HISTORIA DE LA REANIMACIÓN CARDIOPULMON

UN ANESTESISTA, UN JUGUETERO Y UNA JOVEN SUICIDA QUE SALVARON MILES DE VIDAS

Peter Safar nació en Viena el 12 de abril de 1924. Hijo de un oftalmólogo y una pediatra, vio cómo ambos perdían su trabajo con la invasión alemana: él por negarse a unirse al partido nazi, ella por tener una abuela judía.
Peter fue enviado entonces a un campo de trabajo, y más tarde llamado a filas en 1942. Pacifista convencido, aprovechó sus conocimientos de Medicina para simular una enfermedad y ser declarado no apto para el ejército: se había provocado a sí mismo unos eccemas con tuberculina. Gracias a ello, y a un funcionario que hizo la vista gorda a su ascendencia judía, pudo ingresar en 1944 en la Facultad de Medicina de Viena, donde se graduó en 1948.
Obtuvo una beca para especializarse en cirugía en la Universidad de Yale, y más tarde también en anestesiología. Tras una serie de problemas con los visados, fue finalmente contratado como instructor de anestesiología en el John Hopkins de Baltimore.
Allí realizó investigaciones sobre la apertura de la vía aérea en el paciente inconsciente. Así definió diversas maniobras como la de tracción mandibular o la que hoy conocemos como “frente-mentón”. Con la ayuda de James Elam, un neumólogo americano que había diseñado diversos aparatos de ventilación artificial, realizó estudios en voluntarios sanos, a los que administraba curare y después reanimaba. Publicó sus resultados en la prestigiosa Journal of the American Medical Association, algo que hoy sería impensable por los reparos éticos que tenían sus ensayos. En aquella época, Safar y Elam describieron juntos la técnica de respiración boca a boca.

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En esos años, William Kowenhoven, Guy Knickerbocker y James Jude habían demostrado en ensayos animales (y más tarde en pacientes) que las compresiones torácicas provocaban una circulación artificial transitoria durante la parada cardiaca. Safar asoció esta técnica a la suya y definió el protocolo ABC de la reanimación cardiopulmonar a principios de los años 50.

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Pero Safar tenía muy claro que la reanimación cardiopulmonar sería inútil si no se conseguía formar en estas técnicas a la mayor parte de la población. Por eso encargó a Asmund Laerdal, un juguetero noruego pionero en la creación de muñecos de plástico, que le construyera un modelo para la enseñaza. Laerdal había salvado poco antes a su propio hijo de morir ahogado abriéndole la vía aérea, por lo que se mostró especialmente receptivo ante el proyecto.
El juguetero decidió que un muñeco femenino resultaría menos inquietante para los alumnos, y pensó que la máscara de una joven sonriente que adornaba la casa de sus abuelos podría servirle como modelo.

sena

¿Quién era la joven de la máscara? Según la leyenda, a finales de la década de 1880 es rescatado del Sena, entre otros muchos, el cadáver de una joven. El rostro es de tal serenidad que en la morgue deciden encargar una máscara mortuoria. Esta Mona Lisa del Sena, con su enigmática sonrisa, se convertiría en un adorno imprescindible entre la burguesía de la época. No obstante, muchos expertos dudan de la veracidad de la historia, puesto que la tranquilidad que refleja la máscara es más propia de una modelo viva que de una joven ahogada. Sea como fuere, la historia de la desconocida del Sena ha sido llevada en multitud de ocasiones al cine y la literatura, y su rostro servirá de modelo para el del primer simulador de RCP construido por Laerdal: ResusciAnne.

laerdal

Por cierto que, aún hoy, la principal empresa de simulación de RCP sigue llamándose Laerdal y sus muñecos femeninos se llaman siempre Ana (ResusciAnne, Little Anne, Baby Anne, Mini Anne…). Se ve que lo bueno abunda. : )

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Así pues, a partir de 1950, Safar puede comenzar la formación a gran escala en técnicas de RCP gracias a Asmund Laerdal y su ResusciAnne.

Safar aportaría muchas más cosas a los cuidados intensivos: ideó las ambulancias con espacio para un asistente (hasta el momento solo eran de transporte) y creó en 1967 el primer servicio de asistencia extrahospitalaria mediante ambulancias con personal paramédico preparado: el Freedom House Ambulance Service.
En 1966, mientras Safar estaba en un congreso, su hija de 12 años sufrió un paro cardiaco por una crisis de asma. Fue reanimada, pero ya presentaba criterios de muerte encefálica. A partir de entonces, Safar dedica sus esfuerzos a estudiar la protección cerebral durante la reanimación cardiopulmonar. Realizó, entre otros, los primeros estudios sobre neuroprotección con barbitúricos, calcioantagonistas e hipotermia.
Nominado en tres ocasiones al Premio Nobel, Safar no lo ganó en ninguna ocasión, a pesar de que tanto la RCP como la creación de servicios de emergencia extrahospitalaria son quizá dos de las ideas que más han mejorado el pronóstico de los pacientes en estado crítico.
Asmund Laerdal murió en 1981, James Elam en 1995 y Peter Safar en 2003. A esas alturas, su ResusciAnne ya había ayudado a salvar cientos de miles de vidas. No en vano se conoce a Peter Safar como el padre de la reanimación cardiopulmonar moderna.

www.rcppediatrica.org

 

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Estoy un poco bastante harta



La verdad es que últimamente no me encuentro yo... en mi salsa.

Estoy contenta, estoy ya en una nueva unidad, en Paritorio/Reanimación, concretamente ahora en "Rea" y visitando el paritorio de vez en cuando para echar un vistazo. No estoy mal, no está mal... Pero no estoy contenta como el año pasado, que va.

La verdad es que mi experiencia en Neonatos no acabó todo lo bien que yo esperaba... No entiendo porqué, pero bueno. La verdad es que estoy cabreada, porque intento hacerlo todo lo mejor posible y no siempre se nota...

Hay varias cosas que no me convencen:

En primer lugar, un amplio porcentaje del personal enfermero son mujeres mayores. Y con mayores me refiero a mayores tirando pa' jubilarse. El resto casadas con hijos y ya después no sé, 3 hombres. No quiero menospreciar a las mujeres ni a su edad, pero creo que es perfectamente comprensible el hecho de que a más edad, más cuesta todo, más cansado se está y menos ganas de enseñar tienes. Yo no se qué tengo que hacer para que me hagan más caso o para que no me hablen como si fuera una niñata.

"La niña", "la muchacha", "¿Ah, pero tú eres estudiante de Enfermería? yo creía que eras de auxiliar", "chiqui me traes...?"

¿¿QUE PASA QUE NO OS PODEIS APRENDER MI NOMBRE NI MIRARME LA PUÑETERA TARJETA??

Tarjeta que me obligan a llevar puesta, que en mi evaluación se lee "lleva su tarjeta identificativa en un lugar visible siempre... blablabla, para qué?? Tú me has mirado la tarjeta una sola vez??

Es como si yo voy y las llamo "oye tú, chocha...", "mujer mayor"... En fin, me exaspero, me exaspero, creo que me están pegando los sofocos de la menopausia.

No me gusta que me digan algo que no es cierto. No tengo iniciativa, y un pin pá ti. Yo no se si hablan por hablar...

Llego antes de mi hora, llevo el pelo recogido, llevo la tarjeta, llevo el boli de 4 colores, la linterna, el fosforito, la libreta, la tijera, los calcetines blancos si me apuras (no la verdad es que blancos los llevo si coincide..xD), las uñas cortas y el reloj en el bolsillo. Pregunto, vuelvo a preguntar, pido permiso para desayunar, intento colaborar en todo lo posible... Es que no se que hacer más. Y hasta ahora no había tenido ningún problema en este sentido.

Estoy cansada ciertamente. No estoy agusto.

También detecto otra cosa que no me gusta. Cuando llega una enfermera nueva, ¿por qué todo el mundo le enseña todas las cosas, protocolos, papeles, técnicas de la planta perfectamente? Está claro, porque ella va a tener que realizar esas actividades sola y tiene que saber hacerlas pero, ¿es que acaso tengo yo menos derecho que ella? Pues el mismo ¿no?

¿Y por qué estáis todas tan enfadadas todo el rato? Que si la nómina, que si mi hijo es más guapo que el tuyo, que si vaya mañana que llevamos "desde las 8 que he entrado por la puerta", es que hay que ver otro ingreso??? Cuando no hace calor, hace frío y cuándo no, es que es que es que... Relatonas.

De verdad, yo creo que los hombres son menos quejicas en ese sentido.

Siento que mis palabras sean un poco antipáticas, yo que se, pero así me siento, así me desahogo y así invoco a las estrellas para que me traigan un poco de suerte. Si yo lo único que quiero es aprender, y que me enseñen...

Estoy un poco bastante harta



La verdad es que últimamente no me encuentro yo... en mi salsa.

Estoy contenta, estoy ya en una nueva unidad, en Paritorio/Reanimación, concretamente ahora en "Rea" y visitando el paritorio de vez en cuando para echar un vistazo. No estoy mal, no está mal... Pero no estoy contenta como el año pasado, que va.

La verdad es que mi experiencia en Neonatos no acabó todo lo bien que yo esperaba... No entiendo porqué, pero bueno. La verdad es que estoy cabreada, porque intento hacerlo todo lo mejor posible y no siempre se nota...

Hay varias cosas que no me convencen:

En primer lugar, un amplio porcentaje del personal enfermero son mujeres mayores. Y con mayores me refiero a mayores tirando pa' jubilarse. El resto casadas con hijos y ya después no sé, 3 hombres. No quiero menospreciar a las mujeres ni a su edad, pero creo que es perfectamente comprensible el hecho de que a más edad, más cuesta todo, más cansado se está y menos ganas de enseñar tienes. Yo no se qué tengo que hacer para que me hagan más caso o para que no me hablen como si fuera una niñata.

"La niña", "la muchacha", "¿Ah, pero tú eres estudiante de Enfermería? yo creía que eras de auxiliar", "chiqui me traes...?"

¿¿QUE PASA QUE NO OS PODEIS APRENDER MI NOMBRE NI MIRARME LA PUÑETERA TARJETA??

Tarjeta que me obligan a llevar puesta, que en mi evaluación se lee "lleva su tarjeta identificativa en un lugar visible siempre... blablabla, para qué?? Tú me has mirado la tarjeta una sola vez??

Es como si yo voy y las llamo "oye tú, chocha...", "mujer mayor"... En fin, me exaspero, me exaspero, creo que me están pegando los sofocos de la menopausia.

No me gusta que me digan algo que no es cierto. No tengo iniciativa, y un pin pá ti. Yo no se si hablan por hablar...

Llego antes de mi hora, llevo el pelo recogido, llevo la tarjeta, llevo el boli de 4 colores, la linterna, el fosforito, la libreta, la tijera, los calcetines blancos si me apuras (no la verdad es que blancos los llevo si coincide..xD), las uñas cortas y el reloj en el bolsillo. Pregunto, vuelvo a preguntar, pido permiso para desayunar, intento colaborar en todo lo posible... Es que no se que hacer más. Y hasta ahora no había tenido ningún problema en este sentido.

Estoy cansada ciertamente. No estoy agusto.

También detecto otra cosa que no me gusta. Cuando llega una enfermera nueva, ¿por qué todo el mundo le enseña todas las cosas, protocolos, papeles, técnicas de la planta perfectamente? Está claro, porque ella va a tener que realizar esas actividades sola y tiene que saber hacerlas pero, ¿es que acaso tengo yo menos derecho que ella? Pues el mismo ¿no?

¿Y por qué estáis todas tan enfadadas todo el rato? Que si la nómina, que si mi hijo es más guapo que el tuyo, que si vaya mañana que llevamos "desde las 8 que he entrado por la puerta", es que hay que ver otro ingreso??? Cuando no hace calor, hace frío y cuándo no, es que es que es que... Relatonas.

De verdad, yo creo que los hombres son menos quejicas en ese sentido.

Siento que mis palabras sean un poco antipáticas, yo que se, pero así me siento, así me desahogo y así invoco a las estrellas para que me traigan un poco de suerte. Si yo lo único que quiero es aprender, y que me enseñen...

Estoy un poco bastante harta



La verdad es que últimamente no me encuentro yo... en mi salsa.

Estoy contenta, estoy ya en una nueva unidad, en Paritorio/Reanimación, concretamente ahora en "Rea" y visitando el paritorio de vez en cuando para echar un vistazo. No estoy mal, no está mal... Pero no estoy contenta como el año pasado, que va.

La verdad es que mi experiencia en Neonatos no acabó todo lo bien que yo esperaba... No entiendo porqué, pero bueno. La verdad es que estoy cabreada, porque intento hacerlo todo lo mejor posible y no siempre se nota...

Hay varias cosas que no me convencen:

En primer lugar, un amplio porcentaje del personal enfermero son mujeres mayores. Y con mayores me refiero a mayores tirando pa' jubilarse. El resto casadas con hijos y ya después no sé, 3 hombres. No quiero menospreciar a las mujeres ni a su edad, pero creo que es perfectamente comprensible el hecho de que a más edad, más cuesta todo, más cansado se está y menos ganas de enseñar tienes. Yo no se qué tengo que hacer para que me hagan más caso o para que no me hablen como si fuera una niñata.

"La niña", "la muchacha", "¿Ah, pero tú eres estudiante de Enfermería? yo creía que eras de auxiliar", "chiqui me traes...?"

¿¿QUE PASA QUE NO OS PODEIS APRENDER MI NOMBRE NI MIRARME LA PUÑETERA TARJETA??

Tarjeta que me obligan a llevar puesta, que en mi evaluación se lee "lleva su tarjeta identificativa en un lugar visible siempre... blablabla, para qué?? Tú me has mirado la tarjeta una sola vez??

Es como si yo voy y las llamo "oye tú, chocha...", "mujer mayor"... En fin, me exaspero, me exaspero, creo que me están pegando los sofocos de la menopausia.

No me gusta que me digan algo que no es cierto. No tengo iniciativa, y un pin pá ti. Yo no se si hablan por hablar...

Llego antes de mi hora, llevo el pelo recogido, llevo la tarjeta, llevo el boli de 4 colores, la linterna, el fosforito, la libreta, la tijera, los calcetines blancos si me apuras (no la verdad es que blancos los llevo si coincide..xD), las uñas cortas y el reloj en el bolsillo. Pregunto, vuelvo a preguntar, pido permiso para desayunar, intento colaborar en todo lo posible... Es que no se que hacer más. Y hasta ahora no había tenido ningún problema en este sentido.

Estoy cansada ciertamente. No estoy agusto.

También detecto otra cosa que no me gusta. Cuando llega una enfermera nueva, ¿por qué todo el mundo le enseña todas las cosas, protocolos, papeles, técnicas de la planta perfectamente? Está claro, porque ella va a tener que realizar esas actividades sola y tiene que saber hacerlas pero, ¿es que acaso tengo yo menos derecho que ella? Pues el mismo ¿no?

¿Y por qué estáis todas tan enfadadas todo el rato? Que si la nómina, que si mi hijo es más guapo que el tuyo, que si vaya mañana que llevamos "desde las 8 que he entrado por la puerta", es que hay que ver otro ingreso??? Cuando no hace calor, hace frío y cuándo no, es que es que es que... Relatonas.

De verdad, yo creo que los hombres son menos quejicas en ese sentido.

Siento que mis palabras sean un poco antipáticas, yo que se, pero así me siento, así me desahogo y así invoco a las estrellas para que me traigan un poco de suerte. Si yo lo único que quiero es aprender, y que me enseñen...

Estoy un poco bastante harta



La verdad es que últimamente no me encuentro yo... en mi salsa.

Estoy contenta, estoy ya en una nueva unidad, en Paritorio/Reanimación, concretamente ahora en "Rea" y visitando el paritorio de vez en cuando para echar un vistazo. No estoy mal, no está mal... Pero no estoy contenta como el año pasado, que va.

La verdad es que mi experiencia en Neonatos no acabó todo lo bien que yo esperaba... No entiendo porqué, pero bueno. La verdad es que estoy cabreada, porque intento hacerlo todo lo mejor posible y no siempre se nota...

Hay varias cosas que no me convencen:

En primer lugar, un amplio porcentaje del personal enfermero son mujeres mayores. Y con mayores me refiero a mayores tirando pa' jubilarse. El resto casadas con hijos y ya después no sé, 3 hombres. No quiero menospreciar a las mujeres ni a su edad, pero creo que es perfectamente comprensible el hecho de que a más edad, más cuesta todo, más cansado se está y menos ganas de enseñar tienes. Yo no se qué tengo que hacer para que me hagan más caso o para que no me hablen como si fuera una niñata.

"La niña", "la muchacha", "¿Ah, pero tú eres estudiante de Enfermería? yo creía que eras de auxiliar", "chiqui me traes...?"

¿¿QUE PASA QUE NO OS PODEIS APRENDER MI NOMBRE NI MIRARME LA PUÑETERA TARJETA??

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No me gusta que me digan algo que no es cierto. No tengo iniciativa, y un pin pá ti. Yo no se si hablan por hablar...

Llego antes de mi hora, llevo el pelo recogido, llevo la tarjeta, llevo el boli de 4 colores, la linterna, el fosforito, la libreta, la tijera, los calcetines blancos si me apuras (no la verdad es que blancos los llevo si coincide..xD), las uñas cortas y el reloj en el bolsillo. Pregunto, vuelvo a preguntar, pido permiso para desayunar, intento colaborar en todo lo posible... Es que no se que hacer más. Y hasta ahora no había tenido ningún problema en este sentido.

Estoy cansada ciertamente. No estoy agusto.

También detecto otra cosa que no me gusta. Cuando llega una enfermera nueva, ¿por qué todo el mundo le enseña todas las cosas, protocolos, papeles, técnicas de la planta perfectamente? Está claro, porque ella va a tener que realizar esas actividades sola y tiene que saber hacerlas pero, ¿es que acaso tengo yo menos derecho que ella? Pues el mismo ¿no?

¿Y por qué estáis todas tan enfadadas todo el rato? Que si la nómina, que si mi hijo es más guapo que el tuyo, que si vaya mañana que llevamos "desde las 8 que he entrado por la puerta", es que hay que ver otro ingreso??? Cuando no hace calor, hace frío y cuándo no, es que es que es que... Relatonas.

De verdad, yo creo que los hombres son menos quejicas en ese sentido.

Siento que mis palabras sean un poco antipáticas, yo que se, pero así me siento, así me desahogo y así invoco a las estrellas para que me traigan un poco de suerte. Si yo lo único que quiero es aprender, y que me enseñen...

Catecolaminas

WarpEstá muy mal. El desasosegado gesto del médico me confirma que es perfectamente consciente de la información: el corazón del anciano paciente ha comenzado a fallar, provocando que la sangre se remanse en los pulmones y éstos se empapen de líquido, limitando enormemente el aire que es capaz de recoger. Afortunadamente, en la residencia de ancianos desde la que nos han llamado contamos con la ayuda de una enfermera recién titulada que casualmente acudía a visitar a un familiar.

Conozco bien los pasos que siguen a la primera valoración: solicitar ambulancia, oxígeno, medicación para eliminar líquidos, sentar al paciente… En UVI móvil es un caso relativamente frecuente que se afronta con ciertas garantías, pero en nuestro caso -personal no especializado en emergencias y con medios para asistencias menos graves- la situación exige el máximo. Trabajosamente deslizamos al paciente hasta el borde de la cama en la que yace para incorporarle, pero en ese momento el maravilloso sistema que ha permanecido bombeando incansable durante 89 años simplemente desiste.

Las maniobras de Reanimación CardioPulmonar no se corresponden con su espectacular representación cinematográfica ni con una imposición de manos. Si son efectivas pueden volver a poner el corazón en marcha, pero en modo alguno revierten las enfermedades actuales del paciente. De alguna forma se podrían considerar como una vuelta atrás en el tiempo pero de tan sólo unos minutos. En este caso, las nueve décadas de vida y las múltiples enfermedades que sufría nuestro paciente enfrentan al médico a una decisión: ¿Comenzar unas maniobras de reanimación probablemente inútiles -y que nos mantendrán bloqueados durante largo tiempo- o asumir que la naturaleza ha llegado a un lugar sin retorno?

Decidido: colocamos al paciente sobre el piso, ya que es imposible realizar compresiones torácicas efectivas sobre una cama corriente, y desciendo atropelladamente las escaleras de la residencia para extraer del coche el material adicional preciso: mochila de vía aérea, desfibrilador semiautomático y una segunda botella de oxígeno. Comenzamos con las maniobras habituales, pero de nuevo se plantean alternativas difíciles de discernir. Si realizamos las maniobras básicas podremos asegurar su calidad, pero las complementarias o avanzadas pueden aumentar levemente las probabilidades de retorno de la actividad del corazón, a costa de aumentar las tareas a realizar simultáneamente.

¡Drogas y tubo! ordena con decisión el médico. Esto se complica, si no nos organizamos se nos irá de las manos. ¿Qué necesitas primero? La enfermera espontánea me releva en el masaje cardíaco mientras preparo el material que aislará las vías respiratorias del paciente, sin perder de vista el desfibrilador, encargado de detectar cualquier cambio en la actividad eléctrica del ahora inerte corazón. Tras la comprobación de la técnica, confirmada pues ha sido ejecutada con precisión, nos reorganizamos de nuevo para conseguir canalizar un acceso venoso y así poder aplicar la medicación. La enfermera no conoce nuestro material, por lo que me encargo de prepararlo para que, una vez recolocados, el médico se encargue de ello.

Soy perfectamente consciente de que me la estoy jugando. En los casos de Reanimación CardioPulmonar debemos solicitar inmediatamente una UVI móvil, pero en este caso he decidido no recordarselo al médico, tremendamente atareado. Avisarles implicaría ocupar durante un par de horas al único recurso de este tipo en nuestra zona, y dadas las posibilidades prácticamente nulas de recuperación de este paciente considero óptimo que ésta se quede a la espera y activarla tan sólo en el improbable caso de que fuera necesario el traslado, una vez recuperado el latido. Espero no equivocarme.

Unos destellos dorados se proyectan en la ventana de la habitación; los técnicos de la ambulancia de Cruz Roja que solicitamos al comienzo del aviso se incorporan a las maniobras. En un momento descubro a la que se ha convertido por méritos propios en compañera de fatigas observando su reloj, y le pregunto la razón. El último autobús del día que conecta la pequeña localidad serrana con la capital parte en unos minutos, y teme perderlo. Vete a cogerlo, has hecho un gran trabajo y la situación ya está cubierta; gracias de verdad. Al tiempo que las maniobras continúan, advierto que el cronómetro del desfibrilador ha superado ampliamente la media hora…

Doctor, no hay posibilidades… los impulsos nerviosos no han recorrido el músculo cardíaco desde que cesaron, hace más de cuarenta minutos. La frustración le invade, pues no esta acostumbrado a perder un paciente, especialmente cuando ha visto hace menos de una hora cómo cesaba su respiración. Ahora sólo resta recoger el material, cumplimentar la documentación necesaria y sufrir la inevitable bajada de ritmo. El paciente no tiene familia, pero al menos un equipo de varios profesionales se dedicó en cuerpo y alma a él durante sus últimos instantes.

El estridente timbre del teléfono nos sobresalta durante el viaje de vuelta -interrumpiendo la conversación sobre las posibilidades que permite la naturaleza- a varios kilómetros de la autovía que nos conducirá a la base. “Hay un aviso grave en vuestra localidad, una UVI-móvil está en camino”. Programo el navegador y al tiempo que respondo: Vamos hacia allá, pero probablemente no consigamos ganar tiempo puesto que estamos a la misma distancia, y ademas llevamos sucio el material de reanimación. Afortunadamente las interminables rectas de la ahora despejada autovía la transforman en el mejor circuito de velocidad, y permiten llevar el vehículo hasta sus límites prácticos. Tras unos breves minutos de un pilotaje bajo cifras propias de competición piso suavemente el freno pues nuestra salida se aproxima precipitadamente.

En la primera intersección tras el desvío el vehículo que nos precede ha debido de asustarse, pues se detiene bruscamente, bloqueándola. Es necesario abandonar parcialmente la vía por su lateral derecho para, controlando el deslizamiento lateral, realizar el giro rebasando al otro coche, sin perder velocidad. El testigo del control de estabilidad centellea en el cuadro de instrumentos, avisando de la la intervención electrónica para mantener el rumbo del vehículo sobre el asfalto. Su cara tiene que haber sido curiosa, declara mi acompañante girando la cabeza hacia atrás. No logro resistir la réplica: Quizás parecida a la tuya si hubieras mirado el velocímetro cuando bajábamos por la autopista. Lo hice, pero preferí no decirte nada; no sé si tenía sentido. Aquella idea flota en mi cabeza mientras accedemos a la larga y pobremente iluminada sucesión de bloques en la que se encuentra nuestro destino.

Por desgracia los números de los portales no reciben siquiera una tenue luz, por lo que alcanzamos el final de la calle sin localizar el que buscamos. Si al menos tuviéramos una linterna o un foco, como los que incorporan las UVIs… Solicito alguna referencia a la central y comienzo de nuevo el recorrido, esta vez en dirección contraria, y distingo unos destellos familiares que parecen desacelerar a los pies de un bloque. Genial, a pesar de todo no he conseguido ganar tiempo respecto a la UVI móvil, y este es realmente su aviso por lo que pintamos poco.

Una vez detenidos ambos vehículos en el mismo punto, el personal al completo de la otra unidad se apea para acceder al portal salvo el médico, con el que he coincidido en alguna ocasión, que se dirige a nosotros: Sois el coche cincuenta ¿verdad? Respondo afirmativamente. Su réplica llega acompañada de cierto aire de desprecio: No sé qué hacéis para llegar siempre tan tarde ¡Si venís de aquí al lado!

Mis depósitos de adrenalina parecen no haberse agotado en la reanimación y el pilotaje previos, puesto que necesito controlarme para no montar en cólera. Inspirar profundamente, espirar lentamente. Estábamos ambos a la misma distancia, hemos llegado antes pese a que nos han avisado más tarde, y el número del portal no se distingue sin linterna.

En estos casos de llegada simultánea a un aviso ajeno es habitual una primera intervención conjunta para inmediatamente retirarnos del lugar y volver al estado de disponible, pero en esta ocasión decido que no va a ser así. El paciente tiene garantizada la mejor atención, lo que permite marcharnos de donde no somos bienvenidos. Aún así, la ira no me abandona. Me he equivocado muchas veces, y con toda seguridad volveré a cometer errores, pero desidia es algo que no me podrán imputar.

*  *  *  *  *

Varias guardias después la central nos activa -esta vez sí- desde la base para atender un paciente aparentemente muy grave en nuestra localidad, también con una UVI móvil de camino. A la llegada de ésta, casualmente comandada por el mismo médico que protagonizó el encontronazo, llevamos un cuarto de hora en el lugar, por lo que el paciente está perfectamente valorado, a falta de una prueba para la que sólo ellos disponen del material necesario.

Una vez finalizada la asistencia, me presento ante el compañero en cuestión y le expongo mi reacción ante su juicio de valor emitido días atrás, frente a lo que se justifica mediante experiencias negativas previas, pero se disculpa con la máxima educación por haber generalizado innecesariamente. Es más que suficiente para resolver la situación, puesto que creo que todos metemos la pata pero lo que realmente define a una persona es su capacidad para rectificar. De esa forma, la imagen favorable que conservaba de nuestros primeros encuentros permanecerá para los que seguro se producirán en un futuro.

Curiosamente, la relación con muchos de los compañeros que finalmente marcaron mi manera de trabajar comenzó con fuertes desencuentros. Quizá, por qué no, acabemos algún día formando un gran equipo.


Filum

FilumApenas hemos compartido una docena de guardias, mas ya sabemos que este equipo de UVI móvil dará buenos resultados. Somos diferentes, pero compartimos sentimientos sobre nuestra tarea. Eva, la doctora, trata a los pacientes como si fueran su familia y no teme absolutamente a nada; el perfeccionismo de Carol -la enfermera- la permite resolver cualquier situación, y la fuerza y el arrojo de Jack le asemejan a un capitán pirata en el papel del segundo técnico.

Ya casi es la hora del almuerzo, pero el de hoy tendrá que esperar; Eva nos informa del aviso: hematemesis, sangrado digestivo a través de la boca. Podríamos clasificar este tipo de avisos en dos categorías: sin susto y con susto. No es infrecuente descubrir al ver al paciente que el sangrado es realmente de origen odontológico -lo que convierte la urgencia en demorable- o incluso que la sangre no es tal, sino alguna bebida que vuelve a salir por donde entró, habitualmente vino; eso es sin susto. Con susto supone que la sangre procede efectivamente del aparato digestivo, lo que implica riesgo vital para un paciente que ya presenta alguna enfermedad grave. En ocasiones parece que los pacientes se distribuyen de acuerdo con la confianza del equipo que los atiende, puesto que en este caso el nuestro fue con gran susto.Pocos minutos nos separan del destino, a pesar de las obras que en aquellos días inundan la ciudad. Al entrar al piso descubrimos que el escenario es peor de lo imaginado: un hombre de mediana edad y con la piel absolutamente pálida yace inerte sobre lo que parece un océano de sangre en la alfombra del salón. No podemos perder ni un segundo: Jack y yo lo colocamos sobre una zona seca del piso para poder trabajar, y mientras Eva interroga sobre lo ocurrido a la familia, Carol prepara el material. Inmediatamente comprobamos que, de acuerdo con las apariencias, su corazón ha dejado de latir.

Desde un lado, Jack comprime rítmicamente el pecho para mantener una mínima circulación, y desde el otro Carol trata de encontrar un vaso sanguíneo que no haya colapsado -todos están prácticamente vacíos- para canalizarlo y comenzar a reponer líquidos. Mi papel tampoco es sencillo: despejar la vías respiratorias, por las que no cesa de rezumar sangre con cada compresión torácica, con el fin de que Eva introduzca el oxígeno del que nuestro paciente está privado. Es imposible, nuestro sistema portátil de succión no tiene la potencia suficiente y es necesario detenerlo cada cierto tiempo para desobstruirlo y vaciar el recipiente de lo aspirado.

Sudo. Miro a Eva. Ella sabe mejor que yo lo que pienso: hay demasiada, va a ser imposible vaciarlo. “Tubo del ocho”, afirma serenamente. Compruebo y preparo el material para la maniobra, mientras recuerdo la elevadísima tasa de fallos en la intubación traqueal fuera del hospital … bajo buenas condiciones, en nada comparables a las actuales. “Parad las compresiones” ordena mientras introduce el laringoscopio. “No veo nada, voy por referencias anatómicas”, informa innecesariamente mientras siente la anegada laringe con la punta de su herramienta. Manteniendo la posición exacta con su mano izquierda, introduce cuidadosamente el tubo con la derecha, sumergiéndolo en el denso líquido que ocupa la oscura cavidad.

“Tengo vía” confirma Carol por otro lado. Increíble, ha conseguido hacer suya una de las invisibles venas y ya el líquido comienza a ocupar el hasta entonces ineficaz sistema circulatorio. “Perfecto, el tubo también está dentro” responde Eva. No puedo salir de mi asombro mientras retomo las compresiones… Con la mayor de las maestrías cada una ha conseguido atar su cabo del hilo, el hilo del que pendía la vida del paciente, mientras Jack lo hacía posible manteniendo ambos extremos próximos. La voz firme de Eva interrumpe las metáforas: “¡Parad compresiones, he visto algo en el monitor!”. Sólo queda soltar los extremos del hilo y ver si el nudo aguanta. Mis manos cruzadas se separan del pecho desnudo del paciente, no más que unos centímetros por si es necesario volver a sujetar los restos deshilachados.

Sí, aguanta. Un sutil pulso es signo de que la mezcla de sangre y suero vuelve a circular espontáneamente, pero no hay tiempo para celebraciones. Hay que detener los sueros, puesto que su exceso provocaría una sangre todavía más diluida y a mayor presión, lo que desprendería el precario taponamiento que el paciente ha conseguido en su inalcanzable herida. Eva y Carol examinan y aplican  el tratamiento al paciente mientra Jack y yo preparamos el complejo traslado hacia el hospital: tubos, sistemas de suero, respirador, botellas de oxígeno, monitor cardíaco… todo empapado de sangre, a través de varios pisos de escaleras y siempre listos para retomar las maniobras de reanimación. Afortunadamente no es necesario y llegamos al hospital, donde cirujanos y otros especialistas nos esperan para seguir luchando.

En realidad, esto es sólo es el comienzo. Por desgracia, unas cuantas maniobras de reanimación no van a salvar la vida de nuestro paciente. En el mejor de los casos necesitará meses de recuperación, y pese a ello probablemente nunca recupere la calidad de vida del día anterior a nuestra asistencia. Salvar la vida de ese paciente tan sólo estuvo hace varios meses o años en sus manos, cuando la ayuda de su familia y de su equipo de Atención Primaria hubiera sido crucial. Pero este tiempo pasó, y por ello le hemos atendido nosotros. Porque tan sólo tratamos de mantener ese enlace con la vida, para que todo continúe.

Todo el equipo somos conscientes de esto, por lo que la sensación final es más amarga de lo esperado. Las certezas son escasas. Hoy, quizá la única sea que comeremos muy tarde, porque previamente hay que limpiar o reponer gran cantidad de material. Al menos sabemos que a ninguno nos supone un problema, y eso siempre reconforta.