legales hacen que uno de los túneles de la autopista subterránea de la capital -la conexión más rápida entre el hospital y la base- aparente ser interminable. Mas cada norma suele tener su sentido: he de pisar el freno bruscamente al descubrir un cúmulo de vehículos detenidos en el centro de la calzada unos metros más adelante. Al tiempo que pulso instintivamente los interruptores que activan los lanzadestellos, escudriño la cabeza de la retención distinguiendo un pequeño turismo sin daños aparentes detenido en el carril central.

Heihachi -el segundo técnico de la unidad- y yo no necesitamos más. Detengo la UVI móvil en posición oblicua, con objeto de proporcionar un área de seguridad lo más amplia posible, y le propongo un plan que sé que aceptará de buen grado, pues él es el experto en mecánica: Estamos fatal en medio del túnel ¿Le echas un ojo a ver si se puede mover, mientras yo señalizo? Y, de acuerdo a lo previsto, él se acerca al vehículo averíado, ahora transformado en un peligroso obstáculo, y yo me hago con los conos luminosos y corro unos metros contra el tráfico para advertir con antelación a los conductores del bloqueo, al tiempo que solicito telefónicamente la presencia de los agentes de intervención de Calle30. En el interior de la unidad, Némesis cuestiona nuestro trabajo, según su interlocutor me relataría después. ¿Por qué se bajan esos dos? Que más nos dará que haya uno ahí parado. Espera -responde confiadamente Maestro- saben lo que hacen.

Desde mi posición cada vez veo la cosa más fea. La circulación es intensa pero lo suficientemente fluida para que muchos conductores, ignorando mi advertencia, acaben realizando una brusca maniobra para no colisionar contra nuestro furgón. Las ráfagas de aire que me sacuden cada segundo, causadas por el paso cercano de vehículos a alta velocidad, no me inspiran la menor confianza. Heihachi ya debería haber arrancado el vehículo o haberme informado de que es imposible, pero nada de eso ha ocurrido. Es necesario resolver esta situación de inmediato, por lo que corro hacia su posición para encontrarle frente a la ventanilla del conductor, solicitando infructuosamente mediante voces y enérgicos gestos que le dé acceso. ¡Parece que no me entiende! exclama.

Esto no me lo esperaba, pero no nos podemos permitir descolocarnos; abro la puerta delantera de la ambulancia para informar al resto del equipo: El conductor es un paciente con posible alteración neurológica, le traemos. Mientras ellos dos pasan a la cabina asistencial para preparar la recepción, Maestro no puede evitar el gesto de certeza al comentar con nuestra compañera: ¿Lo ves?. Calculo la maniobra de camino hacia el vehículo: usando el punzón al efecto de la multiherramienta de rescate, un impacto en el vidrio triangular de la puerta trasera permitirá atravesarla para levantar su seguro y acceder así al interior. Enfundo las manos en los guantes de protección y ciño los puños de la chaqueta de intervención, pero cuando estoy desbloqueando la sujeción de la herramienta al cinturón, el paciente -quizá sospechando que su utilitario iba a sufrir las consecuencias- parece recobrar por un segundo la lucidez y tira de la manecilla interior de su portezuela, abriéndola. No negaré que introducirse en un vehículo por las malas tiene su atractivo, pero es mejor para todos que no sea necesario.

Mientras protegemos al aturdido paciente frente al tráfico de vuelta a la ambulancia, observamos como dos vehículos de emergencias del túnel se detienen unos metros antes de nuestra posición para establecer una protección adicional. Tras informar a sus trabajadores de lo ocurrido coinciden en lo peligroso de la situación, por lo que organizamos la retirada del vehículo al lateral de la vía. Entretanto, el paciente mejora paulatinamente al recibir en la UVI-móvil el tratamiento para la bajada de azúcar que sufre. Con la cuestión principal encarrilada, uno de los agentes comenta: no termina de gustarme lo de quedarnos esperando a la grúa sin el conductor, puede traer problemas. Dame un segundo, solicita Heihachi; tras un par de trucos de mecánico, el vetusto motor del coche recobra la vida. Perfecto, gracias de nuevo a mi compañero esto ya casi está resuelto.

En el interior de nuestra unidad puedo comprobar que el paciente ha mejorado hasta el punto de ser capaz llamar a su esposa, que le recogerá en el centro de urgencias que también es nuestra base. Escaso minutos después, y para alivio de los trabajadores de la instalación, una reducida comitiva formada por el pequeño vehículo -ahora pilotado por mi compañero- y por nuestra unidad, parte hacia el cercano destino. Una vez allí, nos aseguramos de la recuperación del paciente hasta la llegada de su mujer, que nos agradece una y mil veces la atención pese a nuestra insistencia en que tan sólo realizábamos nuestro trabajo; también aprovechamos el momento para resaltar la importancia del control de la enfermedad por su equipo de Atención Primaria.

Siempre que no te hagan perder el contacto con la realidad, momentos como este son dignos de paladear: frente a un cúmulo de imprevistos como un equipo truncado, un entorno extraño y un paciente fortuito hemos conseguido salir airosos. Sin embargo, los vítores tendrán que esperar al menos a que terminemos el siguiente aviso, pues el teléfono vuelve a sonar.


Némesis

VelasNo acostumbro a tener problemas para conciliar el sueño, pero esta noche soy incapaz de barrer de mi mente las funestas predicciones para la guardia de UVI móvil de mañana. Las características tan particulares de nuestro trabajo lo hacen mucho mejor o mucho peor que uno convencional según el prisma con el que se mire, y la enfermera que nos acompañará parece centrarse exclusivamente en la parte negativa, al contrario de lo que nos ocurre al equipo habitual.

Aunque sucedió varios meses atrás, recuerdo perfectamente la escena: empujo la camilla a través los pasillos del hospital, tratando de evitar toda brusquedad pues trasladamos una joven embarazada. Me doy cuenta de que la susodicha compañera trata de colgar su mochila de una de las agarraderas con objeto de liberarse de su peso, e inmediatamente le pido que no lo haga pues allí se encuentran las palancas de plegado de las patas, que podrían ser accionadas involuntariamente. Unos instantes después, mientras busco con la mirada el camino hacia la salida, un brusco movimiento de la camilla sacude mis manos, y observo con terror como las patas delanteras ceden provocando que la parte delantera de la camilla choque violentamente contra el suelo.

El estruendo hace que Maestro levante apresuradamente la vista de los informes clínicos que estaba revisando, y ante la pregunta del médico, ella separa disimuladamente su mochila del asidero al tiempo que me señala con su índice, exclamando: “¡Ha sido ese!”. Toda forma de violencia física pasa por mi cabeza, afortunadamente sin llegar a realizarse. Menos flagrantes pero igualmente desesperantes resultan esos interminables segundos que transcurren cuando, tras una llamada, hay que esperarla en la ambulancia con el motor arrancado, puesto que súbitamente le surge alguna imperiosa necesidad como buscar algún complemento, pieza de material o de vestuario. En fin, espero que el día pase rápido.

A la media hora de comenzar la guardia, ya con la enfermera saliente rozando la desesperación, el miembro del equipo que faltaba cruza la puerta mientras la dirijo un saludo bajo forzada cortesía. Mis plegarias no han sido escuchadas. Afortunadamente, ninguno de los avisos que realizamos durante la jornada supone un verdadero riesgo vital, lo que unido al excelente manejo por parte de Maestro de todos los posibles perfiles laborales hace que el resto del equipo consigamos, hasta cierto punto, compensar su dejadez. Hasta que, mediada la tarde, somos activados para un aviso potencialmente grave: una mujer joven que ha perdido el conocimiento.

Una vez en el lugar, una mujer de cierta edad que se identifica como vecina, ataviada con el correspondiente uniforme oficial -bata y zapatillas- nos introduce en la angosta estancia donde nos espera sentada la paciente, ahora aparentemente recuperada y acompañada de sus dos hijos pequeños. Una rápida entrevista médica confirma que el origen del desvanecimiento es un estado de ansiedad, generado a su vez por un entorno social y familiar de compleja solución. Por fortuna, su enfermedad del organismo no reviste gravedad, pero no ocurre así con su verdadero problema.

En ese momento de indecisión sobre la próxima acción, nuestra denostada enfermera, en silencio hasta ese momento, da un paso la frente y se coloca de cuclillas frente a la paciente: con las únicas armas de una mirada honesta y una de sus manos en la rodilla ajena para transmitir confianza, entabla un diálogo cercano y directo, que aporta nuevos puntos de vista y arroja algo de luz sobre las sombras de una madre totalmente superada por las circunstancias. La intervención surte efecto de inmediato, y la paciente, ahora incluso sorprendida por el descubrimiento de alternativas, acaba por preguntar: Tú… también te has portado mal alguna vez ¿Verdad? Shh, no se lo cuentes a nadie, recibe como respuesta, acompañada de una media sonrisa de complicidad.

Algo parece descuadrarse en mi mente; aquella trabajadora que me negaba a aceptar como compañera ha sido capaz de aliviar el sufrimiento de la paciente de una forma que yo no habría conseguido, asumiéndolo de la forma más natural posible. Nueva nota mental: he de tratar de conectar mejor con los pacientes, por mucho que su circunstancia me resulte desconocida. Anexo: estaré dispuesto a aprender de todos y cada uno de los compañeros.

Pese a todo, es necesario ceñirse a la realidad. No vamos a cambiar, en los escasos minutos de conversación de los que disponemos en cada aviso, la dirección de la vida de nadie. Pero en este caso podemos estar seguros de que hemos hecho todo lo que estaba en nuestra mano. Una vez de vuelta en el vehículo, no tardo en dirigirme a mi compañera: Así como en su momento te dije lo que me pareció mal, reconozco que esta actuación ha sido admirable. ¿El qué? -replica- si yo no he hecho nada...


Expectativas

ExpectativasPor primera vez en toda la tarde soy consciente de mis párpados al pestañear. Busco con la mirada la brillante bolsa que contiene frutos secos y, tras encontrar en su lugar un cuenco rebosante de cáscaras, la localizo vacía en la papelera. En cuanto se muestra en la pantalla el conocido rótulo de  “To be continued…”, aprovecho el receso para formular mi propuesta a Jesús: Podíamos bajar a reabastecernos, y de paso estirar las piernas. La moción es aceptada, por lo que extraigo con dificultad la espalda del puf, que ya había adoptado mi forma, y creamos un hueco sobre la mesa para recibir los aperitivos que nos acompañaran en la segunda parte de la sesión vespertina de series.

Los rayos del sol golpean en nuestros rostros al abandonar su portal, forzándonos a entrecerrar los ojos. Adoro estas tardes de Sábado libres tan relajadas -medito relajadamente- son mi interpretación personal de “la felicidad en las pequeñas cosas”. Desde el exterior del comercio podemos apreciar como el tendero prepara el surtido habitual tras advertir nuestra inminente llegada. A punto de acceder, llama nuestra atención un reducido grupo de gente en la acera, a la altura de la cafetería tres locales más allá; en su centro distinguimos sin mucho esfuerzo una persona tumbada. Al instante un impulso eléctrico sacude mi espalda: a trabajar.

Soy técnico de urgencias, informo al grupo mientras me ajusto los guantes que siempre me acompañan ¿Saben qué ha ocurrido? Es mi hija -relata una mujer que no alcanza los sesenta años- salíamos de tomar un café, se ha desmayado y ha movido bruscamente brazos y piernas. ¿Ha sufrido algún golpe? ¿Padece alguna enfermedad? Inquiero al tiempo que me arrodillo para comprobar que reacciona levemente al dolor, no así a mi voz. La respuesta es negativa a ambas preguntas.

Tras asegurarme de que el 112 está al tanto la situación, evalúo más detenidamente a la paciente, según su madre llamada Irene y de treinta años de edad, y la coloco de lado. Según su estado y lo ocurrido podría tratarse de una primera crisis de epilepsia, pero algo no acaba de encajar. Aprovechando que los auriculares que complementan al móvil hacen las veces de manos libres, contacto con la central de emergencias y me identifico para hablar con el operador especialista del servicio competente, SAMUR-PC: responde únicamente al dolor -le informo- y su estado neurológico no mejora. Tengo una básica de camino y una UVI un poco más lejos ¿Qué necesitas? La avanzada seguro, respondo agradecido por la confianza prestada.

En ese momento Irene parece estremecerse y comienza a experimentar arcadas. Su bajo nivel de consciencia deja desprotegidas las vías respiratorias, corriendo el riesgo de aspirar el contenido del estómago (lo que podría provocar una infección de los pulmones) o, en el peor de los casos, obstruir el paso del aire. Fuerzo un poco más la posición lateral y, usando mis dedos envueltos en su propia bufanda, trato de despejar el interior de la boca velozmente, ya que si los potentes músculos de la mandíbula sufren el reflejo de contraerse puedo quedarme atrapado. No puedo evitar pensar que la falta de mejoría durante este tiempo termina de inclinar la balanza hacia la sospecha de gravedad.

La llegada de un furgón decorado con vivos colores y rodeado de luces intermitentes me infunde cierto alivio. De él descienden dos trabajadores vestidos de amarillo que se acercan al grupo y ante mi explicación de la situación me responden con un colaborativo: ¿Qué necesitas? Había asumido que ellos se harían cargo directamente, pero no hay tiempo para dudar: aspirador de secreciones con sonda gruesa, pulsioxímetro, cánula orofaríngea, oxígeno, tensiómetro y glucómetro, si tenéis. Al tiempo que uno de los técnicos dispone el material, su compañero y yo realizamos las primeras técnicas, como un equipo recién ensamblado pero bien engrasado. Tras escasos segundos, un segundo furgón coloreado de forma similar al primero se detiene tras éste: la UVI-móvil ya está aquí.

El médico de la unidad escucha atentamente mi informe al tiempo que encomienda tareas a su equipo, que le asiste en la introducción de un tubo que aísla las vías respiratorias de Irene. La inquietud de la madre de ésta, hasta el momento a duras penas contenida, se desborda. ¿Puedes atenderla un momento? propone la enfermera. Inspiro y trago saliva; no va a ser sencillo. ¿Cómo está? ¿Se va a recuperar? Soy incapaz de satisfacer sus demandas de información mientras introducen a su hija en la ambulancia. Todo lo que puedo hacer es garantizar una atención óptima, tanto en este momento como en las horas venideras: ya la están atendiendo, ahora la llevarán al hospital, donde la harán más pruebas y se determinará un plan de tratamiento. Evidentemente, para ella no es suficiente. Pocos minutos después, la UVI móvil abandona el lugar con el equipo sanitario atendiendo a Irene en su interior, mientras que en su destino varios especialistas preparan su recepción

En el lugar, la realidad parece querer recuperar su ritmo súbitamente una vez que la acera se ha despejado. Jesús y yo encontramos nuestra selección de frutos secos sobre el mostrador tras cruzar el umbral del local. Ya en el parque, sentados en el banco de siempre y con el chasquido periódico de las pipas como ruido de fondo, él mantiene la mirada al frente mientras comenta: ha sido curioso, he girado la cabeza para preguntarte si habías visto la situación y, en ese mismo instante, ya estabas dentro de ella. No tardo en descubrir que mi media sonrisa a modo de respuesta, acompañada de una nube de denso humo exhalada, resulta muy poco convincente.

Ya de vuelta a casa no consigo desprenderme de cierta sensación amarga, por lo que decido comprobar si Fortuna desea que conozca el desenlace: la voz de Casas suena, como siempre, afable al otro lado del teléfono. ¿No habrá llevado SAMUR a tu hospital una chica con deterioro neurológico? Sí, además casualmente la he llevado yo el poco tiempo que ha estado en la urgencia. ¿Dónde ha ido después? Los neurocirujanos la han subido a quirófano nada más ver el escáner ¿La conoces? En realidad no, sólo la he atendido hasta que han llegado los compañeros, me pareció que tenía mala pinta; me encantaría haberme equivocado, concluyo.


Cadena de decisiones

Accidentada¿Te parece bien que conduzca yo? Parece que, pese a ser enfermero desde hace ya un tiempo, no ha perdido la afición por el volante, que ahora disfruta como voluntario. Perfecto -respondo, para inmediatamente dirigirme a nuestra compañera, también enfermera- entonces quedamos tú y yo en la perrera. ¿Vas de responsable? Prefiero que vayas tú -responde ella, mientras se afana en rellenar los papeleos de comienzo del servicio- al fin y al cabo tienes más experiencia. Aunque de voluntarios todos trabajamos como técnicos no puedo evitar cierta sorpresa al coordinar un equipo de dos diplomados sanitarios. Las decisiones se toman de forma colaborativa, pero siempre conviene que alguien tenga la última palabra, con objeto de evitar pérdidas de tiempo y vaivenes en el rumbo de la intervención. La “perrera”, por cierto, es el nombre cariñoso de la cabina asistencial, donde los técnicos que no conducen viajan mientras atienden al paciente.

¿Balón reanimador adulto? Está. ¿Pediátrico? Está. ¿Colchón de vacío? Está. ¿Dónde cogemos la cena? pregunta mi compañera, levantando la mirada de la carpeta de revisiones. BASE 23 DE CENTRAL. Habrá que decidirlo luego, contesto innecesariamente, pues todos hemos oído el bramido de la llamada a través de la megafonía. La experiencia del conductor nos permite alcanzar el destino en escasos minutos, y ya escaleras arriba una mujer reclama nuestra ayuda desde la entrada de su vivienda; lo azorado de su gesto hace presagiar la gravedad de la situación.

Su marido, que apenas supera los cuarenta años, permanece postrado en un sillón del salón, con la pierna izquierda inerte y claramente inclinado hacia ese lado. Ante nuestras preguntas sólo consigue balbucear, y la comisura de su labio aparece notablemente desviada. Examinamos con premura sus constantes vitales, ahora dentro de la normalidad, al tiempo que tratamos de no abrumar a la esposa con la preceptiva batería de preguntas: ¿Cuánto tiempo lleva así? ¿Tiene alguna enfermedad? ¿Toma medicinas?.

Bajo la mirada pintada en preocupación de su hijo pequeño valoramos conjuntamente el destino de nuestro paciente: dada la gravedad de la enfermedad que sufre, probablemente un ictus, deberíamos reclamar una UVI móvil para que se hiciese cargo, o al menos trasladar al paciente hasta el centro de salud donde ésta tiene su base. Inspiro y mantengo el aire en mis pulmones durante un par de segundos; espero no equivocarme. Busque a alguien con quien dejar al niño porque nos vamos inmediatamente al hospital con él, exhorto a la esposa mientras coloco una mascarilla de oxígeno al paciente.

Es una cuestión de tiempo. A pesar de ir contra los protocolos establecidos, sé que lo que nuestro paciente necesita con urgencia es una prueba de imagen para determinar la lesión y así comenzar a recibir el tratamiento adecuado. En su estado actual una UVI móvil no aportaría ventajas pero sí retrasaría el diagnóstico, perdiendo posibilidades de recuperación. Partimos de inmediato hacia el hospital, esperando que el paciente no se desestabilice de camino, ya que como recurso básico nuestro campo de acción es necesariamente más limitado que el avanzado.

Prefiero que rellenes tú el informe -le pido a mi compañera- porque será crucial para el paciente, y sé que lo harás mejor que yo. Ella me conoce bien: sabe que hablo desde la sinceridad, y agradece la confianza. El vuelo rasante hacia el hospital parece transcurrir sin más incidencias que las contínuas miradas al reloj cuando, al incorporarme para alcanzar el tensiómetro, una fuerza trata de lanzar violentamente mi cuerpo contra la pared que separa ambos habitáculos, mientras los neumáticos chillan al morder el asfalto. Una vez asido, vislumbro en la oscuridad la familiar silueta de un vehículo tras un impacto a pocos metros frente a nosotros, envuelto en una nube de polvo. ¡Mierda! exclamo para mis adentros.

Aparentemente, el accidente ha ocurrido unos pocos segundos antes: pide por radio Guardia Civil, indico al conductor, para posteriormente dirigirme a la esposa, que se esfuerza por enjugarse las lágrimas: tenemos que atender el accidente, seguiremos hacia el hospital lo antes posible. El único turismo implicado ha chocado contra el lateral de hormigón, quedando inmovilizado en el carril central tras una curva de la autovía. Al accionar la manecilla de la puerta delantera el polvo blanquecino de los airbag abandona el interior del vehículo, en el que una joven se sorprende de mi presencia mientras se esfuerza en orientarse. Una primera valoración en segundos indica que se encuentra bien, y su testimonio lo confirma. El riesgo proviene de la circulación, que transcurre a gran velocidad por ambos lados del vehículo, con tan sólo nuestro furgón luminoso como medio para evitar colisiones sucesivas. Pero ahora mismo necesito ese furgón para otra tarea al menos igual de vital.

¿Cómo va el paciente? inquiero abriendo la puerta lateral de la ambulancia. Peor, uno abajo en el Glasgow, recibo como desesperanzadora respuesta. Necesitamos encontrar una solución, pienso mientras corro a contramano entre las filas de vehículos para colocar el triángulo de peligro. Incluso me planteo quedarme yo sólo frente al tráfico, armado únicamente con un cono fluorescente, mientras mis compañeros llegan al hospital, pero lo que me preocupa del improvisado plan no es romper las pocas directrices que quedan en pie, sino si seré capaz de manejar el tráfico antes de que algún conductor despistado me arrolle.

A lo lejos, un par de tenues luminarias de color turquesa destacan sobre una de las largas colas de tráfico, y me dirijo hacia su posición con la ilusión del marino tras divisar la luz del faro. Tras alcanzarla trato de no ser demasiado escueto al transmitir la información a los agentes de policía, ya que evidentemente no forma parte de sus tareas habituales: necesitamos que señalicéis un accidente sin heridos, nosotros llevamos uno grave y tenemos que seguir hacia el hospital. Y, sin dar opción a réplica, corro de vuelta a la ambulancia no sin asegurarme de que efectivamente uno coloca su vehículo con las luces de prioridad activas como protección para el accidente mientras su compañero desciende del coche patrulla ataviado con una chaqueta reflectante para interesarse por la conductora. En esta ocasión la fortuna ha jugado a nuestro favor y podemos continuar con nuestro camino.

De vuelta a la base, la soledad de la autovía provoca que los tres nos centremos en las sensaciones encontradas: hemos conseguido resolver una situación bajo circunstancias complejas, pero somos conscientes de que el verdadero desafío comienza ahora para una familia. Quizás debido a ello no nos resulta relevante el lugar en el que encargaremos la cena… o si llegaremos a probarla.


Indagar

ToledoAcelerador, freno. Acelerador, freno. En una suave pero interminable sucesión. Los atascos en un vehículo particular me desesperan, pero durante el recorrido entre el hospital y la base no suponen un problema, ya que la grata compañía sobrelleva la espera. Si surge un aviso ya nos avisarían, y entonces nos liberaríamos del bloqueo usando la escandalosa señalización de prioridad. La emisora parece leerme el pensamiento, pues interrumpe el viaje pitando como un pájaro enfurecido. Uviseis, os necesitan en el número siete de la avenida de Barcelona, un hombre tirado en el portal, en cuanto sepamos algo más os lo comunicamos.

Esa no la tienes que buscar en el callejero ¿Verdad? comenta Eva, la médico, mientras acciono los interruptores y piso con decisión el acelerador. El pesado furgón hace de culebra para deshacerse del embotellamiento como por arte de magia, mientras una vez más tomo las riendas de la excitación para mantener la concentración en su punto máximo. Jamás me podría cansar de esto. La precisión en el pilotaje permite que alcancemos el lugar antes de recibir más información sobre lo sucedido, por lo que nos adentramos en el portal del majestuoso edificio con precaución. En su interior, el portero de la finca ayuda a un hombre a recostarse sobre la pared. ¿Qué le ha ocurrido? inquiere nuestra doctora. No lo sé… ¿Cómo he llegado aquí?

Una discreta marca roja sobre la pared en la que apoya la cabeza revela una pequeña herida, oculta por su cabello, que ya dejó de sangrar. El empleado relata que no le vio llegar, sino que al entrar él en el portal lo encontró tendido en el suelo. Resulta de gran importancia averiguar alguna información, puesto que el tratamiento para aquel paciente que ha perdido súbitamente el conocimiento difiere sustancialmente del aplicado a un accidentado por una caída desde cierta altura; incluso, a pesar de que nada lo indica directamente, no podemos descartar una agresión.

Dado que otro servicio municipal se encarga de la vía y los lugares públicos intramuros, nuestro entorno habitual de trabajo son los domicilios. La habilidad desarrollada a lo largo del tiempo permite identificar de un vistazo múltiples aspectos del modo de vida y del origen de  la situación: una vivienda insalubre suele reflejar pobres condiciones de higiene del paciente, así como la falta de documentos médicos implica un improbable seguimiento por el especialista. Incluso en ocasiones puede ser fundamental descubrir una agresión de pareja no revelada o localizar posibles tóxicos si el paciente no puede o no quiere revelar lo ingerido. Una buena enfermera de extrahospitalaria como la del turno de hoy, Carol, recoge todos los datos del entorno y se los transmite al médico, habitualmente obligado a centrarse en el diagnóstico.

Una mujer entra apresuradamente en el portal con gesto de preocupación, que no desaparece al ver a su marido atendido en ese lugar por el equipo de emergencias. Ella nos relata que no conoce los detalles de lo ocurrido, puesto que la llamada del portero interrumpió su jornada laboral. Es muy infrecuente que el equipo se separe, mas en esta ocasión la propuesta parte de mí ¿Subo con la mujer al piso para averiguar qué ha pasado? En esta ocasión será mi responsabilidad interpretar la escena puesto que mis tres compañeros no pueden interrumpir la asistencia al todavía desorientado paciente. En previsión de necesitar material adicional, libero de mi cinturón el llavero del vehículo y se lo entrego a Heihachi, que lo agradece pues asume que yo no delegaría esa responsabilidad en un compañero en quien no confiara. Está en lo cierto.

Encontramos entreabierta la puerta blindada que da acceso a la vivienda, en cuyo interior se aprecia luz. Me ajusto unos guantes limpios, ya que los actuales están marcados con la sangre del paciente. Espere aquí, de momento es preferible que no toque nada. Un rápido vistazo me confirma que, afortunadamente, nadie más se encuentra en el interior y que el aire corre a través de algunas de las ventanas, lo que permite descartar los riesgos más inmediatos -agresiones e intoxicaciones por gas- e introducirme en la única habitación iluminada, la cocina, para continuar la búsqueda de algún indicio.

Un oscurecido taburete de madera destaca en el centro de la luminosa estancia, puesto que el foco que se encuentra justo sobre el mismo carece de bombilla, exponiendo las conexiones eléctricas. Varias herramientas se reparten desordenadas sobre el suelo, mientras a poco más de un metro de distancia del asiento llama mi atención una solitaria acumulación de denso líquido color grana. La superficie es lisa y sus bordes, bien definidos, parecen querer secarse. Tan sólo un par de impresiones del mismo líquido impregnan los tiradores de los muebles de cocina más próximos. Es suficiente, hora de volver junto a mi equipo.

¡Tengo algo! exclamo al llegar al portal mientras mis compañeros están preparando al amnésico paciente para el traslado. Parece que estaba sobre un taburete reparando una luminaria cuando, por un desvanecimiento o una pérdida de equilibrio, se ha precipitado sobre el suelo golpeándose la cabeza quedando sin conocimiento. Tras unos minutos ha conseguido incorporarse con dificultad y ha salido de casa, puede que hacia la calle, llegando hasta aquí. Asegurándose de que nada se me escapa, Carol pregunta ¿Puede que haya recibido una descarga eléctrica? Es poco probable -respondo- pues no había saltado el automático.

Tras informar a la esposa de nuestro destino y agradecer la colaboración al portero, partimos hacia el hospital. En la cabina asistencial, Carol y Eva tratan de explicar al paciente lo que conocemos sobre lo sucedido, pero todavía resulta complicado. Al tiempo que activo las sirenas no puedo evitar preguntarme en voz alta ¿Me meto demasiado donde no me llaman? Al fin y al cabo, en mi categoría laboral consta “conductor”. Quizás -responde Heihachi desde el asiento lateral- aunque puede que sea esa la razón por la que disfruto tanto trabajando en este turno. De nuevo, tiene razón: en nuestra circunstancia el respaldo de un buen equipo es simplemente crucial.

A pesar de las numerosas pruebas a las que será sometido nuestro paciente, probablemente nadie conocerá jamás lo que verdaderamente ocurrió. Pero al menos tenemos algo sobre lo que trabajar para dar la mejor atención a nuestro paciente, que es nuestro verdadero objetivo.


Reinicio

CuestaEl suave comienzo de una melodía se introduce sin permiso en mis sueños desde el altavoz del móvil y me arrastra al aparentemente terrible mundo real. Giro sobre mi mismo extendiendo un brazo que alcanza inesperadamente el colchón. Mierda. Esta noche también dormía en casa de sus padres. Mediante un exagerado esfuerzo despego los párpados y me encamino al baño.

Pensamientos fluyen como el agua que recorre mi rostro antes de precipitarse al desagüe de la ducha. No puedo volver a perderla. Ya seco pero todavía afectado por la madrugada, otra preocupación me embarga al dirigir una desalentadora mirada hacia los dispositivos electrónicos que se entremezclan con diversa documentación sobre el escritorio. Tengo que encontrar la salida al proyecto fin de carrera o se enquistará para siempre. Relleno la alforja y completo la preparación engullendo un par de galletas. Una rápida comprobación al tacto de que hoy tampoco he olvidado afeitarme y salgo de casa.

Siento el metálico chasquido de la zapatilla cuando se fija al pedal: ahora mi bicicleta ya no es un objeto más, sino una extensión de mi cuerpo. Puedo sentir como se emociona al acelerarse, flanqueada por árboles, cruzando el parque pendiente abajo; el aire que me golpea el rostro erosiona el contenido de mi mente hasta liberarla. Bastan un par de pedaladas para atravesar el puente sobre la M-30; callejear no es un problema sobre dos ruedas bien afinadas, por lo que cruzo la puerta de la base de la UVI móvil con un par de minutos de antelación sobre el comienzo de la guardia, mientras reconsidero el eterno propósito de salir antes de casa.

¡Buenos días! ¿Qué tal va hoy la máquina? Pregunta la figura que sobresale tras la puerta de la taquilla. Bien, aunque una de las zapatas de atrás chirría un poco. Heihachi es tremendo. Ha pasado más de un año desde que Jack se cambió a SAMUR, y tras el baile de compañeros casi había perdido la esperanza de encontrar alguien con quien volver a trabajar realmente agusto. Pocos meses atrás, al comenzar su primera guardia en UVI-móvil, él me reconoció como su tutor de prácticas en Cruz Roja de hace años, y debió de atraerle el mundillo porque se vinculó a él irremisiblemente.

El saludo matinal no es cortesía: Heihachi domina la mecánica de las bicicletas y la de los automóviles, por lo que es mi maestro en las reparaciones de mis vehículos, tanto el personal de dos ruedas como el profesional. Ambos nos tomamos el trabajo con absoluta entrega, lo que nos hace disfrutar cada día con la ilusión del primero. Prácticamente me dobla en edad, pero su forma física es sencillamente impresionante; casi tan increíble como su capacidad para ascender por paredes terroríficas para el resto de los mortales.

La puesta al día mutua coincide con el ritual de preparación: las botas reforzadas permitirán el acceso a casi cualquier lugar, la linterna arrojará la luz necesaria para trabajar en la oscuridad, las tijeras descubrirán inmediatamente a cualquier paciente grave, y con la herramienta múltiple podremos reparar inmediatamente cualquier desperfecto. Tan sólo resta colgar la emisora portátil del cinturón, cuya extensión recorre mi espalda cual serpiente hasta alcanzar el hombro.

Mientras caminamos hacia la ambulancia con los equipos de protección y los cascos bajo el brazo, creo reconocer en él idénticas sensaciones: nadie más es consciente de ello, pero recae sobre nosotros una gran responsabilidad. Somos parte del último recurso, aquel que demandarán cuando todo se complique. Y en ese momento no se admitirán alegaciones, ya que tan sólo quedará la opción de dar la única respuesta posible: la mejor.

Tenemos por delante una tarea que, en compensación por su dureza, es todavía más gratificante cuando se comparte: revisaremos, limpiaremos y reabasteceremos todos los componentes de la unidad. A buen seguro los avisos nos harán cesar y retomar en varias ocasiones el trabajo, pero no nos detendremos hasta alcanzar aquel momento. El momento en el que somos conscientes de que cada uno de los cientos de los elementos está en su sitio, y que responderá cuando dependamos de él. Todo brilla, nada chirría. Estamos preparados.


Alcance

GolpeLa voz del coordinador suena afectada a través del móvil: No tenemos conductor para esta noche… ¿Tú puedes venir? Imposible, me han dado una suplencia de UVI-móvil mañana. Sólo hasta la hora que puedas, nos hace mucha falta, si no cubrimos estos turnos retirarán nuestra ambulancia. Realmente me encanta cambiar de aires haciendo guardia en otra base con él y el resto de voluntarios, y además sus temores sobre el fin del programa son verosímiles. Está bien, pero a las cinco doy “no operativo”.

El peso de ambos uniformes deforma el colchón de la litera al dejar sobre él la mochila. El ambiente es tan distendido como suponía, y tras una animada cena decido retirarme, esperando una noche tranquila. Afortunadamente, tanto el accidente de tráfico como el apuñalamiento a los que nos envían resultan respectivamente un golpe de chapa y un rasguño, por lo que no maldigo demasiado al amanecer, cuando me levanto para tomar el autobús de vuelta a la capital. La frecuencia de las guardias nocturnas me ha hecho capaz tanto de frenar la adrenalina todavía reciente del último aviso -para lanzarme a los brazos de Morfeo- como de desperezarme inmediatamente, pero si hubiera dormido de verdad quizás el día siguiente no hubiera sido el peor de mi carrera hasta ese momento.

Mi condición de eventual no me permite pertenecer a un equipo fijo, pero el de hoy no desmerece en absoluto al de la guardia voluntaria previa; mi experiencia en unidades avanzadas (así se denomina a las que incorporan médico de emergencias) es escasa, por lo que parece el día idóneo para aprender mientras disfruto. El anuncio del médico interrumpe la revisión matutina: inconsciente en la bañera, pinta mal. No necesito más: los innumerables avisos en ambulancia por la capital han hecho que maneje con precisión tanto las técnicas de conducción como la compleja malla de rutas. El vehículo más parece volar que rodar. Un consejo -comenta el médico- a mi no me importa en absoluto este ritmo de conducción, pero en futuras guardias encontrarás compañeros a los que no les guste. Cierto.

Tampoco se equivoca respecto a la gravedad del aviso: una mujer que sobrepasa tanto los sesenta años como la centena de kilos está tendida en su angosta bañera, desnuda, mientras trata de alcanzar unos seres que parece ver flotar frente a sus ojos. Las tareas se reparten con premura, y mediante el esfuerzo de todos en tan sólo unos minutos es extraída, evaluada, tratada y trasladada a la ambulancia. Perfecto.

Apenas hemos alcanzado la base tras la vuelta del hospital cuando el teléfono vuelve a sonar. “Inconsciente”, anuncia de nuevo, pero en esta ocasión en los límites de la ciudad, muy lejos de nuestra posición. Al tiempo que nos incorporamos a la circulación, una segunda llamada nos confirma lo peor: “No respira”. Uf. En esa situación, cada minuto que pasa descienden un diez por ciento las posibilidades de supervivencia; efectivamente, en la práctica hay poco que hacer a partir de los diez minutos. El quejido de los neumáticos contra el asfalto acompaña mis pensamientos: si no hubiera que cruzar varios distritos…

No tan rápido, indica el médico. Sé que su criterio es acertado: puedo controlar perfectamente las reacciones de mi vehículo pero nunca las del resto de conductores, por lo que un amplio margen de seguridad es imperdonable, reflexiono mientras hago que la aguja del velocímetro descienda bajo el doble de lo permitido. Un semáforo bloquea la circulación en ambos sentidos de la amplia avenida, lo que me obliga a circular por el centro de la calzada; resulta peligroso separarse de la fila de coches  detenidos a mi derecha, puesto que automóviles provenientes de otra vía perpendicular, ahora con su semáforo en verde, circulan hacia nosotros. Pero el tiempo no se detiene. ¡Cuida…!¡Blam!

El hueco sonido parece desplazarnos en nuestros asientos. ¿Qué ha sido eso? Un coche parado, al lado derecho, dice mi compañero. El aviso pendiente no abandona mi mente ¿Podemos dejar una nota y seguir? No, hay que parar. Mierda, pienso mientras pulso el botón de la emisora: Central, nos hemos dado un golpe, estamos bien pero no podemos seguir, enviad otro recurso al aviso. Ejecutamos la coreografía habitual, pero ahora en circunstancias desfavorables también para nosotros:los técnicos señalizamos el accidente mientras el médico y la enfermera se dirigen al vehículo contrario para acompañar a su ocupante a un lugar seguro.

Al organizar la seguridad de la escena comienzo a comprender lo ocurrido: posiblemente para facilitarme el paso, la otra conductora -afortunadamente ilesa- giró totalmente la dirección a la derecha con el vehículo parado y luego trató de avanzar, lo que unido a la corta distancia entre ejes provocó que su esquina trasera izquierda sobresaliera unos centímetros de la hilera de vehículos que esperaban la apertura del semáforo. Mierda, conocía ese efecto en autobuses rígidos, pero no lo esperaba en un coche.

La Policía Municipal nos facilita las labores administrativas posteriores, mientras mi equipo confirma la ausencia de molestias de la conductora. Un coche de nuestro servicio les recoge para trasladarles a un examen médico por seguridad mientras los cabrestantes tiran de los automóviles afectados. Mierda -pienso en la cabina de la grúa que traslada la UVI móvil al garaje central- he fallado, perdí toda perspectiva. Y súbitamente vuelvo a ser un chaval universitario de veintidós años, con una enorme responsabilidad sobre sus hombros que ahora duda poder cargar.

No son las amables palabras del operario de asistencia en carretera las que logran infundirme algo de ánimo, sino las de aquella con quien tengo la suerte de compartir el verano. Durante su oportuna llamada, aparentemente provocada por telepatía, demuestra que, pese a que no hace demasiado tiempo que nos conocemos, conoce el grave efecto que lo sucedido provoca sobre mi. Sabes que eres tú pues seguro recuerdas la historia, así que si alguna vez llegas a estas líneas, mil gracias por el apoyo.

Al encontrarme de nuevo con mi equipo en el preceptivo control radiológico, el médico se dirige a mi: he hablado con la UVI que atendió el aviso al que íbamos; el paciente llevaba tiempo fallecido, por lo que no habríamos podido hacer nada por él. Su voluntarioso intento no surte efecto. Frente a mis ojos es lo mismo, no he cumplido y no hay excusas. El resto de la guardia, ya con el equipo de reemplazo, transcurre con avisos continuados hasta el amanecer, afortunadamente para mí pues son lo único que -aunque temporalmente- logran desembarazarme de las consecuencias de lo ocurrido.

Desde luego, no era esta la manera que esperaba de aprender.

*  *  *  *

Semanas después, una inesperada llamada me sobresalta: la Policía reclama mi testimonio, pues la conductora del otro vehículo me ha denunciado por las lesiones que sufrió. Mi asombro es mayúsculo, pues en las diferentes ocasiones que todo el equipo le ofrecimos asistencia negó cualquier tipo de daño. Tras la declaración consulto a mis superiores, pero aparentemente mi condición de trabajador temporal no me garantiza la asistencia jurídica, por lo que me veo obligado a remitir el caso a un profesional de confianza.

Mi preocupación me lleva a consultar a un compañero, abogado y técnico en emergencias, mas su respuesta resulta desalentadora: en función de la interpretación de lo ocurrido las consecuencias pueden ser graves, implicando probablemente la retirada del permiso durante varios meses. Considerando mis circunstancias laborales, eso sólo significa una cosa: perder el empleo por el que llevo varios años peleando.

Con la puerta abierta a la resignación acudo a la vista del caso. En la puerta de la sala varios hombres trajeados manejan acaloradamente tablas y formularios. Son los representantes de los seguros, confirma mi superior allí presente. Una vez comenzado el juicio, dichos representantes informan al magistrado que han llegado a un acuerdo económica. Y, de aquella forma, todo queda disuelto en una corriente de dinero entre corporaciones.


Entornos

AbriendosePaso¡Hay un sitio al lado de ese bar! señala Maestro. ¿Una cocacola? Cae la tarde y, entre los variados avisos y los traslados interhospitalarios, la actividad del equipo -el segundo de mis dos habituales de UVI móvil- no ha tenido otra pausa que los mal llamados veinte minutos “de comida”, lo que provoca que aceptemos unánimemente su propuesta. Quizás sea esa -y no el perfecto manejo de absolutamente cualquier situación- la mejor característica de este médico: el liderazgo que ha trabajado durante toda su vida laboral, entregada a las emergencias desde el inicio prácticamente simultáneo de ambas. Un agudo tono de móvil nos hace apurar los últimos tragos mientras Director -el otro técnico- nos confirma sin siquiera usar el callejero la cercanía del destino; quizá no disponga del arrojo de las incorporaciones más recientes, pero lo compensa sobradamente con su experiencia.

Las ruedas de nuestro pesado furgón chirrían al tratar de seguir a una patrulla policial, que unos metros delante de nosotros ha girado para abandonar la ancha avenida y alcanzar el lugar. El aplomo de Maestro le precede; sabe mejor que nadie que su compañera habitual, Enformera, le complementa perfectamente y jamás fallará en su tarea. Nuestro paciente se ha precipitado varios metros desde la fachada y ahora yace sin conocimiento sobre la acera. Esto último nos resulta extraño -en la capital la vía pública es competencia municipal- pero afortunadamente permite detener la ambulancia a escasos metros del suceso. La segunda enfermera de nuestra dotación, que realiza las prácticas del curso de especialización para UVI móvil, no se impresiona al oír la voz de Maestro dirigir nuestra actuación según el resultado de la rápida valoración inicial: Crítico, empaquetamos y nos vamos.

Tenemos un plan que seguir, en este caso contrarreloj: nuestro paciente ha de llegar a un quirófano del más alto nivel en minutos, pero que lo consiga con vida requiere ciertas técnicas imposibles de demorar. Mientras recopilo mentalmente el material de inmovilización que debo traer, necesario para no empeorar las lesiones durante el traslado, levanto la mirada y me abruma una visión inesperada: una gruesa muralla de espectadores, contenida a duras penas por una cadena humana de agentes de la autoridad, nos rodea ocultando la ambulancia.

A mi regreso el paciente ya tiene aseguradas las vías respiratorias mediante un tubo al efecto y dos sueros intravenosos, que ambas enfermeras han canalizado simultáneamente en cada uno de los antebrazos; estamos mal acostumbrados a la técnica de Enformera, pero sí nos sorprende lo rápido que nuestra invitada se ha adaptado al medio. Es el el turno de los técnicos: con la ayuda del resto del equipo, Director y yo colocamos cuidadosamente pero con premura al paciente sobre la tabla para lesionados de columna y fijamos a ésta su eje cabeza-cuello-tronco. Todo el conjunto es embarcado y se inicia la marcha, en esta ocasión conmigo en la cabina asistencial puesto que es director el que hábilmente se encarga del delicado pero imperativamente breve pilotaje hacia el hospital.

Necesito volver a auscultarle, me informa Maestro, por lo que paso al puesto de cabeza para seguir presionando el balón que “respira” por el paciente. El resultado de la evaluación no es positivo: uno de los pulmones se ha colapsado por la lesión y está presionando contra el corazón, dificultando sus movimientos y por ende la ya comprometida circulación de la sangre. Es necesaria una descompresión de emergencia, y habrá que realizarla en marcha. Tras desenfundar la afilada herramienta al efecto, comienza a localizar la referencia anatómica palpando el pecho, pero un repentino frenazo le lanza hacia la parte delantera, provocando que la descomunal aguja que empuña se dirija velozmente hacia un tórax equivocado: el mío.

Afortunadamente consigue asirse con la otra mano cuando apenas unos centímetros separan la punta de su nuevo objetivo; al mismo tiempo escuchamos unas maldiciones procedentes de la cabina delantera, dedicadas al conductor que se acaba de cruzar inesperadamente en el camino. En el peor de los casos -pienso para consolarme- el “pincho” está limpio y vamos a un gran hospital. Una vez realizada correctamente la maniobra el pulmón parece descomprimirse pero la mejoría no es sensible: sigue necesitando una operación de inmediato. Afortunadamente ya estamos accediendo al recinto del hospital, en el que un equipo de especialistas aguarda nuestra llegada. Mientras Maestro y Enformera informan a sus homólogos hospitalarios, director y yo hacemos descender al paciente junto con el complejo y pesado equipamiento de soporte vital, y lo introducimos en una sala de emergencias ridículamente angosta.

Camillas paralelas y aseguradas, cables y tubos controlados, “cabeza manda”. A la de tres: uno, dos, tres… en ese mismo instante, los monitores revelan la desaparición de la actividad eléctrica del corazón: es la rendición, los últimos mecanismos compensatorios del cuerpo han caído. Ya en su terreno, el jefe del equipo hospitalario no cede, ordenando el inicio de la reanimación. El ritmo de la diminuta estancia, atestada de sanitarios, se acelera, pero parece que el encargado realizar las compresiones no consigue llegar al lugar. Una vez más y me meto, me digo a mi mismo. ¡Compresiones! se escucha firmemente. A pesar de lo ajeno del entorno, ocupo uno de los laterales de la camilla y comienzo la maniobra.

Con objeto de recuperar su circulación, los médicos y enfermeras realizan al paciente numerosas técnicas de forma simultánea. Entre ellas, una un tanto cruenta para los no iniciados: la introducción de un tubo en el costado que drenará el tórax, prácticamente inundado de sangre. Mientras continuo mi técnica, siento una tibia humedad en mi muslo derecho: dirijo allí la mirada y descubro que el extremo exterior tubo ha quedado descubierto, por lo que está vaciando el contenido del pecho del paciente en mi pantalón, ahora teñido por la densa sustancia color rojo oscuro. Uf. Bolsa de diuresis para el tubo, ordena el jefe, pero no hay nadie libre para colocarla. ¡Una pinza, al menos!, reclama. Pero todo su equipo continua ocupado, mientras la sangre alcanza ya el nivel de mi tobillo.

Concentrándome en mantener el ritmo y la profundidad de un par de compresiones con una mano, extraigo con la otra una pinza plástica de mi bolsillo ambulanciero y bloqueo el flujo del tubo, ante la exclamación de desaprobación del jefe del equipo, temiendo que al hacerlo desatendiera mi tarea. Poco después, uno de los médicos residentes se ofrece a relevarme, lo que agradezco puesto que cada vez me resulta más difícil continuarla adecuadamente. Ahora sí, ya es hora de recoger nuestro material y retirarnos, siendo conscientes de que pronto se interrumpirán las maniobras, puesto que la débil esperanza de supervivencia se habrá desvanecido totalmente en unos minutos.

De vuelta a la base, con una sábana de hospital a modo de pareo puesto que mis pantalones están dentro de una bolsa de basura, repaso el aviso con los compañeros. No le des más vueltas -sentencia Maestro- el resultado habría sido el mismo incluso en la sala trauma uno del County General.


Amanecer inesperado

Ambulancia de Cruz Roja en intervención nocturnaCambiar el vehículo nunca es una tarea agradecida, pero hacerlo una tarde de verano resulta verdaderamente pesado. Comprobar a fondo un furgón para posteriormente completar su equipamiento no nos emociona en absoluto, pero al menos asegura que no echaremos nada en falta cuando más lo necesitemos. Comparto la guardia con dos compañeros que se incorporaron no hace mucho tiempo, por lo que a buen seguro aprovecharán la minuciosa revisión.

Una vez finalizada la tarea, la cena transcurre plácidamente intercambiando impresiones sobre sus progresos laborales con Casas, el cuarto del equipo. Es más que agradable constatar que gracias a su presencia la situación se mantendrá bajo control, sea lo que sea lo que nos aguarde esta noche. Pasan unos minutos de las dos de la madrugada cuando la estridente alarma de la emisora nos hace saltar desde el sofá a recibir el aviso: en un centro de urgencias de una pequeña localidad, un niño ha sufrido una crisis epiléptica.

Los destellos anaranjados iluminan fugazmente los árboles que rodean la interminable carretera a nuestro paso, mientras nos extrañamos por lo infrecuente de la solicitud: habitualmente, si hay riesgo de nuevas crisis el traslado al hospital lo realiza una UVI-móvil, y si no lo hay son los padres del paciente lo que evitan la demora mediante su vehículo particular.

La enfermera que nos recibe nos informa de que efectivamente los padres partieron con el niño unos minutos atrás. Mientras les explicamos que en la próxima ocasión deben anular la llamada para nosotros quedar disponibles, el timbre del teléfono del centro nos interrumpe. Es para vosotros… nos mira la doctora tras responder. Qué extraño, la central es la única que conoce nuestra localización y nos hubieran llamado a través de la radio; Casas recibe el auricular, y sorprendentemente no es Miguel Gila el que se encuentra al otro extremo.

La Policía Local necesita un equipo sanitario por un accidente de tráfico que acaba de ocurrir en las afueras del pueblo. La coincidencia resulta providencial para las compañeras de aquel pequeño centro rural, puesto que de este modo no necesitan abandonar su puesto. En apenas un minuto alcanzamos el lugar, descubriendo que un utilitario ha volcado y se encuentra fuera de la carretera. Casco y gafas, guantes, trescuartos… Una vez equipados con el material de autoprotección, pido a los dos compañeros nuevos que no se separen de mi, nos hacemos con los botiquines y bajamos de la ambulancia para evaluar la escena.

En el interior del vehículo hay tres jóvenes de nuestra edad; En la parte posterior, dos de ellos no pueden abandonarlo dado que el fuerte impacto ha deformado la estructura atrapando parte de sus piernas, y exigen a gritos que les liberemos; el tercero, sin conocimiento, mantiene su posición de conductor, tan sólo sujeto por el cinturón de seguridad. A este último no sería difícil liberarle -cualquiera de nuestras tijeras puede cortar lo que le retiene- pero al encontrarse inaccesible y colgando boca abajo, la maniobra le podría causar daños irreparables en una columna posiblemente dañada. Tras valorar la estabilidad, Casas se introduce en el habitáculo reptando sobre el techo, corta el contacto y comienza a valorar al paciente. No me importaría en absoluto estar en su lugar, pero mi rol es otro, y no menos trascendente.

Al otro lado de la calzada yace otra joven, posiblemente la acompañante. Mientras me relata cómo ha salido del coche para tumbarse en ese lugar, compruebo su respiración y pulso, que no parecen afectados. Empezamos. -¿Recordais la evaluación inicial del paciente traumático? Adelante- pregunto, encomendando así la tarea a los dos compañeros libres. Central: cuatro heridos, tres atrapados, uno de ellos grave; necesitamos más ambulancias y bomberos, informo a través del walkie mientras corro hacia la ambulancia.

Tras recoger el material necesario, comienza la segunda ronda: en el vehículo asisto a Casas con las primeras medidas de apoyo vital al inconsciente (collarín, vías respiratorias, oxígeno) al tiempo que converso con los otros dos atrapados tratando de calmarles. Levanto la vista y aprecio que el número de transeúntes se ha multiplicado, varios de ellos rodeando a mi dos compañeros y a su paciente. No podemos dejar que la situación se desborde: empleando el material adecuado dirijo la inmovilización completa de la paciente, lo que nos permite resguardarla en el interior de la ambulancia, donde permanece acompañada de los dos técnicos.

Esto me permite volver al vehículo accidentado para evaluar el estado de los dos atrapados, puesto que ya no gritan con la misma intensidad, lo que paradójicamente resulta preocupante. No he terminado de valorarles cuando escucho una discusión que parece provenir de un lugar sospechosamente familiar… No puede ser. Corro de nuevo hacia la ambulancia para expulsar con cajas destempladas a los testigos que habían hecho de ella lugar para su discusión, desesperando a la paciente y mis compañeros, a los que exijo que aseguren las puertas tras mi salida. Pido ayuda a los agentes municipales, que hacen lo imposible por controlar una muchedumbre cuyo número ya parece superior a la propia población del municipio.

Han transcurrido un par de minutos cuando, súbitamente, un resplandor me ciega durante unos segundos. Giro la cabeza para encontrar su fuente y descubro una agradable sorpresa: el camión de rescate de bomberos, mientras vacía su interior de personal, ha elevado y prendido el mástil telescópico de iluminación, lo que facilitará enormemente la tarea. También vislumbro la llegada de una UVI móvil y una ambulancia de Protección Civil. Ahora sí. Tan sólo resta que Casas proteja a nuestro paciente invertido y que los bomberos pongan en marcha las herramientas hidráulicas que, siempre acompañadas del ruido sordo del compresor, creen un nuevo acceso al habitáculo; la extracción se hace así posible, deslizando al paciente sobre una tabla diseñada al efecto en la que se le asegurará para continuar en la UVI móvil los tratamientos previos al traslado.

Las herramientas hidráulicas opuestas fuerzan a la estructura trasera del vehículo, mediante un amargo chirrido, a recuperar su forma original y así liberar a los otros dos pacientes. Al mismo tiempo que se incorpora una segunda UVI-móvil, la otra ambulancia traslada al hospital a la paciente, liberada en su caso de la presión ambiental. Finalmente, y pese a nuestra insistencia, los dos pacientes ahora libres firman el alta médica en el mismo lugar y vuelven caminando a su casa, puesto que sólo han sufrido alguna contusión en las piernas. La imagen de ambos caminando por la cuneta con sus amigos, ajenos al milagro que acaban de experimentar, ocupa nuestra conversación durante la vuelta a la base.


Un gran comienzo

MirillaPresionado por el sonido de las sirenas, el repartidor cierra las puertas traseras de su furgón y se apresura a volver a los mandos para emprender la marcha. Los avisos por el casco antiguo de la ciudad presentan varios inconvenientes, como los angostos callejones; dificultan las maniobras rápidas y en ocasiones se bloquean durante unos instantes.

Un giro a la derecha y hemos llegado: parto en curso, nos transmitió la central. En estos avisos frecuentemente la embarazada se encuentra a término con contracciones muy espaciadas, por lo que basta con valorarla y decidir el vehículo más adecuado para el traslado al hospital. Menos frecuente, aunque posible a partir del tercer embarazo, es llegar y encontrarnos con un recién nacido en sentido literal. Y lo excepcional es una situación como la siguiente.Alcanzamos la altura superior del bloque cargados con todo el material para madre y posible hijo, y de nuevo tenemos la sensación de que todos los avisos sin ascensor suceden en el último piso; la puerta de la vivienda se encuentra entornada, y a nuestra pregunta responde una exclamación desde el interior “Aquí, en el dormitorio”. Tendida en su cama se encuentra la mamá en ciernes, con gesto dolorido debido a una contracción. El resto del equipo esperamos impacientes mientras la doctora Eva realiza la primera exploración… Está coronando, es el resultado.

Sabemos lo que eso significa: Carol, la enfermera, viste de estéril a Eva, mientras ésta le explica brevemente el proceso a la madre. Al tiempo que la monitorizo, Jack prepara la zona del parto. Sólo resta situarnos en nuestros puestos: Eva dará la bienvenida al nuevo y yo la asistiré con el instrumental; desde la misma cama y sin dejar de vigilar el monitor Carol ofrece su mano a la mamá, y Jack dispone y comprueba el material de reanimación para neonatos. Vamos allá.

Eva acompaña en su avance un pequeño rostro rosado que emerge todavía cubierto de líquido. Súbitamente, algo ocurre y sus manos cambian de posición: una se apoya en la cabecita para detener su avance mientras un dedo de la contraria rebusca algo en el interior a través de un espacio prácticamente inexistente. Cuando todavía me pregunto qué ocurre, el dedo vuelve al exterior en forma de gancho, trayendo consigo un cordón de tonos indefinibles. Ya lo entiendo: se ha percatado de que el cordón umbilical rodea el cuello del bebé y el mismo nacimiento podría provocarle daños irreversibles, incluso la pérdida de la vida que todavía no ha alcanzado.

Me dispongo a preparar pinzas y tijeras cuando, con extrema pericia, Eva logra rodear la cabeza con el cordón, liberando al bebé. Todos respiramos hondo. Ya sólo queda maravillarse mientras el recién llegado termina su primer viaje, para posteriormente lanzar sus quejas al aire y descansar sobre el pecho de su madre. Los primeros exámenes muestran que ambos se encuentran bien, por lo que permito que la curiosidad me venza: ante mi pregunta, Eva me relata que este es el tercer parto que ha atendido, y que la maniobra del cordón la vio en vídeo durante un curso. Y nosotros idolatrando a futbolistas y tertulianos, digo para mis adentros.

El chirrido de los goznes revela que se ha abierto la puerta de la vivienda de enfrente, lo que provoca cierto desasosiego en la madre. Es mi vecina -explica-, me horroriza que lo cotillee con todo el barrio. Un rápido vistazo por la mirilla es suficiente para corroborar que la susodicha se encuentra apostada en el rellano, dispuesta a no dejar escapar ni el menor dato. Carol, siempre yendo más allá por los pacientes, no duda en elaborar un plan: Eva y yo saldremos en primer lugar con el bebé disimulado en uno de nuestros abrigos, y cuando salgas tú le respondes que no te ocurre nada grave. Perfecto.

La primera parte del guión discurre según lo previsto, y cuando Jack y yo estamos trasladando a la madre, la vecina efectivamente interrumpe nuestro paso y la interroga. Nada importante, parece un cólico. La exclamación de la vecina pone a prueba toda nuestra profesionalidad: “¡Huy, un cólico! ¡Eso le pasó a la del segundo y duele como un parto!”


Filum

FilumApenas hemos compartido una docena de guardias, mas ya sabemos que este equipo de UVI móvil dará buenos resultados. Somos diferentes, pero compartimos sentimientos sobre nuestra tarea. Eva, la doctora, trata a los pacientes como si fueran su familia y no teme absolutamente a nada; el perfeccionismo de Carol -la enfermera- la permite resolver cualquier situación, y la fuerza y el arrojo de Jack le asemejan a un capitán pirata en el papel del segundo técnico.

Ya casi es la hora del almuerzo, pero el de hoy tendrá que esperar; Eva nos informa del aviso: hematemesis, sangrado digestivo a través de la boca. Podríamos clasificar este tipo de avisos en dos categorías: sin susto y con susto. No es infrecuente descubrir al ver al paciente que el sangrado es realmente de origen odontológico -lo que convierte la urgencia en demorable- o incluso que la sangre no es tal, sino alguna bebida que vuelve a salir por donde entró, habitualmente vino; eso es sin susto. Con susto supone que la sangre procede efectivamente del aparato digestivo, lo que implica riesgo vital para un paciente que ya presenta alguna enfermedad grave. En ocasiones parece que los pacientes se distribuyen de acuerdo con la confianza del equipo que los atiende, puesto que en este caso el nuestro fue con gran susto.Pocos minutos nos separan del destino, a pesar de las obras que en aquellos días inundan la ciudad. Al entrar al piso descubrimos que el escenario es peor de lo imaginado: un hombre de mediana edad y con la piel absolutamente pálida yace inerte sobre lo que parece un océano de sangre en la alfombra del salón. No podemos perder ni un segundo: Jack y yo lo colocamos sobre una zona seca del piso para poder trabajar, y mientras Eva interroga sobre lo ocurrido a la familia, Carol prepara el material. Inmediatamente comprobamos que, de acuerdo con las apariencias, su corazón ha dejado de latir.

Desde un lado, Jack comprime rítmicamente el pecho para mantener una mínima circulación, y desde el otro Carol trata de encontrar un vaso sanguíneo que no haya colapsado -todos están prácticamente vacíos- para canalizarlo y comenzar a reponer líquidos. Mi papel tampoco es sencillo: despejar la vías respiratorias, por las que no cesa de rezumar sangre con cada compresión torácica, con el fin de que Eva introduzca el oxígeno del que nuestro paciente está privado. Es imposible, nuestro sistema portátil de succión no tiene la potencia suficiente y es necesario detenerlo cada cierto tiempo para desobstruirlo y vaciar el recipiente de lo aspirado.

Sudo. Miro a Eva. Ella sabe mejor que yo lo que pienso: hay demasiada, va a ser imposible vaciarlo. “Tubo del ocho”, afirma serenamente. Compruebo y preparo el material para la maniobra, mientras recuerdo la elevadísima tasa de fallos en la intubación traqueal fuera del hospital … bajo buenas condiciones, en nada comparables a las actuales. “Parad las compresiones” ordena mientras introduce el laringoscopio. “No veo nada, voy por referencias anatómicas”, informa innecesariamente mientras siente la anegada laringe con la punta de su herramienta. Manteniendo la posición exacta con su mano izquierda, introduce cuidadosamente el tubo con la derecha, sumergiéndolo en el denso líquido que ocupa la oscura cavidad.

“Tengo vía” confirma Carol por otro lado. Increíble, ha conseguido hacer suya una de las invisibles venas y ya el líquido comienza a ocupar el hasta entonces ineficaz sistema circulatorio. “Perfecto, el tubo también está dentro” responde Eva. No puedo salir de mi asombro mientras retomo las compresiones… Con la mayor de las maestrías cada una ha conseguido atar su cabo del hilo, el hilo del que pendía la vida del paciente, mientras Jack lo hacía posible manteniendo ambos extremos próximos. La voz firme de Eva interrumpe las metáforas: “¡Parad compresiones, he visto algo en el monitor!”. Sólo queda soltar los extremos del hilo y ver si el nudo aguanta. Mis manos cruzadas se separan del pecho desnudo del paciente, no más que unos centímetros por si es necesario volver a sujetar los restos deshilachados.

Sí, aguanta. Un sutil pulso es signo de que la mezcla de sangre y suero vuelve a circular espontáneamente, pero no hay tiempo para celebraciones. Hay que detener los sueros, puesto que su exceso provocaría una sangre todavía más diluida y a mayor presión, lo que desprendería el precario taponamiento que el paciente ha conseguido en su inalcanzable herida. Eva y Carol examinan y aplican  el tratamiento al paciente mientra Jack y yo preparamos el complejo traslado hacia el hospital: tubos, sistemas de suero, respirador, botellas de oxígeno, monitor cardíaco… todo empapado de sangre, a través de varios pisos de escaleras y siempre listos para retomar las maniobras de reanimación. Afortunadamente no es necesario y llegamos al hospital, donde cirujanos y otros especialistas nos esperan para seguir luchando.

En realidad, esto es sólo es el comienzo. Por desgracia, unas cuantas maniobras de reanimación no van a salvar la vida de nuestro paciente. En el mejor de los casos necesitará meses de recuperación, y pese a ello probablemente nunca recupere la calidad de vida del día anterior a nuestra asistencia. Salvar la vida de ese paciente tan sólo estuvo hace varios meses o años en sus manos, cuando la ayuda de su familia y de su equipo de Atención Primaria hubiera sido crucial. Pero este tiempo pasó, y por ello le hemos atendido nosotros. Porque tan sólo tratamos de mantener ese enlace con la vida, para que todo continúe.

Todo el equipo somos conscientes de esto, por lo que la sensación final es más amarga de lo esperado. Las certezas son escasas. Hoy, quizá la única sea que comeremos muy tarde, porque previamente hay que limpiar o reponer gran cantidad de material. Al menos sabemos que a ninguno nos supone un problema, y eso siempre reconforta.


Crónica de una no-siesta

Corre el verano del año 2002. No hace mucho que cambié de base de Cruz Roja por lo que todavía no conozco a todos los compañeros, pero con los de esta tarde me voy a llevar bien, seguro. Ambos son telecos,  como lo que yo seré algún día, y apasionados de las emergencias.  Después de una animada comida charlando de la actualidad universitaria y tecnológica, deciden sestear puesto que han estado trabajando por la mañana, mientras yo hojeo documentación en lo que pronto se convertiría en mi segundo hogar.

La cálida y tranquila tarde es súbitamente interrumpida por la entrada en el puesto de socorro de un hombre nervioso: ¡Un accidente! informa. Mi voz reenvía la información a las bellas durmientes: ¡Un tráfico, parece grave! La imagen de los dos compañeros en ropa interior poniéndose en pie de un salto para, acto seguido, mirarse extrañados todavía desorientados sigue grabada en mi memoria y dando mucho juego cuando nos vemos; realmente pareció que iban a echar a correr uno hacia otro hasta que sus cabezas chocaran y ambos cayeran desmayados, como en las comedias de humor deliberadamente absurdo.

Tras averiguar los detalles mientras mis compañeros vuelven a la realidad, partimos hacia el lugar, tan cercano que en apenas un minuto observamos como la policía señaliza la escena: una pequeña furgoneta ha chocado contra una cerca de piedra de forma tan violenta que ha quedado totalmente deformada. Evidentemente somos el primer recurso sanitario en llegar, por lo que primero debemos hacernos una idea general: como conductor me encargo de las comunicaciones y la seguridad mientras mis colegas evalúan el estado de los heridos.

Primeros problemas: el motor del vehículo accidentado está derramando combustible sobre la hierba seca del lateral de la carretera, por lo que extraigo el extintor de la ambulancia y me preparo para utilizarlo, esperando que no sea necesario. No hay atrapados en el vehículo, aunque esto no es tan buena noticia puesto que de los tres heridos que alcanzo a ver, resulta evidente que dos de ellos, ambos adultos, han salido despedidos; el tercero, un niño de unos 10 años, se sujeta el brazo con un gesto de dolor, pero parece que ha salido del vehículo por su propio pie.

Una vez situados, y mientras veo acercarse la ambulancia municipal, llega el momento de pedir refuerzos: central, necesitamos bomberos por riesgo de incendio y UVI móvil para paciente muy grave. Los dos adultos, tendidos en la cuneta, no han salido bien parados: uno de ellos se queja de la pierna, que ha tomado una forma nada anatómica, y el otro parece haber sufrido varios golpes pero no los siente, puesto que ha perdido el conocimiento. Si les pusiera un color a cada uno sería el verde, el amarillo y el rojo, respectivamente.

La fortuna quiere que en uno de los coches que se encuentra retenido por el accidente viajen una médico y una enfermera del centro de salud, a las que proporciono el material necesario para comenzar los primeros tratamientos al rojo (abrir la vía aérea, oxígeno, sueros) con la ayuda del primero de mis compañeros; al mismo tiempo, el segundo evalúa al amarillo y pide al técnico municipal que se ocupe del verde.

Pasados unos minutos llegan la UVI y los bomberos, por lo que se impone una rápida reorganización: los sanitarios del centro de salud atienden al niño verde en la ambulancia municipal mientras mi equipo y yo inmovilizamos al amarillo, ya que ahora no tengo que estar pendiente del combustible, y la UVI continúa con los tratamientos avanzados al rojo. Esto es otra cosa, ahora jugamos en igualdad de condiciones.

Por suerte, amarillo no está tan dolorido como sugiere la deformidad de su pierna, así que sólo nos queda realizar la inmovilización de la extremidad y del eje del cuerpo, para posteriormente prepararlo para el traslado. Informamos de esto a la dotación de la UVI mientras ellos se afanan en prestar los cuidados a rojo para que de camino no surjan más complicaciones. La ambulancia municipal partió hace unos minutos hacia el hospital con verde y el equipo del centro de salud en su interior.

Finalmente los tres pacientes llegan al hospital en el mejor estado que les permiten las lesiones respectivas, y tras las transferencias hospitalarias los diferentes equipos iniciamos el camino de vuelta. Todavía nos queda por delante la limpieza y la reposición del material… Creo que hoy nadie nadie estará molesto por no haber podido dormir siesta.

ImagenMadrid112 (no relacionada)


Volar

Foto helicóptero rojo aterrizandoUn día más llegan las diez de la noche: la hora de la retirada, en la que Nuño -mi compañero- y yo somos reemplazados por los nocturnos, que llegan dispuestos a desafiar la noche madrileña con la ayuda de la siesta previa.

Para ser el mes de Enero ha sido una guardia relativamente tranquila, por lo que charlamos animadamente mientras volvemos a vestirnos como gente de a pie. “Voy a subir a la central a saludar ¿Vienes?” Por aquel entonces la base de la UVI-Movil se encontraba en el mismo edificio que la central de comunicaciones; Nuño había trabajado en ella y conservaba buenos recuerdos de los compañeros, yo me encontraba en la misma situación, por lo que no dudé en acompañarle.

Una vez arriba, me acerco a saludar a uno de mis primeros colegas de emisora, pero me detengo un momento ya que parece muy ocupado con algo: con una mano sostiene un auricular y con la otra señala el último nombre de una lista. Al verme, un rayo de esperanza cruza su rostro mientras al tiempo que descubro el motivo del desasosiego: ¿Guardia mañana en Lozoyuela? No he conseguido encontrar suplente… Eso sí que no me lo esperaba ¿En heli? ¡Por supuesto! Me dirijo a mi casa con la idea de descansar bien para al día siguiente estar, nunca mejor dicho, a la altura.

Afortunadamente, la guardia comienza más tarde que la habitual, por lo que me alcanza el tiempo a desayunar mientras negocio el préstamo del automóvil familiar. El camino no se me hace largo, pero me doy cuenta de que voy justo, demasiado justo. Quizás es eso lo que hace que tome el desvío equivocado, el acceso al parque no es fácil pero debería conocerlo… Aparezco diez minutos tarde ¡Mierda! Pues sí que empezamos bien… Afortunadamente, el solape de los turnos implica que no hago esperar al compañero saliente, y llego a tiempo de enterarme de lo acontecido en la guardia que en ese momento termina.

Durante la mañana, me dedico a revisar concienzudamente todos los sistemas de los vehículos terrestre y aéreo, especialmente el segundo que es nuevo para mi. El piloto y el mecánico aprovechan para instruirme en los procedimientos de seguridad, que me parecen realmente fundamentales. El resto de la mañana transcurre sin avisos, pero entre la comprobación al detalle y la preparación de la comida pasa realmente rápido.

Reconozco que no estaba seguro de contar con la confianza del equipo, ya que los helicópteros pertenecieron a bomberos y la fusión entre su servicio y el nuestro no está siendo fácil; sin embargo, me apoyan en todo momento e incluso la médico defiende con autoridad mi plaza en el helicóptero cuando ésta es cuestionada por el jefe de bomberos.

Súbitamente, una voz grave interrumpe el silencio a través de la megafonía del parque: “Aviso para helicóptero”. Al llegar corriendo a la helisuperficie con las mochilas de intervención, veo las aspas ya girando de la máquina; inspiro profundamente y me coloco los cinturones y el intercomunicador. Pensaba que este momento nunca llegaría: el pájaro alza el vuelo, pero esta vez conmigo en su interior. La voz del piloto a través del intercomunicador interrumpe mi momento de fascinación: “esta es el punto de la carretera, necesitamos ojos”. Tras localizar el accidente y un campo próximo adecuado, tomamos tierra y nos organizamos con los bomberos y la UVI de SESCAM allí presentes: hay tres fallecidos y una herida grave atrapados en un vehículo, mientras que en el contrario hay un sólo herido del que se hacen cargo los compañeros de Guadalajara.

Los bomberos se afanan en desencarcerar a Julia, la atrapada, mientras la médico y el enfermero se hacen un hueco para valorarla; no tiene buena pinta, lo que se corresponde con su circunstancia (en el mismo vehículo que los fallecidos). Una vez liberada, se confirman las sospechas: está consciente, pero su corazón late deprisa y está pálida, lo que indica una posible hemorragia interna. No hay tiempo que perder: “Julia ¿Ha montado en helicóptero? Pues hoy lo va a probar” le dice el enfermero mientras se aplican las primeras medidas de soporte vital (oxígeno, monitorización, sueroterapia). No han pasado ni un par de minutos cuando embarcamos y despegamos.

El viaje es breve (250km/h en línea recta acercan el destino) y estático, ya que no hay espacio para trabajar ni posibilidad de soltarse los cinturones sin motivo, por lo que me reparto el tiempo entre vigilar el monitor y mirar el paisaje, que sigue impresionandome. Una vez en el hospital 12 de Octubre tomamos tierra en la helisuperficie grande y, con la ayuda de una UVI-móvil, transferimos a Julia a la unidad especializada en heridos graves del Hospital. Recuerdo que no hace 24 horas que yo estaba al otro lado, con los pies en el suelo…

Julia saldrá adelante: se queda en buenas manos, puede que en las mejores que conozco. La vuelta es distendida, con el equipo bromeando a través del intercomunicador y yo -según el piloto- interpretando el rol de japonés, cámara incluida. El resto de la guardia transcurre tranquila, permitiéndome aprovechar para analizar con calma la intervención y así aprender de ella. No la olvidaré fácilmente.


Todos los vehículos de emergencias de la Comunidad tendrán GPS antes del verano

Todos los vehículos de emergencia del Summa-112 incorporarán antes del verano el sistema de localización GPS para saber en qué punto de la región se encuentra cada Vehículo de Intervención Rápida y cada UVI en todo momento. Unas UVI que se van a ir renovando con nuevos vehículos, cinco de los cuales se están ultimando en las fábricas. Por otra parte, el presidente regional, Alberto Ruiz-Gallardón, presentó ayer la nueva imagen corporativa del servicio madrileño de emergencia, cuyos vehículos pasarán a ser amarillos con bandas reflectantes rojas y blancas.

Continúa la semana de pasión de Gallardón y no hay día que no tenga una presentación o una inauguración. Ayer tocó hacer pública la nueva imagen de los vehículos del Summa-112, es decir, el órgano encargado de las urgencias y emergencias médicas de la Comunidad. Tanta premura le entró a Gallardón con esta presentación que pilló de vacaciones al consejero de Sanidad, José Ignacio Echániz, por lo que sus dos viceconsejeros tuvieron que acompañar al presidente regional.

Dentro de las novedades que incorporarán los vehículos del Summa-112 destaca que todos los dedicados a la urgencia y la emergencia incorporarán el sistema de localización GPS antes de este verano. Gracias a este sistema se podrá tener localizado en todo momento a estos vehículos y mandar el más cercano al punto donde se encuentre el enfermo. Los vehículos que incorporarán este sistema será las 37 UVI, repartidas en 23 bases, los once Vehículos de Intervención Rápida ¬cinco que ya funcionan y seis que se pondrán en marcha en las próximas semanas¬ y los tres vehículos de coordinación. Posteriormente se instalará en los 39 vehículos de atención domiciliaria.

Renovación de la flota

El Summa-112 tiene previsto también renovar su flota con vehículos nuevos. Actualmente cinco nuevas UVIs se están poniendo a punto para sustituir a los vehículos más antiguos. Asimismo, este servicio de emergencias tiene previsto contratar a 100 nuevos profesionales, como ya adelantó LA RAZÓN el pasado 24 de marzo.

Junto a estas mejoras, los madrileños deberán irse acostumbrando a la nueva imagen del Summa-112 ¬un servicio que integra al antiguo Insalud-061 y el Sercam¬. Los vehículos de este servicio serán a partir de ahora amarillos con una franja reflectante roja y blanca. Según explicó el presidente regional, la elección de estos colores responde a una recomendación europea ya que según un estudio de optiometría de Estados Unidos es el color más visible por los humanos, y todos los vehículos de emergencias de la Unión Europea deberán renovar su imagen primando el color amarillo. Para la transformación de toda la flota del Summa se convocará un concurso público para la adjudicación de la renovación de la imagen de los vehículos, excepto los de nueva incorporación que ya se adquieren con los nuevos colores. «La nueva imagen corporativa del Summa-112 no responde a un mero capricho del Gobierno regional, sino a criterios de seguridad, identificación, percepción por el resto de ciudadanos de la existencia de un vehículo sanitario, y razones de seguridad para los propios profesionales que utilizan el vehículo», explicó Gallardón.

Para el vestuario del personal del Summa se han escogido anorak y chaquetillas que combinan el color azul y el amarillo, mientras que el polo y los pantalones serán blancos y azules respectivamente, todos ellos con bandas reflectantes.

Mientras Gallardón presentaba la nueva imagen del Summa en el hospital Gregorio Marañón, en la calle del Doctor Castelo unos diez empleados del Sercam aprovechaban la ocasión para denunciar la situación del colectivo tras el proceso de unificación con el 061. Una representante del colectivo, Isabel Olvera, leyó un comunicado, suscrito por los sindicatos CC OO, CSI-CSIF y UGT, en el que se afirma que continúa la huelga en el servicio de emergencias por las condiciones en que se ha producido la fusión. Asimismo, uno de sus compañeros indicó que las autoridades han ignorado las recomendaciones del informe del Defensor del Pueblo sobre la situación de este colectivo

Fuentes: Europa Press

Diario La Razon

La Comunidad Madrid pone en funcionamiento en el municipio la helisuperficie sanitaria número 37 de la región

Sanidad también ha reforzado la asistencia a emergencias en el sur con la ampliación a 24 horas del servicio de UVI móvil de Móstoles.

El Servicio de Urgencia Médica de Madrid (SUMMA), dependiente de la Consejería de Sanidad de Madrid, puso en funcionamiento hoy una nueva helisuperficie sanitaria en Navalcarnero, que se ha convertido en el municipio número 37 de la región que dispone de este tipo de instalaciones.

El viceconsejero de Asistencia Sanitaria de la Consejería de Sanidad, Alfredo Macho Fernández, fue el encargado de inaugurar el nuevo helipuerto en un acto en el que estuvo acompañado por el director-gerente del SUMMA, José Mayol, así como por el alcalde de la localidad, Baltasar Santos (PP).

Con esta nueva helisuperficie, construida en colaboración con el Ayuntamiento de Navalcarnero, un total de 37 municipios madrileños tienen operativo un helipuerto sanitario y está previsto que, de aquí al final de la legislatura, esta cifra se eleva a 40 localidades.

Además, según el viceconsejero de Asistencia Sanitaria, la Consejería de Sanidad ha reforzado la asistencia a emergencias en la zona sur de la región con la ampliación a 24 horas del servicio de UVI móvil de Móstoles.

AGILIZAR EL TRASLADO AL HOSPITAL

Estas helisuperficies sanitarias permiten agilizar la asistencia médica y el traslado al hospital de pacientes críticos. Así, si para una emergencia se moviliza uno de los helicópteros se garantiza que el tiempo que transcurre entre la evacuación del herido y su llegada a cualquier centro hospitalario de la región nunca supere los quince minutos.

La elección del hospital, que se lleva a cabo desde el Centro Coordinador de Urgencias del SUMMA, no se efectúa según criterios de proximidad sino atendiendo al tipo de patología que sufre el paciente.

DARÁ SERVICIO A MÁS DE 14.200 VECINOS

En cuanto a la nueva helisuperficie de Navalcarnero, se encuentra situada en la Dehesa de Mari Martín, en el polígono industrial Alparrache II, junto al Punto Limpio. Este municipio, con una población censada de 14.256 vecinos, se encuentra localizado a 31 kilómetros de distancia del centro de la capital.

El nuevo helipuerto, construido por la Consejería de Sanidad en colaboración con el Ayuntamiento de la localidad, que ha sufragado el resto de los gastos de la actuación, está provisto de los necesarios elementos de seguridad, como material de salvamento y de extinción de incendios, así como de señalización.

El diseño de la pista sigue la uniformidad del resto de las helisuperficies de la Red Sanitaria de la Comunidad de Madrid, que recibe un informe de viabilidad del Colegio de Ingenieros Aeronáuticos previo a la construcción y se adapta a toda la normativa en materia de Aviación Civil.

Cada helisuperficie tiene 37 metros de diámetro total, dimensión que permite la toma en tierra tanto del helicóptero de mayor tamaño, el Bell 412, situado en la base de Lozoyuela, como del otro, el Augusta A 109 Power, el de Las Rozas.

POTENCIACIÓN DE LOS RECURSOS DEL SUR

Por otra parte, el viceconsejero de Asistencia Sanitaria explicó que el SUMMA está potenciando los recursos de los municipios del sur de la región para la asistencia a heridos y pacientes en situaciones de urgencias y emergencias.

Además de la nueva helisuperficie para que puedan tomar tierra cualquiera de los dos helicópteros medicalizados de la Comunidad de Madrid está previsto que Navalcarnero estrene uno de los 6 VIR ?Vehículos de Intervención Rápida- con los que se va a ampliar la flota asistencial.

Estos VIR son vehículos rápidos y ligeros equipados con el mismo material tecnológico que una UVI móvil, lo que significa que cuentan con todo el instrumental necesario para el Soporte Vital Avanzado. Su función es la asistencia ‘in situ’ a urgencias y emergencias extra hospitalarias, accediendo rápidamente al lugar de demanda y determinando, posteriormente, si es necesario el traslado del paciente y en qué tipo de vehículo debe realizarse.

El refuerzo de recursos en el sur incluye la ampliación del servicio de la base del SUMMA en la localidad de Móstoles, ya que desde hoy el servicio que presta esta UVI móvil pasa a estar operativo las 24 horas del día.

Para ello, el personal sanitario y técnico de la base también se multiplica por dos. En total, habrá 5 médicos de emergencias, 5 diplomados universitarios en Enfermería (DUE), 5 celadores y 5 conductores. Por turnos, cubrirán el dispositivo las 24 horas de todos los días del año.