Catecolaminas

WarpEstá muy mal. El desasosegado gesto del médico me confirma que es perfectamente consciente de la información: el corazón del anciano paciente ha comenzado a fallar, provocando que la sangre se remanse en los pulmones y éstos se empapen de líquido, limitando enormemente el aire que es capaz de recoger. Afortunadamente, en la residencia de ancianos desde la que nos han llamado contamos con la ayuda de una enfermera recién titulada que casualmente acudía a visitar a un familiar.

Conozco bien los pasos que siguen a la primera valoración: solicitar ambulancia, oxígeno, medicación para eliminar líquidos, sentar al paciente… En UVI móvil es un caso relativamente frecuente que se afronta con ciertas garantías, pero en nuestro caso -personal no especializado en emergencias y con medios para asistencias menos graves- la situación exige el máximo. Trabajosamente deslizamos al paciente hasta el borde de la cama en la que yace para incorporarle, pero en ese momento el maravilloso sistema que ha permanecido bombeando incansable durante 89 años simplemente desiste.

Las maniobras de Reanimación CardioPulmonar no se corresponden con su espectacular representación cinematográfica ni con una imposición de manos. Si son efectivas pueden volver a poner el corazón en marcha, pero en modo alguno revierten las enfermedades actuales del paciente. De alguna forma se podrían considerar como una vuelta atrás en el tiempo pero de tan sólo unos minutos. En este caso, las nueve décadas de vida y las múltiples enfermedades que sufría nuestro paciente enfrentan al médico a una decisión: ¿Comenzar unas maniobras de reanimación probablemente inútiles -y que nos mantendrán bloqueados durante largo tiempo- o asumir que la naturaleza ha llegado a un lugar sin retorno?

Decidido: colocamos al paciente sobre el piso, ya que es imposible realizar compresiones torácicas efectivas sobre una cama corriente, y desciendo atropelladamente las escaleras de la residencia para extraer del coche el material adicional preciso: mochila de vía aérea, desfibrilador semiautomático y una segunda botella de oxígeno. Comenzamos con las maniobras habituales, pero de nuevo se plantean alternativas difíciles de discernir. Si realizamos las maniobras básicas podremos asegurar su calidad, pero las complementarias o avanzadas pueden aumentar levemente las probabilidades de retorno de la actividad del corazón, a costa de aumentar las tareas a realizar simultáneamente.

¡Drogas y tubo! ordena con decisión el médico. Esto se complica, si no nos organizamos se nos irá de las manos. ¿Qué necesitas primero? La enfermera espontánea me releva en el masaje cardíaco mientras preparo el material que aislará las vías respiratorias del paciente, sin perder de vista el desfibrilador, encargado de detectar cualquier cambio en la actividad eléctrica del ahora inerte corazón. Tras la comprobación de la técnica, confirmada pues ha sido ejecutada con precisión, nos reorganizamos de nuevo para conseguir canalizar un acceso venoso y así poder aplicar la medicación. La enfermera no conoce nuestro material, por lo que me encargo de prepararlo para que, una vez recolocados, el médico se encargue de ello.

Soy perfectamente consciente de que me la estoy jugando. En los casos de Reanimación CardioPulmonar debemos solicitar inmediatamente una UVI móvil, pero en este caso he decidido no recordarselo al médico, tremendamente atareado. Avisarles implicaría ocupar durante un par de horas al único recurso de este tipo en nuestra zona, y dadas las posibilidades prácticamente nulas de recuperación de este paciente considero óptimo que ésta se quede a la espera y activarla tan sólo en el improbable caso de que fuera necesario el traslado, una vez recuperado el latido. Espero no equivocarme.

Unos destellos dorados se proyectan en la ventana de la habitación; los técnicos de la ambulancia de Cruz Roja que solicitamos al comienzo del aviso se incorporan a las maniobras. En un momento descubro a la que se ha convertido por méritos propios en compañera de fatigas observando su reloj, y le pregunto la razón. El último autobús del día que conecta la pequeña localidad serrana con la capital parte en unos minutos, y teme perderlo. Vete a cogerlo, has hecho un gran trabajo y la situación ya está cubierta; gracias de verdad. Al tiempo que las maniobras continúan, advierto que el cronómetro del desfibrilador ha superado ampliamente la media hora…

Doctor, no hay posibilidades… los impulsos nerviosos no han recorrido el músculo cardíaco desde que cesaron, hace más de cuarenta minutos. La frustración le invade, pues no esta acostumbrado a perder un paciente, especialmente cuando ha visto hace menos de una hora cómo cesaba su respiración. Ahora sólo resta recoger el material, cumplimentar la documentación necesaria y sufrir la inevitable bajada de ritmo. El paciente no tiene familia, pero al menos un equipo de varios profesionales se dedicó en cuerpo y alma a él durante sus últimos instantes.

El estridente timbre del teléfono nos sobresalta durante el viaje de vuelta -interrumpiendo la conversación sobre las posibilidades que permite la naturaleza- a varios kilómetros de la autovía que nos conducirá a la base. “Hay un aviso grave en vuestra localidad, una UVI-móvil está en camino”. Programo el navegador y al tiempo que respondo: Vamos hacia allá, pero probablemente no consigamos ganar tiempo puesto que estamos a la misma distancia, y ademas llevamos sucio el material de reanimación. Afortunadamente las interminables rectas de la ahora despejada autovía la transforman en el mejor circuito de velocidad, y permiten llevar el vehículo hasta sus límites prácticos. Tras unos breves minutos de un pilotaje bajo cifras propias de competición piso suavemente el freno pues nuestra salida se aproxima precipitadamente.

En la primera intersección tras el desvío el vehículo que nos precede ha debido de asustarse, pues se detiene bruscamente, bloqueándola. Es necesario abandonar parcialmente la vía por su lateral derecho para, controlando el deslizamiento lateral, realizar el giro rebasando al otro coche, sin perder velocidad. El testigo del control de estabilidad centellea en el cuadro de instrumentos, avisando de la la intervención electrónica para mantener el rumbo del vehículo sobre el asfalto. Su cara tiene que haber sido curiosa, declara mi acompañante girando la cabeza hacia atrás. No logro resistir la réplica: Quizás parecida a la tuya si hubieras mirado el velocímetro cuando bajábamos por la autopista. Lo hice, pero preferí no decirte nada; no sé si tenía sentido. Aquella idea flota en mi cabeza mientras accedemos a la larga y pobremente iluminada sucesión de bloques en la que se encuentra nuestro destino.

Por desgracia los números de los portales no reciben siquiera una tenue luz, por lo que alcanzamos el final de la calle sin localizar el que buscamos. Si al menos tuviéramos una linterna o un foco, como los que incorporan las UVIs… Solicito alguna referencia a la central y comienzo de nuevo el recorrido, esta vez en dirección contraria, y distingo unos destellos familiares que parecen desacelerar a los pies de un bloque. Genial, a pesar de todo no he conseguido ganar tiempo respecto a la UVI móvil, y este es realmente su aviso por lo que pintamos poco.

Una vez detenidos ambos vehículos en el mismo punto, el personal al completo de la otra unidad se apea para acceder al portal salvo el médico, con el que he coincidido en alguna ocasión, que se dirige a nosotros: Sois el coche cincuenta ¿verdad? Respondo afirmativamente. Su réplica llega acompañada de cierto aire de desprecio: No sé qué hacéis para llegar siempre tan tarde ¡Si venís de aquí al lado!

Mis depósitos de adrenalina parecen no haberse agotado en la reanimación y el pilotaje previos, puesto que necesito controlarme para no montar en cólera. Inspirar profundamente, espirar lentamente. Estábamos ambos a la misma distancia, hemos llegado antes pese a que nos han avisado más tarde, y el número del portal no se distingue sin linterna.

En estos casos de llegada simultánea a un aviso ajeno es habitual una primera intervención conjunta para inmediatamente retirarnos del lugar y volver al estado de disponible, pero en esta ocasión decido que no va a ser así. El paciente tiene garantizada la mejor atención, lo que permite marcharnos de donde no somos bienvenidos. Aún así, la ira no me abandona. Me he equivocado muchas veces, y con toda seguridad volveré a cometer errores, pero desidia es algo que no me podrán imputar.

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Varias guardias después la central nos activa -esta vez sí- desde la base para atender un paciente aparentemente muy grave en nuestra localidad, también con una UVI móvil de camino. A la llegada de ésta, casualmente comandada por el mismo médico que protagonizó el encontronazo, llevamos un cuarto de hora en el lugar, por lo que el paciente está perfectamente valorado, a falta de una prueba para la que sólo ellos disponen del material necesario.

Una vez finalizada la asistencia, me presento ante el compañero en cuestión y le expongo mi reacción ante su juicio de valor emitido días atrás, frente a lo que se justifica mediante experiencias negativas previas, pero se disculpa con la máxima educación por haber generalizado innecesariamente. Es más que suficiente para resolver la situación, puesto que creo que todos metemos la pata pero lo que realmente define a una persona es su capacidad para rectificar. De esa forma, la imagen favorable que conservaba de nuestros primeros encuentros permanecerá para los que seguro se producirán en un futuro.

Curiosamente, la relación con muchos de los compañeros que finalmente marcaron mi manera de trabajar comenzó con fuertes desencuentros. Quizá, por qué no, acabemos algún día formando un gran equipo.


Arbitrio

Panel con varias direccionesEl área iluminada por los faros del coche constituye la única referencia en la interminable carretera comarcal, desierta durante la frontera entre la noche y la madrugada. Son muy habituales, pero no consigo acostumbrarme a este tipo de avisos, reflexiono en voz alta; la doctora Oriente, mi acompañante esta noche, parece coincidir conmigo. En este caso, el paciente psiquiátrico agresivo se encuentra en una pequeña localidad, alejada incluso de nuestro área de trabajo habitual.

Un recién estrenado uniforme de la Guardia Civil destaca en el acceso a la pequeña vivienda, donde el agente se detiene a relatarnos lo complejo de la situación: Elena, nuestra paciente, ha amenazado a su pareja y a su hijo adolescente con un cuchillo, por lo que el segundo agente está reteniendola. La entrevista de Oriente con la familia y la lectura de los múltiples informes clínicos previos revelan detalles sobre lo ocurrido tanto en este como en anteriores episodios.

Las técnicas específicas de la doctora parecen suficientes para conseguir que Elena descanse sobre la cama y el ambiente se relaje, lo que permite su liberación. A pesar del rechazo parece necesario el traslado al hospital, dado que la falta del control del tratamiento implica no saber cuándo se pueden repetir las graves crisis de agresividad. Solicito la unidad especial de psiquiatría, acondicionada para el traslado de estos pacientes con seguridad para ellos y para el personal, y tratamos de mantener la tensa calma durante los largos minutos de espera hasta la llegada del recurso.

Me cuesta asumir lo intrascendente de mi papel en estos casos: aunque agradezco el trato con pacientes de cualquier perfil, creo que los psiquiátricos necesitan una única referencia que les guíe -generalmente el médico-, por lo que me he de limitarme a escuchar la familia, desbordada por la situación a pesar de lo relativamente habitual de la misma. Por supuesto colaboro tanto en la atención sanitaria como en la contención del paciente cuando resultan necesarias, pese a que esta conducta discreta pero aparentemente represora me adjudica el rol de villano.

El tiempo parece no transcurrir cuando, súbitamente, Elena se incorpora explicando que tiene que ir al aseo; de inmediato parece cambiar de intención y se recuesta en el sofá y prende un cigarrillo, dirigiendo una desafiante mirada a Oriente. Se pone en pie de nuevo y comienza a increpar a sus familiares responsabilizandoles la situación. Uno de los guardias y la doctora se ocultan en la habitación aneja, por una razón que no tardo en descubrir.

Por un lado, Oriente insiste en que no es positivo tolerar abiertamente este comportamiento, puesto que Elena es plenamente consciente del mismo, y así lo reflejan los registros de las intervenciones previas. Su argumento se basa en que la falta de límites le proporcionará una sensación de poder que hará mucho más difícil la solución de este caso y de los que queden por llegar.

Por su parte, los agentes -ambos de aproximadamente mi edad y en el extremo opuesto de los tópicos que inundan su profesión- justifican su actitud menos activa en el hecho de que ni pueden ni quieren detener a una persona que, a su juicio, no posee plenamente sus facultades mentales, y que por tanto deben limitarse a solicitar la ayuda adecuada (eso seríamos nosotros) e impedir que se haga daño a ella misma o a los demás.

Afortunadamente, la discreta desavenencia no impide la estrecha colaboración entre ambos cuerpos, por lo que no tengo que usar mis habilidades de mediación. Pero Elena sí que parece darse cuenta de lo que se desarrolla fuera de su vista, dado que ahora adopta una actitud más agresiva frente a Oriente, pasando a ser la médico el nuevo objetivo de las acusaciones y los improperios.

Mientras vigilo de cerca los acontecimientos, no puedo evitar mi propio debate: por un lado parece que efectivamente Elena tiene en cuenta las consecuencias de todos sus actos presentes e incluso futuros, pero por otro me parece arriesgado ir más allá de una intervención de limitación de los daños. En cualquier caso agradezco enormemente no ser yo el responsable máximo de la asistencia, especialmente porque creo que podría estudiar años y años el tema y seguiría sin tener el dominio necesario para hacerme con el control de situaciones tan complejas.

Finalmente, la aparición de los técnicos de la ambulancia psiquiátrica provoca un cambio en la actitud de Elena. Al reconocerse de otras situaciones similares, y recordando que cualquier intento de resistencia resultaría tan inútil como incómodo, accede a ser acompañada hasta el vehículo en cuyo interior es acomodada antes de partir hacia el hospital.

Durante el largo camino de vuelta a la base, comparto con Oriente una certeza, probablemente la única referencia que ilumina el oscuro desconocimiento en el que estos avisos están sumergidos: no me cambiaría jamás por Elena ni por nadie en su situación, deben de pasarlo realmente mal. De nuevo, estamos de acuerdo.


Sinergia

Incendio en ViviendaUna noche más, la Dra. Espejo y yo nos despedimos de Victoria en el portal de esta última; en esta ocasión ha tardado unos minutos en admitir que la soledad y la tristeza son los verdaderos motivos de su llamada. Nos gustaría hacer algo más por ella que realizarle un rápido examen para descartar las enfermedades más habituales y recomendarle que refuerce su vida social y que cuente su estado de ánimo al médico de cabecera, pero no lo encontramos. Nos marchamos con tan sólo una certeza: volveremos a verla en breve, ya sea en la consulta del centro de urgencias o en su domicilio.

Desde un punto de vista algo frívolo podríamos interpretar que todos los avisos son bienvenidos -especialmente casos como este que no implican riesgos, trabajo duro ni grandes responsabilidades- ya que colaboran en las estadísticas que justifican el mantenimiento de los recursos en épocas de escasez presupuestaria; pero jamás hay que perder de vista que mantenernos ocupados con avisos que podrían resolverse por otros medios retrasa la asistencia de los demás pacientes, alguno de los cuales puede estar verdaderamente grave. De todas formas ¿Qué más da? No tenemos ninguna potestad sobre los avisos a los que nos mandan. No tardaría mucho en sentir que alguien escuchaba mis divagaciones.

Al tiempo que tecleo en la emisora los códigos de finalización del aviso, Espejo trae al frente de la carpeta un informe en blanco para recoger el nuevo aviso. La voz del compañero de la central suena aún mas firme a través de la emisora: incendio en vivienda, UVI móvil y bomberos en camino. No puedo evitar el trote del ritmo del corazón mientras activo las luces de emergencia y acelero rumbo al lugar. Acostumbrado a conducir pequeños camiones de cuatro toneladas, un utilitario ágil pero potente como el actual supone un pilotaje tan preciso como delicioso.

El bloque afectado se encuentra a media altura de una larga calle de un sentido, al final de la cual apreciamos un camión de bomberos acercándose hacia nosotros. Detengo el vehículo a uno de los lados para no obstruir el paso de otros vehículos, nos hacemos con los equipos de autoprotección y así como con el resto de material y caminamos decididamente hacia el ácido destello multicolor.

El color de su casco nos permite localizar fácilmente al mando de bomberos, que supervisa como parte de su personal se afana en extender las mangueras mientras otros evacuan el interior del bloque y localizan posibles víctimas. Le informamos de la zona que usaremos para clasificar y tratar a los posibles heridos, y por su parte nos confirma que el piso en el que se inició el incendio parece estar ocupado.

Cinco minutos después, dos bomberos emergen de la densa nube acompañando a una mujer, vestida tan sólo con un camisón envejecido por el hollín. Ya en el punto de asistencia sanitaria, nuestro artilugio que mide su oxigenación nos da buenos valores, pero dado que una de sus limitaciones es precisamente en intoxicados por humo tenemos que fijarnos más en el paciente: en este caso las vías respiratorias están manchadas de hollín, lo que indica que ha aspirado abundante humo y que por lo tanto puede sufrir complicaciones en minutos; alguna de ellas, como la hinchazón de la laringe, podría conducirla a la muerte por asfixia. El oxígeno, ahora aplicado a la máxima concentración, trata de desprender el monóxido de carbono que se agarra poderosamente a su hemoglobina, y así revertir en lo posible el proceso; mientras, mi compañera le canaliza una vía venosa para poder aplicar medicación con efecto inmediato. Somos conscientes de que esto no es suficiente, pero no podemos hacer más que esperar hasta que, pasados escasos minutos, identifico la brillante silueta de la UVI móvil al comienzo de la calle.

No todo está ganado. A pesar de haber pasado ya la medianoche, el inesperado bloqueo de la angosta calle ha generado una interminable fila de vehículos que impide a la UVI móvil alcanzar nuestra posición: no les queda otra opción que hacer el trayecto a pie cargados con las mochilas, el monitor y la bombona de oxígeno. Ellos constatan que el empeoramiento de la paciente, que requiere asegurar sus vías respiratorias mediante un tubo traqueal, pero para conseguirlo deben encontrarse en la cabina asistencial de su vehículo, alejado varios cientos de metros. Sus dos técnicos desandan el camino para volver cargados con la camilla, para así colocar en ella a nuestra paciente y recorrer una vez más el trayecto de vuelta, jalonado de obstáculos como el mobiliario urbano y los vehículos que forman la retención.

Para entonces, las alarmas de su monitor -capaz de calcular el nivel de monóxido de carbono- se han disparado. El médico y la enfermera se adelantan para preparar el material y así no retrasar ni un segundo la maniobra. Una vez que el paciente se encuentra en el interior de su vehículo ellos se hacen cargo completamente y la intervención por nuestra parte finaliza, pero hay algo que me impide sentir satisfacción: una circunstancia ha impedido que un paciente grave reciba inmediatamente tratamiento. Una tarea aparentemente secundaria como la regulación del tráfico puede transformarse en crítica, por lo que resulta fundamental que ninguno de los componentes falle. Y aunque esta teoría es aplicable en casi todos los ámbitos, en el nuestro las consecuencias van más allá de retrasos en la producción. Hablamos de personas.


No tan dulce

Los inviernos son habitualmente tranquilos en la Sierra: las segundas viviendas no están ocupadas y en los pueblos sólo quedan los oriundos, que tienen verdadero aguante y no suelen llamar si no es imprescindible. Siempre es agradable sentarse a la mesa suponiendo que la cena no es interrumpirá.

Tras probar el primer bocado, y como no puede ser de otra forma, un agudo tono de móvil irrumpe en la mesa: mujer, 40 años, inconsciente, va una UVI-móvil también desde lejos. En el coche de la sierra esto es relativamente frecuente: si nos encontramos más cerca que una UVI-móvil de una emergencia (el tipo de aviso más grave de los tres que hay) nos envían a nosotros primero, de forma que podamos realizar una primera evaluación y tratamiento si se confirma la gravedad del caso, y en caso contrario que anulemos dicha UVI, de forma que ésta quede disponible el máximo tiempo posible.

En ocasiones, al tratarse de un caso grave como este, autorizan al enfermero a acompañarnos, por lo que inmediatamente nos ponemos los tres (Dra. Espejo, Chefermero y yo) en camino, como a mi me gusta: con luces y, si es necesario, sirenas, compitiendo contra el reloj. En pocos minutos llegamos a nuestro destino, un chalet en el que nos recibe un hombre que, en contra de lo que aparenta su nerviosismo, nos explica que su mujer ya se encuentra mejor.

Ella está sentada en el suelo de la cocina, revuelta y pálida tras haber vomitado. Ha cenado carne de hace unos días, posiblemente mal conservada. Mientras la ayudamos a incorporarse y anulamos la UVI, un niño de unos cinco años que se encuentra observando la escena desde la puerta vomita también. ¿Cenasteis todos los mismo? -continúa con la anamnesis la doctora, recibiendo una respuesta afirmativa- Pero algo no encaja, el niño se había quejado antes, por lo que el vómito resulta inesperado. Puede que le haya impresionado ver a su madre desvanecida y a su padre nervioso, pero no es la única posibilidad.

Aprovecho que somos tres para explorar el resto de la casa en busca de algún elemento extraño y veo la chimenea encendida, al tiempo que siento el ambiente algo cargado. Al volver a la cocina encuentro al hombre que nos recibió sentado en la escalera, notablemente afectado. Cuenta que se encuentra muy agobiado y con dolor de cabeza, pero que ya le ha pasado otras veces… con dos pacientes al mismo tiempo hay que buscar, con tres hay que actuar rápido. Y así lo hacemos: tras relatar lo ocurrido al resto del equipo, decidimos salir inmediatamente de la casa tras abrir las ventanas, cerrar el hogar y desconectar la caldera.

Ya en el jardín comenzamos a organizar el traslado de los tres pacientes cuando un vecino amigo de la familia se acerca, alarmado por lo ocurrido. Tras enterarse se ofrece para llevarles al hospital, no demasiado alejado, y parece la mejor opción: la llegada al menos dos ambulancias puede llevar demasiado tiempo, y los pacientes no necesitan asistencia durante el traslado pero sí una confirmación de la sospecha diagnóstica lo antes posible.

Al día siguiente, la Dra. Espejo se pone en contacto con la familia para conocer su evolución y, al mismo tiempo, confirmar la sospecha: tres pacientes con intoxicación por monóxido de carbono. Se pueden considerar afortunados, si hubiera ocurrido más tarde, a la hora de dormir, este relato se podía tornar mucho más dramático. Y nosotros también podíamos haber caído, ya que si los familiares hubieran enfermado más tarde habríamos tardado más en descubrir la situación, poniéndonos en peligro, y esto le puede pasar a cualquiera (Youtube).


Todos los vehículos de emergencias de la Comunidad tendrán GPS antes del verano

Todos los vehículos de emergencia del Summa-112 incorporarán antes del verano el sistema de localización GPS para saber en qué punto de la región se encuentra cada Vehículo de Intervención Rápida y cada UVI en todo momento. Unas UVI que se van a ir renovando con nuevos vehículos, cinco de los cuales se están ultimando en las fábricas. Por otra parte, el presidente regional, Alberto Ruiz-Gallardón, presentó ayer la nueva imagen corporativa del servicio madrileño de emergencia, cuyos vehículos pasarán a ser amarillos con bandas reflectantes rojas y blancas.

Continúa la semana de pasión de Gallardón y no hay día que no tenga una presentación o una inauguración. Ayer tocó hacer pública la nueva imagen de los vehículos del Summa-112, es decir, el órgano encargado de las urgencias y emergencias médicas de la Comunidad. Tanta premura le entró a Gallardón con esta presentación que pilló de vacaciones al consejero de Sanidad, José Ignacio Echániz, por lo que sus dos viceconsejeros tuvieron que acompañar al presidente regional.

Dentro de las novedades que incorporarán los vehículos del Summa-112 destaca que todos los dedicados a la urgencia y la emergencia incorporarán el sistema de localización GPS antes de este verano. Gracias a este sistema se podrá tener localizado en todo momento a estos vehículos y mandar el más cercano al punto donde se encuentre el enfermo. Los vehículos que incorporarán este sistema será las 37 UVI, repartidas en 23 bases, los once Vehículos de Intervención Rápida ¬cinco que ya funcionan y seis que se pondrán en marcha en las próximas semanas¬ y los tres vehículos de coordinación. Posteriormente se instalará en los 39 vehículos de atención domiciliaria.

Renovación de la flota

El Summa-112 tiene previsto también renovar su flota con vehículos nuevos. Actualmente cinco nuevas UVIs se están poniendo a punto para sustituir a los vehículos más antiguos. Asimismo, este servicio de emergencias tiene previsto contratar a 100 nuevos profesionales, como ya adelantó LA RAZÓN el pasado 24 de marzo.

Junto a estas mejoras, los madrileños deberán irse acostumbrando a la nueva imagen del Summa-112 ¬un servicio que integra al antiguo Insalud-061 y el Sercam¬. Los vehículos de este servicio serán a partir de ahora amarillos con una franja reflectante roja y blanca. Según explicó el presidente regional, la elección de estos colores responde a una recomendación europea ya que según un estudio de optiometría de Estados Unidos es el color más visible por los humanos, y todos los vehículos de emergencias de la Unión Europea deberán renovar su imagen primando el color amarillo. Para la transformación de toda la flota del Summa se convocará un concurso público para la adjudicación de la renovación de la imagen de los vehículos, excepto los de nueva incorporación que ya se adquieren con los nuevos colores. «La nueva imagen corporativa del Summa-112 no responde a un mero capricho del Gobierno regional, sino a criterios de seguridad, identificación, percepción por el resto de ciudadanos de la existencia de un vehículo sanitario, y razones de seguridad para los propios profesionales que utilizan el vehículo», explicó Gallardón.

Para el vestuario del personal del Summa se han escogido anorak y chaquetillas que combinan el color azul y el amarillo, mientras que el polo y los pantalones serán blancos y azules respectivamente, todos ellos con bandas reflectantes.

Mientras Gallardón presentaba la nueva imagen del Summa en el hospital Gregorio Marañón, en la calle del Doctor Castelo unos diez empleados del Sercam aprovechaban la ocasión para denunciar la situación del colectivo tras el proceso de unificación con el 061. Una representante del colectivo, Isabel Olvera, leyó un comunicado, suscrito por los sindicatos CC OO, CSI-CSIF y UGT, en el que se afirma que continúa la huelga en el servicio de emergencias por las condiciones en que se ha producido la fusión. Asimismo, uno de sus compañeros indicó que las autoridades han ignorado las recomendaciones del informe del Defensor del Pueblo sobre la situación de este colectivo

Fuentes: Europa Press

Diario La Razon