Con todas letras summa 112 huelga Abril-Mayo 2015

Con todas letras summa 112 huelga Abril-Mayo 2015

Programa de Radio Vallecas: Con todas las letras. Entrevista a Chema y Rosa, dos representantes del SUMMA 112 tras la huelga que ha llevado a cabo el colectivo desde el día 27 de abril hasta el 3 de mayo. Aquí tenéis el video de la concentración del día 5 que se menciona en la entrevista.

Video Huelga Summa 112 Abril-Mayo 2015

Video Huelga Summa 112 Abril-Mayo 2015

Vídeo realizado por la Asamblea de Trabajadores del Summa 112 de cara a la Huelga del Servicio de Urgencias Extrahospitalarias de la Comunidad de Madrid, SUMMA 112 ante el continuo deterioro de las condiciones laborales y la pasividad de los sindicatos con excepción de CGT y FS-TES (que a partir de ahora serán CSIF-UP).

Concentración del Summa 112 el pasado 05-05-2015

Concentración del Summa 112 el pasado 05-05-2015

https://www.youtube.com/watch?v=3D8UNb0S0CI

Imágenes de la Concentración de ayer (05-05-2015) frente al Reina Sofía con el lema «Nuestra lucha es tu salud» ante el continuo deterioro de las condiciones laborales y la pasividad de los sindicatos con excepción de CGT y FS-TES (que a partir de ahora serán CSIF-UP).

Saludo a Summarios.com desde el Annapurna

https://www.youtube.com/watch?v=wz7Z2n0nw00

Con este Saludo a Summarios.com desde el Annapurna de nuestro Embajador Summario Fran al que todos conocéis, inauguramos la seccion #YoTambienSoySummario usando un hashtag de los que tanto le gustan. Animaros y mandadnos el vuestro y los vamos subiendo.

Justicia

JusticiaUn simpático hormigueo juguetea con mi muslo derecho al tiempo que la realidad me envuelve con suavidad. Los párpados se separan poco a poco, y a su través aprecio un gris polígono industrial que cruza fugaz la ventanilla del autobús. Espero que estos minutos de sueño imprevisto me ayuden a espabilarme en las horas de clase que me esperan. El leve temblor cesa por unos momentos, pero se reanuda tenazmente pocos segundos después… qué gracioso, pienso mientras mi mente se deshace de la pereza, atravesando lentamente la tierra de nadie camino de la vigilia.

La interminable sucesión de cifras en la pantalla del vibrante teléfono móvil me hace sospechar que se trata de una centralita, es decir, del trabajo. Tras un ¿Sí? un tanto desganado -pues no recuerdo una llamada con buenas noticias por su parte- me informan de que he sido citado como testigo a un juicio por un homicidio en el que intervinimos meses atrás. Vaya, en apariencia las heridas resultaron mortales y no supero la operación. También está convocado el segundo técnico de la dotación… ¿Recuerdas quién era? inquiere mi interlocutora. Francamente, no; su rotación es diferente y frecuentemente son eventuales; consulta cualquiera de los registros: el de recursos humanos, el de la central o el del vehículo, respondo. Ya… es que se han perdido. ¿Los tres? Recuérdame que nunca os deje nada para que lo vigiléis.

*  *  *  *  *

Una semana después, Eva, Carol y yo ascendemos la escaleras de los juzgados con cierta pesadez, pues todos estamos empleando nuestra mañana libre en una asunto laboral no reconocido como tal. Por si fuera poco, todavía conservo el amargo recuerdo de la incertidumbre previa a mi último paso por estas dependencias. En el interior del edificio encontramos al equipo del V.I.R. que también atendió el aviso charlando animadamente con el Director, al que confesamos algo avergonzados que ninguno identificábamos su presencia en aquella intervención. Caminando desde el fondo del pasillo, una pareja de agentes que custodia a una joven de gesto orgulloso y muñecas engrilletadas cruza frente a nosotros y la introduce en la sala. Algo me resulta familiar en el rostro de la detenida… cruzo una mirada con los compañeros, confirmando que comparten la impresión. De súbito, la voz de Carol resuelve el enigma con una contenida exclamación: ¡Es ella!

Aquella joven que lloraba y se lamentaba a voz en grito al ver a su pareja perdiendo la vida a chorros había disparado un arma de fuego contra él pocos minutos antes. No deben existir dudas al respecto pues, como poco después descubrimos, la defensa trata de rebajar la pena alegando que la causa de la muerte fue la inacción de los policías que intervinieron en primer lugar y no los disparos efectuados; desde nuestro inexperto punto de vista, lo inverosímil de la argumentación la sitúa decididamente como culpable.

Aprovechamos la espera durante la vista oral para ponernos mutuamente al día, pero dado que apenas hace un par de jornadas que hemos compartido un turno de trabajo, las novedades se agotan; pasamos a comentar la extraña impronta del suceso que ahora se
juzga, en el que trabajamos con la homicida tan cerca de la víctima como de nosotros. Transcurridas un par de horas, la voz de un funcionario desde la puerta enuncia el nombre completo de Eva, la médico. Una vez finalizada su intervención diez minutos después, los integrantes del resto del equipo accedemos individualmente a la sala, en la que enmarcado por un silencio solemne cada trabajador relata lo que aconteció según su recuerdo. Realmente nuestro sucinto testimonio no aporta demasiada información desconocida, lo que acrecienta la impresión de haber invertido las horas en vano.

Carol es la última en ser requerida, pero todos aguardamos en el pasillo a que complete su declaración cual familia bien avenida. Apenas un minuto después de su entrada, la puerta que da acceso a la sala se abre: nuestras miradas de sorpresa, dada la aparente brevedad de su exposición, encuentran en ella un gesto de profundo desaire que no trata de disimular ¿Tan pronto? ¿Qué ha pasado? inquirimos con curiosidad: ¡Toda la mañana perdida para esto! Al entrar, me han dicho que no tenían preguntas que hacerme y que me podía marchar; me ha faltado un pelo para exclamar ante el auditorio “yo sé lo que ocurrió de verdad, y no es lo que ustedes creen”, y salir inmediatamente de la sala dando un portazo. Nuestras carcajadas inundan el corredor, pues conocemos bien el carácter resuelto de Carol: realmente ha estado cerca de armar el escándalo del día en ante el tribunal. Quizá, considerando el carácter familiar de la mañana, no debamos darla completamente por perdida.


Expectativas

ExpectativasPor primera vez en toda la tarde soy consciente de mis párpados al pestañear. Busco con la mirada la brillante bolsa que contiene frutos secos y, tras encontrar en su lugar un cuenco rebosante de cáscaras, la localizo vacía en la papelera. En cuanto se muestra en la pantalla el conocido rótulo de  “To be continued…”, aprovecho el receso para formular mi propuesta a Jesús: Podíamos bajar a reabastecernos, y de paso estirar las piernas. La moción es aceptada, por lo que extraigo con dificultad la espalda del puf, que ya había adoptado mi forma, y creamos un hueco sobre la mesa para recibir los aperitivos que nos acompañaran en la segunda parte de la sesión vespertina de series.

Los rayos del sol golpean en nuestros rostros al abandonar su portal, forzándonos a entrecerrar los ojos. Adoro estas tardes de Sábado libres tan relajadas -medito relajadamente- son mi interpretación personal de “la felicidad en las pequeñas cosas”. Desde el exterior del comercio podemos apreciar como el tendero prepara el surtido habitual tras advertir nuestra inminente llegada. A punto de acceder, llama nuestra atención un reducido grupo de gente en la acera, a la altura de la cafetería tres locales más allá; en su centro distinguimos sin mucho esfuerzo una persona tumbada. Al instante un impulso eléctrico sacude mi espalda: a trabajar.

Soy técnico de urgencias, informo al grupo mientras me ajusto los guantes que siempre me acompañan ¿Saben qué ha ocurrido? Es mi hija -relata una mujer que no alcanza los sesenta años- salíamos de tomar un café, se ha desmayado y ha movido bruscamente brazos y piernas. ¿Ha sufrido algún golpe? ¿Padece alguna enfermedad? Inquiero al tiempo que me arrodillo para comprobar que reacciona levemente al dolor, no así a mi voz. La respuesta es negativa a ambas preguntas.

Tras asegurarme de que el 112 está al tanto la situación, evalúo más detenidamente a la paciente, según su madre llamada Irene y de treinta años de edad, y la coloco de lado. Según su estado y lo ocurrido podría tratarse de una primera crisis de epilepsia, pero algo no acaba de encajar. Aprovechando que los auriculares que complementan al móvil hacen las veces de manos libres, contacto con la central de emergencias y me identifico para hablar con el operador especialista del servicio competente, SAMUR-PC: responde únicamente al dolor -le informo- y su estado neurológico no mejora. Tengo una básica de camino y una UVI un poco más lejos ¿Qué necesitas? La avanzada seguro, respondo agradecido por la confianza prestada.

En ese momento Irene parece estremecerse y comienza a experimentar arcadas. Su bajo nivel de consciencia deja desprotegidas las vías respiratorias, corriendo el riesgo de aspirar el contenido del estómago (lo que podría provocar una infección de los pulmones) o, en el peor de los casos, obstruir el paso del aire. Fuerzo un poco más la posición lateral y, usando mis dedos envueltos en su propia bufanda, trato de despejar el interior de la boca velozmente, ya que si los potentes músculos de la mandíbula sufren el reflejo de contraerse puedo quedarme atrapado. No puedo evitar pensar que la falta de mejoría durante este tiempo termina de inclinar la balanza hacia la sospecha de gravedad.

La llegada de un furgón decorado con vivos colores y rodeado de luces intermitentes me infunde cierto alivio. De él descienden dos trabajadores vestidos de amarillo que se acercan al grupo y ante mi explicación de la situación me responden con un colaborativo: ¿Qué necesitas? Había asumido que ellos se harían cargo directamente, pero no hay tiempo para dudar: aspirador de secreciones con sonda gruesa, pulsioxímetro, cánula orofaríngea, oxígeno, tensiómetro y glucómetro, si tenéis. Al tiempo que uno de los técnicos dispone el material, su compañero y yo realizamos las primeras técnicas, como un equipo recién ensamblado pero bien engrasado. Tras escasos segundos, un segundo furgón coloreado de forma similar al primero se detiene tras éste: la UVI-móvil ya está aquí.

El médico de la unidad escucha atentamente mi informe al tiempo que encomienda tareas a su equipo, que le asiste en la introducción de un tubo que aísla las vías respiratorias de Irene. La inquietud de la madre de ésta, hasta el momento a duras penas contenida, se desborda. ¿Puedes atenderla un momento? propone la enfermera. Inspiro y trago saliva; no va a ser sencillo. ¿Cómo está? ¿Se va a recuperar? Soy incapaz de satisfacer sus demandas de información mientras introducen a su hija en la ambulancia. Todo lo que puedo hacer es garantizar una atención óptima, tanto en este momento como en las horas venideras: ya la están atendiendo, ahora la llevarán al hospital, donde la harán más pruebas y se determinará un plan de tratamiento. Evidentemente, para ella no es suficiente. Pocos minutos después, la UVI móvil abandona el lugar con el equipo sanitario atendiendo a Irene en su interior, mientras que en su destino varios especialistas preparan su recepción

En el lugar, la realidad parece querer recuperar su ritmo súbitamente una vez que la acera se ha despejado. Jesús y yo encontramos nuestra selección de frutos secos sobre el mostrador tras cruzar el umbral del local. Ya en el parque, sentados en el banco de siempre y con el chasquido periódico de las pipas como ruido de fondo, él mantiene la mirada al frente mientras comenta: ha sido curioso, he girado la cabeza para preguntarte si habías visto la situación y, en ese mismo instante, ya estabas dentro de ella. No tardo en descubrir que mi media sonrisa a modo de respuesta, acompañada de una nube de denso humo exhalada, resulta muy poco convincente.

Ya de vuelta a casa no consigo desprenderme de cierta sensación amarga, por lo que decido comprobar si Fortuna desea que conozca el desenlace: la voz de Casas suena, como siempre, afable al otro lado del teléfono. ¿No habrá llevado SAMUR a tu hospital una chica con deterioro neurológico? Sí, además casualmente la he llevado yo el poco tiempo que ha estado en la urgencia. ¿Dónde ha ido después? Los neurocirujanos la han subido a quirófano nada más ver el escáner ¿La conoces? En realidad no, sólo la he atendido hasta que han llegado los compañeros, me pareció que tenía mala pinta; me encantaría haberme equivocado, concluyo.


La huida

Accidente múltiple sin heridosEl autobús que me traslada de vuelta desde la Universidad parece un buen lugar para enviar los mensajes de texto que preparen la noche. Es Viernes, y la libranza de dos días de que hoy comienza me permite disfrutar de unas animadas cervezas que resultan, tan sólo, los preliminares; cuando nuestro camarero de cabecera nos anuncia el momento del cierre decidimos dirigirnos a uno de nuestros templos.

Allí, la música independiente estimula la generosa vida social, catalizada por los combinados espirituosos. Mientras los haces de luz coloreada se entrecruzan siguiendo ritmos electrónicos, concluyo que aunque haya decidido vincular inexorablemente mi camino a la asistencia sanitaria, necesito estos momentos de confidencias, bromas, miradas, presentaciones, intercambios e ingeniosas promesas. El tiempo transcurre de forma sorprendentemente fugaz al disfrutar y, finalmente, nuestras pupilas se contraen por la acción de los deslumbrantes focos que, junto con el último tema del DJ, provocan que consensuemos una retirada.

Jesús, como es habitual, es el piloto del retorno; aún siendo alguien totalmente extraño a mi mundillo laboral, es referencia frecuente frente a mis dudas existenciales de cualquier índole. Circulamos por la principal arteria de la capital cuando un descubrimiento interrumpe súbitamente el emotivo análisis de la velada: varios coches acaban de colisionar frente a nosotros. Para aquí detrás, le indico a Jesús al tiempo que él enciende el indicador de emergencia.

Todavía en el coche me contorsiono para colocarme el estridente chaleco reflectante, mientras reflexiono: me veo capaz de manejar la situación, pero ¿Mi confianza puede provenir del alcohol? Me pondría en riesgo a mí mismo, o lo que es peor, a alguien ajeno. Decido probarme recordando los esquemas generales de actuación en accidentes de tráfico y de reanimación básica, y ambos acuden ordenadamente a mi pensamiento. Suficiente, vamos allá.

Los vehículos se encuentran inmovilizados en el centro de la calzada, pero no parece haber ningún atrapado en su interior. La respuesta afirmativa a mi pregunta de si todos se encuentran bien me tranquiliza, por lo que paso a comprobar que los frenos de estacionamiento aseguran los coches y que el contacto de todos ha sido desconectado. Aviso telefónicamente al 1·1·2 para confirmar la ausencia de heridos y reclamar la presencia de la Policía Municipal.

Ahora el principal problema es la rápida circulación a ambos lados, apenas separada unos centímetros de los accidentados. Es necesario protegernos. Tras ordenar que todos se vistan con los chalecos reflectantes, coloco uno de sus triángulos en uno de los sentidos y pido a uno de los conductores que haga lo propio en el contrario.

¿Qué mas? Si la situación se mantiene, quizás sea lo mejor reagrupar a todos los afectados para dirigirnos a un paso cercano y cruzar a la acera cuando sea posible… Parece que no será necesario, ya que mi trabajo ha terminado pues vislumbro con alivio los azules destellos de una patrulla de Policía Municipal. Mientras ésta se dirige hacia nuestra posición a gran velocidad, repentinamente me imagino dando explicaciones de qué hago ahí a los agentes, que indudablemente captan mi aliento etílico…

¡Nos vamos! le digo a Jesús, que se incorpora con agilidad a la circulación mientras cierro bruscamente la puerta. Al rebasar el accidente, alguno de los presentes me dirige la mirada con extrañeza, y lamento no estar en disposición de proporcionar explicaciones. Por un momento considero la posibilidad de que el vehículo policial nos considere parte implicada y decida emprender una persecución en lo que sin duda sería una gran historia, pero afortunadamente se detienen tras el accidente para señalizarlo.

Te hice una foto con el móvil cuando ibas a colocar el triángulo, aunque no se ve gran cosa. Genial, luego me la enseñas.


Todo encaja

El veloz desplazamiento del paisaje a través de las ventanas del tren me hipnotiza. He descubierto que desde el fin de las clases hace apenas tres semanas desconecto del entorno con excesiva facilidad. La reunión de la cooperativa inmobiliaria ha transcurrido dentro de lo previsible -lo que resulta positivo dada la situación- pero tampoco ha conseguido despegar de mi esa sensación insípida.

No es el destello del sol al emerger en Plaza de España el que me devuelve a la realidad, sino el de una patrulla de Policía Nacional que se detiene al otro lado de la calle Princesa. Allí se aprecia un pequeño tumulto que no se genera con una ganga, con un titiritero, ni siquiera con una pelea; de alguna forma, me resulta familiar, más aún cuando aprecio a una persona tendida en su centro.

Cuando ofrezco mi ayuda como trabajador del servicio al agente que no está reclamando las asistencias, la acepta de buen grado y despeja el entorno inmediato de mi nuevo paciente -vaya, quizá el par de guantes con el que siempre viajo y un poco de confianza surten efecto de inmediato – deduzco. Tras la preceptiva presentación, Juan relata, no sin dificultad, que se tropezó y cayó, que toma anticoagulantes y que le duele la pierna, pero no el pecho y no le cuesta respirar. Le explico que trabajo en urgencias y que me quedaré con él hasta que lleguen mis compañeros.

Al tiempo que trato de descartar otros signos de gravedad, se despide de mi una enfermera que ahora puede continuar camino de su trabajo, con la que me excuso por no haberla considerado puesto que no sabía que alguien ya se encontrara atendiendo a Juan. Al tiempo que mantengo la presión sobre la herida de su pómulo, descubro que la bandolera que yo llevaba y había dejado a un lado ha desaparecido; es imposible que alguien se aproveche de esta situación de esa forma, y menos delante de un par de policías nacionales, razono para mis adentros. No tardo en respirar tranquilo: la ha cogido una mujer aparentemente muy afectada, que sospecho que era la cuidadora de Juan porque ha cogido también las muletas que le ayudaban a caminar.

Ciertamente no es de mucha más ayuda porque no maneja el castellano y porque se encuentra realmente alterada, quizá por el temor a que alguien la responsabilice de la caída de Juan, por lo que decido continuar realizando la evaluación básica de su estado neurológico mientras hablo con él. Pone de su parte, pero su estado habitual y la impresión por la caída no permiten llegar a nada concluyente.

Afortunadamente transcurren apenas un par de minutos hasta que aprecio al otro lado de la plaza un sonido y unos destellos característicos: una vez la ambulancia llega al lugar, los voluntarios de SAMUR-PC descienden de la misma y aprovecho para transmitirles la información que he podido recoger y ofrecerles mi ayuda si es necesaria; de acuerdo con lo que presuponía no lo era, por lo que me despido de Juan, su cuidadora y los agentes y tomo el autobús que se encontraba esperando la hora de su salida en la cabecera de la línea.

Allí sentado, con la vista perdida a través de la ventana, le doy un par de vueltas a lo ocurrido: no he salvado ninguna vida, ni siquiera he provocado una mejora significativa en la situación. Pero creo haber distinguido en Juan un gesto de confianza cuando estábamos hablando… y, súbitamente, sonrío. Sonrío porque descubro una vez más qué es lo que sé hacer, qué es lo que me proporciona la mayor de las satisfacciones y qué es a lo que deseo dedicar mi vida.

Mientras el autobús comienza su ruta, aprecio la ambulancia partiendo hacia el hospital… y, de alguna forma, yo también inicio de nuevo el movimiento, ahora que he recuperado la senda que había perdido y que me permite continuar el viaje.