buscamos voluntarios para Cruz Roja Archena

Hola, mi nombre es Francisco y soy responsable de Socorros y emergencias de la Asamblea de Cruz Roja Archena. La nueva ley sobre conductores nos ha pillado de lleno y necesitamos conductores/as habilitados o con título TES para cubrir servicios preventivos. Aquí dejó mi correo para quienes puedan estar interesados. Un saludo
sos-archenaarrobacruzroja.es

Participacion de Personal Civil en tareas de Busqueda y Rastreo

Tenia este hilo pendiente desde hace un tiempo, y lo he retomado por lo interesante del mismo.

Aunque parezca un tema sencillo y sin importancia, este tipo de colaboracion tiene un nivel de complejidad bastante elevado por diversas razones que tratare de explicar a continuación.

A raiz de un par se sucesos que han acontecido en las ultimos meses, y en la que en uno de ellos me vi indirectamente involucrado, me decidi a escribir sobre el tema a fin de tratar de dar algo de luz al respecto.

En este tipo de situaciones se plantean distintos problemas relacionados directamente con el personal interviniente, ya sea voluntario o pertenezca a Organismos Oficiales, a saber.

Logistica, en lo que concierne al Avituallamiento (alimentacion), el Transporte (movilización y transporte), Alojamiento (para aquellos casos de varios dias y personal desplazado desde otras zonas), Equipacion (indumentaria adecudada de trabajo), Cobertura Sanitaria y Juridica (en lo concerniente en caso de accidente).

Es decir, esta muy bien acudir a ayudar en un siniestro (y esto pasa en las los casos de desastres naturales a nivel internacional), pero no es lo mismo llegar y decir…

“Hola somos 300 personas, venimos a ayudar, pero necesitamos: Alojamiento, Comida, Equipo y un Seguro que nos cubra en caso de accidente”

Lo cual supone un problema para las Autoridades competentes encargadas.

Que llegar y decir…

“Hola somos 50 personas, venimos a ayudar, tenemos equipacion y experiencia adecudada para movernos por la montaña, y ademas estamos Federados y/o tenemos un Seguro que nos cubre en caso de accidente”

Al final del articulo veran por que menciono esto.

Voy a basarme en tres sucesos de alcance, el primero es la desaparición de un ultraligero con dos ocupantes en Gerona el pasado domingo 22 de Diciembre de 2.013, el segundo la desaparicion de un deportista en pasado Miercoles 1 de Enero de 2.014 en el Parque Nacional del Teide, y el tercero y mas conocido fue el desastre del Petrolero “Prestige” que se hundio frente a las Costas de Galicia el 13 de Diciembre de 2.002.

Antes de empezar quiero hacer mencion del articulo de nuestro compañero Juan Luis en su Blog, que tambien trata sobre el tema y que recomiendo su lectura.

Enlace Blog Emergencias112 – “Voluntariado anárquico no, gracias.”

Continua…

Certificados de Profesionalidad

Buenas tardes. En Extremadura, cuando salió la publicación de presentación de documentación para poder optar al Certificado de Profesionalidad Transp.Sanitario, lo hice en tiempo y forma,lo tenía todo lo que solicitaban, cuando salen las listas, me rechazan por no tener en ese momento contrato con alguna empresa de Transp.Sanitario. ¿Creeís eso correcto? Yo tengo toda mi formación y lo único que quiero es que me la den un valor oficial, ya que aparte de cerca de 1000 horas de formación, 300 horas de prácticas y un montón de euros invertidos, ahora no me valen para nada.
¿Alguien sabe si existen centros privados para la obtención de este tipo de Certificado de Profesionalidad?
Gracias a todos.
ERM.

Grupo de salvamento acuático cruz roja

Buenas a todos, soy nuevo en el foro y soy voluntario de cruz roja.
Llevo muy poco tiempo de voluntario de cruz roja, aunque antes e pertenecido a protección civil.
Soy técnico socorrista acuático y me gusta mucho el mundo del salvamento acuático y de la emergencia, estoy pensando en proponer a mi asamblea de cruz roja la idea de formar algún grupo de salvamento acuático ya que existen diferentes o podrían existir diferentes actuaciones que necesitaran de ese grupo.
Alguien me podría decir que requisitos hay que tener o que hay que hacer para montar un grupo de ese calibre.
Muchas gracias y espero que contesten mucha gente.
Un saludo.

Voluntario en preventivos

Hola a todos, ¿Teniendo mi certificado de Técnico, emitido por Aula de Formación Extrahospitalaria, mi acreditación de SVB y utilización de DESA, emitido en la Comunidad Extremeña, puedo.-uh-. hacer de forma voluntaria preventivos en eventos? En caso de no poderlos hacer, ¿ A que puedo enfrentarme? ¿Ralizaría algo que no me corresponde? Os agradezco vuestros comentarios sugerencias, ya que no quisiera estar haciendo algo que no debo.

Traslado de heridos en vehículos normales de pc

Hola compañeros,

Quería abrir este post a raíz de un debate que nos ha surgido en nuestra Agrupación de Voluntarios. Formulo la siguiente pregunta:

¿Podemos trasladar heridos al hospital en un vehículo normal de Protección Civil?

Mi opinión es, que todo lo que sea sentados, con cinturón puesto y correctamente inmovilizado, se puede trasladar. Ahora bien, tumbados en los asientos traseros o cualquier otra cosa, entiendo que no.

¿Cómo lo haceis vosotros? ¿Alguna normativa al respecto? Gracias.

Fiesta

Fuegos artificialesUna explosión cubre el oscuro cielo con tonos anaranjados. La segunda, más fuerte, emplea un celeste que recuerda al mar. Otra más, otra… Miles de espectadores rodean la carpa de asistencia sanitaria que las dos decenas de voluntarios allí reunidos hemos desplegado un par de horas antes, en caso de que la protección brindada por la patrona de la acogedora población serrana no sea suficiente. Para nosotros, servicios preventivos como este suponen la oportunidad de saludar y bromear con los compañeros que vemos cada mucho tiempo, dado que las guardias habituales son de apenas tres o cuatro personas. Una sobrecogedora detonación cierra el espectáculo pirotécnico, dando paso a la ronda de aplausos y marcando el comienzo de la recogida del dispositivo. Es difícil hacerme el loco cuando el coordinador solicita un conductor para devolver a la central la ambulancia de préstamo: soy de los pocos que se mueve en transporte público y vive en la capital. De súbito, la agradable brisa del fin del verano trae a mi mente una idea. ¿Guardia esta noche? Antes de alcanzar la decena de propuestas, ya he conseguido reclutar un colaborador de otra base y otros dos compañeros recientemente incorporados, ansiosos de experiencia. Pronto iban a comprobar que el mito de que las ambulancias de refuerzo son más movidas tiene parte de verdad. Antes de nada he de hacer acto de presencia en un chalet cercano, donde se celebra una concurrida reunión familiar. Según lo esperado, me recibe una cascada de chascarrillos acerca de la veracidad de mi excusa, pero apenas he terminado la ronda de saludos cuando un tono de sirena destaca sobre el bullicio. Es la señal, me tengo que marchar, explico. No puedo evitar una media sonrisa al tiempo que acelero al paso camino del vehículo. ¿Qué tenemos? inquiero al tiempo que hago aumentar el rumor del motor, acompañado por el zumbido de la barra de luces rotativas. Es un accidente de tráfico, no hay más datos. La incertidumbre es siempre la norma en los momentos previos, pero en los “tráficos” aún más. En el lugar del accidente quizá un par de conductores rellenen un parte amistoso, pero también es posible que una familia agote su energía enjaulados en los restos de su propio vehículo. Tardaremos lo menos posible en averiguarlo, digo para mis adentros al tiempo que cruzo las rotondas de salida de la localidad retirando el pie del acelerador sólo lo imprescindible. La combinación de las ráfagas de luz con las anaranjadas luces giratorias genera un baile fugaz en los árboles que rodean la amplia carretera. Circulamos prácticamente en solitario, y prescindir de la sirena resalta el agudo silbido del turbocompresor al extraer cada caballo del gasóleo. Conocer al dedillo la respuesta en cada curva permite acercar la velocidad a los límites de la física, pero teniendo siempre presente riesgos ajenos como un conductor ebrio o un animal suelto; no podemos permitirnos no llegar. Pocos kilómetros más adelante, una nube de destellos multicolor anuncia la presencia de otros servicios en el accidente. A un lado de la carretera, un guardia civil conduce hacia su furgón a cuatro engalanados veinteañeros que tratan de explicarle lo sucedido. El rugido de los compresores dirige mi mirada hacia el pesado camión de salvamento, pero sin localizar el supuesto coche accidentado. Rodeando el ruidoso vehículo, descubro que la luz arrojada por los focos de su mástil baña la vegetación que cubre la rotonda, creando una suerte de improvisado escenario teatral. En su centro, un equipo de bomberos se arremolina al lado de un destrozado utilitario que ahora descansa sobre su techo. Tras repartirnos aprendices y tareas, el responsable del mi equipo se dirige al coche mientras yo me encargo de recibir la información del agente. Cuatro leves -retransmito al reencontrarnos instantes después- ¿Y allí? Sólo bomberos con una reanimación, relata con sorprendente calma, transmitiendo la sensación de que poco queda por hacer. ¡Cambiamos! exclamo camino de nuestra unidad, voy yo al coche. Es cierto que la formación en emergencias sanitarias de los bomberos ha avanzado enormemente durante los últimos años. Lo sé porque a veces somos nosotros los encargados de impartirla, tanto en su preparación a la oposición como durante la academia. No obstante, estoy seguro de que este paciente se puede beneficiar de los medios y la experiencia de un equipo sanitario. Central, cinco pacientes, cuatro leves y uno crítico en reanimación; necesitamos otra ambulancia y una UVI-móvil. El micrófono de la emisora cae sobre el salpicadero mientras apresuradamente hago acopio del material. Al tiempo que animo a los bomberos a no detenerse, coloco un collarín a un cuerpo inerte que difícilmente aparenta alcanzar la veintena. Informan de que apenas unos minutos atrás lo encontraron fuera del coche y comenzaron las maniobras. Acaba de vomitar, eso es bueno ¿verdad? inquiere uno de ellos demandando algo de esperanza. Mi respuesta le devuelve a la dura realidad: depende… si no hay otros signos de vida es probable que el aire no esté entrando a los pulmones, desviándose hacia el estómago y llenandolo hasta que éste expulsa bruscamente su contenido. Empecemos por ahí: el motor del sistema de aspiración se esfuerza en hacerse con el líquido difícilmente identificable que rebosa por su garganta, mientras continúa el masaje cardíaco. Muy difícil, pienso en voz alta. Segundos después, recolocamos la cánula que facilita el paso del oxígeno e intentamos de nuevo introducirlo en sus pulmones, manteniendo una presión en su nuez que cierra el paso desde el estómago; parece que el balón de resucitación se deja comprimir con algo más de facilidad. Pasados un par de minutos, una rápida ojeada al indicador me confirma que la sangre que impulsamos transporta algo de oxígeno. ¿Donde andará esa UVI? ¡Y treinta! Tras el aviso del fin de la serie de compresiones torácicas, sello con la mano izquierda la mascarilla sobre el rostro y aprieto con la derecha el balón de goma. El pecho se eleva, pero el músculo cardíaco no muestra el menor signo de actividad. Durante la segunda insuflación levanto la mirada hacia los destellantes ámbar de un pequeño vehiculo que se dirige a toda velocidad hacia nuestra posición. Cuando lo reconozco como uno de los coches de atención domiciliaria, desciende apresuradamente de él un equipo de tres personas, pues además del médico y técnico habituales acuden a avisos graves con enfermero y material avanzado prestados del centro de urgencias. El azar querría que pasado un tiempo lo conociera de primera mano al estar asignado durante más de dos años en aquella misma unidad. ¿Un ocho? El médico asiente. Mientras preparo un tubo de aquel tamaño con el que intentará aislar las vías respiratorias del joven, él se tumba sobre la hierba seca para poder observar su maniobra. Parece complicado, advierto mientras me cubro los ojos con las gafas de protección ante salpicaduras, recordando todo lo que se encontraba en la garganta del paciente minutos antes. Al introducir el instrumento metálico, un súbito espasmo impregna nuestros rostros con un incómodo moteado rojizo, y el equipo médico parece preguntarse si aquella demostración de riesgos laborales estaba ensayada antes de volver a intentar la técnica, ya con el rostro protegido. Tras un fallido tercer intento reconocen la enorme dificultad de la maniobra en aquellas circunstancias, por lo que la eterna espera a la UVI-móvil continúa. Al menos el enfermero ha conseguido canalizar dos estrechos accesos venosos, pero eso no hará que nuestro paciente se recupere. Tras un interminable cuarto de hora, el esperado equipo hace acto de presencia. Disculpad el retraso -son las primeras palabras del doctor que lo lidera- venimos del Real. Al menos hay tres unidades mucho más cerca, no puedo evitar pensar, debe ser una noche realmente dura para que estén todas ocupadas. Pese a contar con otras alternativas menos complejas de ejecutar, el segundo médico decide repetir la maniobra. Afortunadamente para él y para nuestro paciente, en esta ocasión el extremo del tubo alcanza su destino, llenando los pulmones con el ansiado oxígeno. Bip. Bip. Todas las miradas del equipo convergen en la línea de luz trazada por el monitor, que comienza a registrar actividad eléctrica en el hasta entonces inmóvil corazón; dos dedos sobre el cuello y el médico confirma la buena noticia: tiene pulso. El equipo de bomberos no puede reprimir el júbilo tras el resultado del intenso esfuerzo, pero los rostros de todos los sanitarios reflejan que hemos presenciado demasiadas situaciones similares con final amargo como para contagiarnos. Al introducir la camilla con el paciente crítico en la UVI, escucho tras de mí una voz familiar: Estamos aquí ¿Cómo lo organizamos? La ambulancia titular de nuestra base acaba de llegar, por lo que sólo resta iniciar el camino hacia el hospital. Ya al volante, uno de los dos pacientes -dos leves más viajan en la otra ambulancia- se dirige a mi a través del ventanuco: ¡Con cuidado, eh! Que ya hemos tenido el susto de hoy… Una sonora carcajada resuena en la cabina asistencial como producto a su brillante ocurrencia. Inspirando profundamente, contemplo la sangre de su amigo que todavía mancha parte de mi uniforme y piso suavemente el acelerador alegrándome de no estar al otro lado del tabique, donde el jolgorio continúa. En la clasificación de pacientes del hospital, la doctora se sobresalta ante la fila de heridos que traemos ¿Han derivado a los cuatro aquí? Bueno, son leves y el hospital de al lado está con la parada recuperada, explicamos. Ella asiente al mismo tiempo que pulsa el timbre de emergencias. Son de un accidente fuerte -se justifica mientras entramos en la sala de reanimación- hay que asegurarse rápidamente de que ninguno tiene nada grave. Un trío de médicos y otras tantas enfermeras abandonan al punto sus tareas en la sala aneja y cruzan el pasillo que nos separa. El destello en la mirada de una de ellas confirma que agradece sorprendida mi presencia: no te alegres mucho, susurro cuando pasa por mi lado. Instantes después, todos los profesionales se afanan en la primera valoración a los heridos, por lo que un breve roce de manos y una casi inaudible despedida harán las veces del contacto acostumbrado. Con el singular grupo ya en buenas manos, tomamos el camino de la base cuando un temblor desde el bolsillo me sobresalta. Al otro lado del aparato, una voz femenina exclama: ¡Se han escapado! Es judicial, tendremos que reportar la fuga al jefe de guardia y a la Policía. Resoplo. Vamos a dar una vuelta -respondo tratando de resultar constructivo- pero aunque les encontráramos no creo que pudiéramos hacer que volvieran. ¡Mierda! Tampoco podíais evitarlo, mañana me cuentas más. Las desiertas aceras que rodean el hospital no muestran rastro de los chavales, que probablemente han continuado su noche de particular juerga. Antes de acceder a la autovía detenemos las dos ambulancias en las urgencias del otro gran hospital. Allí, un equipo de UVI móvil recoge con pesadumbre. No ha podido ser. Es la respuesta a nuestra pregunta: el corazón del chaval se detuvo durante la transferencia y, a diferencia de lo que ocurrió en la escena y durante el camino, en aquella ocasión no volvió a latir ni siquiera con la ayuda de los medios hospitalarios. Esa noche, las nuevas incorporaciones aprenden que en ocasiones todo no es suficiente. Que las situaciones no siempre tienen sentido. Y que, aunque el aviso flote en el ambiente durante el silencioso trayecto de vuelta, no podemos olvidarnos de cambiar las botellas de oxígeno vacías. Porque nunca se sabe lo que nos espera.

Visión en túnel

EfectoTunelEspero que esta mañana tengamos muchos avisos. Le entiendo perfectamente, cuando completé el período de aprendizaje y comencé a conducir ambulancias yo también deseaba ponerme al volante una y otra vez para experimentar esas sensaciones tan características y practicar lo aprendido. No acaba de transcurrir la primera hora de guardia cuando surge una aviso que satisface a la perfección sus expectativas: tanto el trayecto desde la base hasta el lugar como desde allí hasta el hospital son aparentemente sencillos. Inmediatamente, el flamante conductor, otro compañero y yo salimos hacia el lugar con las luces de prioridad activadas.

El rugido del motor se torna más y más agudo, puesto que los cambios de marcha se producen a muchas revoluciones, cuando la electrónica interrumpe la inyección de gasóleo. Asumo mi papel de conductor-tutor: durante los primeros minutos el motor todavía está frío, por lo que conviene circular en marchas más largas para no forzarlo. Su respuesta, un lacónico “ya, ya” no llega a confirmarme que lo haya procesado. La pendiente de la autovía parece empujar con fuerza el vehículo, y la aguja del velocímetro comienza a entrar en una región peligrosa. No es necesario ir tan rápido -explico- el aviso no parece grave, y aunque lo fuera necesitamos garantizar que llegaremos. “Ya, ya”. La sensación de velocidad se acentúa al rebasar a un camión que circula por el carril derecho de la autovía. ¡Blam! De súbito, una enorme mano invisible parece sacudir lateralmente el furgón.

¿Qué pasa? Mi pregunta sólo recibe como respuesta el rostro aterrorizado del compañero que conduce y el chirrido continuo de los neumáticos. Ahora la posición del vehículo es oblicua respecto a su trayectoria, de forma que mira hacia el arcén. ¡No puedo controlarlo! exclama al tiempo que, a modo de demostración, gira el volante a uno y otro lado sin modificar la dirección del movimiento. En pocos segundos el vehículo volcará o se saldrá de la vía a gran velocidad. Trato de recordar algún escenario similar en circuitos de entrenamiento; espero que la técnica surta efecto, es nuestra única opción de salir enteros de esta.

Suelta los pedales y el volante, ordeno con firmeza. Pero… parece objetar ¡Quita las manos y los pies! Alargo los brazos para, mediante el volante, hacer que la dirección de las ruedas delanteras se corresponda con la de avance, para inmediatamente indicar: ahora, suave y progresivamente, acelerador. La fuerza aparentemente divina ahora afianza los neumáticos delanteros sobre el asfalto, y un instante después el cese del agrio sonido nos confirma que lo peor ha pasado. Frena muy suavemente y detente en el arcén. Una vez allí, descendemos del vehículo y contemplamos las dos parejas de oscuros rastros que serpentean descendiendo la pendiente.

La goma de las cubiertas no parece haber sufrido daño alguno, previo ni posterior al incidente. ¿Seguimos? Propongo mirando al tercer compañero; él permanece en silencio, su tez ha perdido todo color y no se ve capaz de murmurar una respuesta mientras su mirada se pierde. Al no estar a los mandos, es el único de la dotación que ha podido apreciar lo cerca que hemos estado de donde no se puede volver. Confiando en que su amplia experiencia le haga superarlo en poco tiempo y anotando mentalmente la necesidad del debriefing a la vuelta del aviso, reanudamos la marcha manteniendo al conductor, pues temo que si le aparto ahora de esa tarea adquiera un temor difícil de superar.

¿Sabes lo que ha ocurrido? Él sacude negativamente la cabeza. Al adelantar tan rápidamente al camión, que tiene un perfil mucho mayor que el nuestro, la racha de viento lateral se ha interrumpido y reanudado muy bruscamente, desplazando al furgón y provocando que los neumáticos perdieran la adherencia. Debe ser parte de tu aprendizaje -continúo- para que jamás vuelva a suceder.

Tras un aviso tranquilo, ya con el paciente en la ambulancia y a pocos metros del hospital, me incorporo para colocarle el manguito de tensión cuando un golpe sordo nos sobresalta desde el lateral. No puede ser… A través del cristal tintado distingo un coche a una distancia demasiado corta: en el último desvío, nuestra brusca incorporación ha provocado que un turismo impacte contra la puerta, causando únicamente daños leves. Ahora los dos conductores discuten acaloradamente desde sus vehículos detenidos sobre la responsabilidad del golpe. Ha llegado el momento de ponernos serios: con la cabeza por fuera de la ventanilla lateral, indico al conductor contrario que nos siga hacia el hospital, para ordenar inmediatamente a mi compañero que continúe con nuestro camino.

Nada más llegar a la entrada de urgencias, le explico sin dar opción a réplica el plan: escucha, nosotros vamos a transferir el paciente a urgencias; tú, mientras tanto, pide disculpas al contrario y rellena los formularios necesarios. Pero… Estaremos de vuelta enseguida, concluyo. Para mi tranquilidad, unos minutos después compruebo que ambos están terminando de cumplimentar sosegadamente la documentación. Ya con las riendas, aprovecho la vuelta a la base para la breve pero necesaria charla: nunca hay que dejarse llevar, ya que centrar toda la atención en un único elemento añade mucho peligro a cualquier intervención. Es imprescindible no perder jamás de vista factores tan fundamentales como la velocidad, las indicaciones de los compañeros o las maniobras del resto de conductores. Él simplemente asiente.

Con el tiempo acumuló kilómetros a sus espaldas realizando innumerables servicios. Pero admito que me costó varios meses volver a subir a una ambulancia pilotada por él.


Cosas del directo

WalkieUno de los muchas aspectos de los que puede presumir mi organización de voluntariado es la disciplina en las comunicaciones: esta cuestión aparentemente secundaria supone una gran ayuda en la actividad habitual y proporciona la seguridad de estar en permanente contacto con la central, especialmente útil cuando la situación se complica. El rígido protocolo de petición de acceso, el uso de códigos y la formalidad en el lenguaje logran la coordinación de todos los equipos de la Comunidad de Madrid mediante un solo canal, y el sistema en abierto permite que cada uno conozca en todo momento la situación del resto.

Hoy, el silencio en la red de radio habla por sí mismo. Parece que está la mañana tranquila, comento a mis dos compañeros de guardia. Las ambulancias de nuestra zona permanecen disponibles en sus bases, lo que disminuye la probabilidad de que tengamos que acudir a avisos por estar ocupadas. La confianza que da compartir dotación con un equipo a toda prueba y el tiempo que hace que no coincidimos provoca que aprovechamos la guardia para ponernos al día de nuestras aventuras, asemejándose el ambiente más al de una reunión de amigos que al un entorno laboral, salvo por las bebidas alcohólicas que tendremos que aplazar hasta el fin del turno. Podríamos aprovechar para ir a tomar algo antes de comer, sugiero. Ambos secundan animadamente la propuesta , pero una llamada interrumpe bruscamente los planes.

Somos requeridos desde el centro de salud de una localidad cercana: un hombre de edad avanzada está siendo atendido allí por dificultad respiratoria y, a pesar de no correr riesgo vital, necesita ser trasladado al hospital para continuar el tratamiento. Perfecto, un aviso sencillo y aparentemente sin complicaciones, que nos permitirá tomar el aire y que finalizaremos a la hora del almuerzo. Inmediatamente tomamos posiciones en la cabina de conducción -hoy el timón es de uno de los compañeros, por lo que yo ejerzo de responsable- y, una vez activados los lanzadestellos, partimos hacia nuestro destino. Inmediatamente tomo el micrófono de la emisora e informo a la central de la salida de nuestra unidad.

Al ir a colocar el dispositivo en el su soporte descubro que, debido al uso intensivo, la pieza que lo sujeta se ha desprendido y, a falta de un lugar mejor, lo deposito descuidadamente en el posavasos incorporado a la consola central. Parece un buen momento para proseguir con la conversación que habíamos abandonado a la fuerza minutos atrás: les relataba que hace unos días recibí un correo electrónico multitudinario pero muy divertido, que ironizaba jocosamente sobre los habituales mensajes que circulan exigiendo precauciones sobre riesgos absurdos; impulsados por la curiosidad, ambos compañeros me animan a recordarlo en voz alta, a lo que accedo dado lo distendido del ambiente: “¡Cuidado! Si llaman a tu puerta y aparece un hombre desnudo, diciendo que está realizando una encuesta para Chupa-Chups y te pide que se la chupes… ¡No lo hagas! ¡Es un estafador! ¡Lo único que quiere es que se la chupes!”.

Sin dar tiempo a que cesen sus carcajadas, siento una vibración en mi bolsillo acompañada de un familiar tono de llamada. La pantalla muestra “Central”; probablemente será para aportar más información sobre el aviso actual, así que lo mejor será que lo oigamos los tres: Ambulancia 04, dígame. La voz de la operadora suena ligeramente distorsionada a través del altavoz del móvil de la guardia: muchas gracias por la información, estaremos atentos, espeta. ¿Qué información? replico extrañado. Cual va a ser, la del hombre los Chupa-Chups… Miro alternativamente a mis compañeros, cuyos rostros reflejan la misma extrañeza. Transcurren un par de extraños e incómodos segundos de silencio hasta que dirijo la mirada a la emisora. Mierda.

El piloto rojo que indica que el equipo está en transmisión está encendido, y no tardo en averiguar la razón: la concavidad del fondo del posavasos ha hecho que el botón del micrófono quede pulsado, por lo que toda la red de emergencias de la Comunidad Autónoma acaba de escuchar la última conversación: ahora la historia hace reír a cada voluntario en las ambulancias y bases de socorro. Vale… me acabo de dar cuenta, informo a mi interlocutora. Para mi desgracia, los acompañantes con los que comparto el espacio del furgón se han percatado al mismo tiempo que yo, y ahora se encuentran con franca dificultad para respirar pues están ocupados desternillándose de la risa de forma francamente escandalosa: por un momento parece que son ellos los que necesitan el oxígeno más que el paciente que trasladaremos.

Sonrío contagiado por lo cómico de la situación y ensayo mi gesto de resignación ante la certeza de que todos los voluntarios de mi base y muchos de otras tendrán una nueva historieta para compartir. En realidad, si no fuera por estos momentos probablemente no estaría aquí.


Cadena de decisiones

Accidentada¿Te parece bien que conduzca yo? Parece que, pese a ser enfermero desde hace ya un tiempo, no ha perdido la afición por el volante, que ahora disfruta como voluntario. Perfecto -respondo, para inmediatamente dirigirme a nuestra compañera, también enfermera- entonces quedamos tú y yo en la perrera. ¿Vas de responsable? Prefiero que vayas tú -responde ella, mientras se afana en rellenar los papeleos de comienzo del servicio- al fin y al cabo tienes más experiencia. Aunque de voluntarios todos trabajamos como técnicos no puedo evitar cierta sorpresa al coordinar un equipo de dos diplomados sanitarios. Las decisiones se toman de forma colaborativa, pero siempre conviene que alguien tenga la última palabra, con objeto de evitar pérdidas de tiempo y vaivenes en el rumbo de la intervención. La “perrera”, por cierto, es el nombre cariñoso de la cabina asistencial, donde los técnicos que no conducen viajan mientras atienden al paciente.

¿Balón reanimador adulto? Está. ¿Pediátrico? Está. ¿Colchón de vacío? Está. ¿Dónde cogemos la cena? pregunta mi compañera, levantando la mirada de la carpeta de revisiones. BASE 23 DE CENTRAL. Habrá que decidirlo luego, contesto innecesariamente, pues todos hemos oído el bramido de la llamada a través de la megafonía. La experiencia del conductor nos permite alcanzar el destino en escasos minutos, y ya escaleras arriba una mujer reclama nuestra ayuda desde la entrada de su vivienda; lo azorado de su gesto hace presagiar la gravedad de la situación.

Su marido, que apenas supera los cuarenta años, permanece postrado en un sillón del salón, con la pierna izquierda inerte y claramente inclinado hacia ese lado. Ante nuestras preguntas sólo consigue balbucear, y la comisura de su labio aparece notablemente desviada. Examinamos con premura sus constantes vitales, ahora dentro de la normalidad, al tiempo que tratamos de no abrumar a la esposa con la preceptiva batería de preguntas: ¿Cuánto tiempo lleva así? ¿Tiene alguna enfermedad? ¿Toma medicinas?.

Bajo la mirada pintada en preocupación de su hijo pequeño valoramos conjuntamente el destino de nuestro paciente: dada la gravedad de la enfermedad que sufre, probablemente un ictus, deberíamos reclamar una UVI móvil para que se hiciese cargo, o al menos trasladar al paciente hasta el centro de salud donde ésta tiene su base. Inspiro y mantengo el aire en mis pulmones durante un par de segundos; espero no equivocarme. Busque a alguien con quien dejar al niño porque nos vamos inmediatamente al hospital con él, exhorto a la esposa mientras coloco una mascarilla de oxígeno al paciente.

Es una cuestión de tiempo. A pesar de ir contra los protocolos establecidos, sé que lo que nuestro paciente necesita con urgencia es una prueba de imagen para determinar la lesión y así comenzar a recibir el tratamiento adecuado. En su estado actual una UVI móvil no aportaría ventajas pero sí retrasaría el diagnóstico, perdiendo posibilidades de recuperación. Partimos de inmediato hacia el hospital, esperando que el paciente no se desestabilice de camino, ya que como recurso básico nuestro campo de acción es necesariamente más limitado que el avanzado.

Prefiero que rellenes tú el informe -le pido a mi compañera- porque será crucial para el paciente, y sé que lo harás mejor que yo. Ella me conoce bien: sabe que hablo desde la sinceridad, y agradece la confianza. El vuelo rasante hacia el hospital parece transcurrir sin más incidencias que las contínuas miradas al reloj cuando, al incorporarme para alcanzar el tensiómetro, una fuerza trata de lanzar violentamente mi cuerpo contra la pared que separa ambos habitáculos, mientras los neumáticos chillan al morder el asfalto. Una vez asido, vislumbro en la oscuridad la familiar silueta de un vehículo tras un impacto a pocos metros frente a nosotros, envuelto en una nube de polvo. ¡Mierda! exclamo para mis adentros.

Aparentemente, el accidente ha ocurrido unos pocos segundos antes: pide por radio Guardia Civil, indico al conductor, para posteriormente dirigirme a la esposa, que se esfuerza por enjugarse las lágrimas: tenemos que atender el accidente, seguiremos hacia el hospital lo antes posible. El único turismo implicado ha chocado contra el lateral de hormigón, quedando inmovilizado en el carril central tras una curva de la autovía. Al accionar la manecilla de la puerta delantera el polvo blanquecino de los airbag abandona el interior del vehículo, en el que una joven se sorprende de mi presencia mientras se esfuerza en orientarse. Una primera valoración en segundos indica que se encuentra bien, y su testimonio lo confirma. El riesgo proviene de la circulación, que transcurre a gran velocidad por ambos lados del vehículo, con tan sólo nuestro furgón luminoso como medio para evitar colisiones sucesivas. Pero ahora mismo necesito ese furgón para otra tarea al menos igual de vital.

¿Cómo va el paciente? inquiero abriendo la puerta lateral de la ambulancia. Peor, uno abajo en el Glasgow, recibo como desesperanzadora respuesta. Necesitamos encontrar una solución, pienso mientras corro a contramano entre las filas de vehículos para colocar el triángulo de peligro. Incluso me planteo quedarme yo sólo frente al tráfico, armado únicamente con un cono fluorescente, mientras mis compañeros llegan al hospital, pero lo que me preocupa del improvisado plan no es romper las pocas directrices que quedan en pie, sino si seré capaz de manejar el tráfico antes de que algún conductor despistado me arrolle.

A lo lejos, un par de tenues luminarias de color turquesa destacan sobre una de las largas colas de tráfico, y me dirijo hacia su posición con la ilusión del marino tras divisar la luz del faro. Tras alcanzarla trato de no ser demasiado escueto al transmitir la información a los agentes de policía, ya que evidentemente no forma parte de sus tareas habituales: necesitamos que señalicéis un accidente sin heridos, nosotros llevamos uno grave y tenemos que seguir hacia el hospital. Y, sin dar opción a réplica, corro de vuelta a la ambulancia no sin asegurarme de que efectivamente uno coloca su vehículo con las luces de prioridad activas como protección para el accidente mientras su compañero desciende del coche patrulla ataviado con una chaqueta reflectante para interesarse por la conductora. En esta ocasión la fortuna ha jugado a nuestro favor y podemos continuar con nuestro camino.

De vuelta a la base, la soledad de la autovía provoca que los tres nos centremos en las sensaciones encontradas: hemos conseguido resolver una situación bajo circunstancias complejas, pero somos conscientes de que el verdadero desafío comienza ahora para una familia. Quizás debido a ello no nos resulta relevante el lugar en el que encargaremos la cena… o si llegaremos a probarla.


Alcance

GolpeLa voz del coordinador suena afectada a través del móvil: No tenemos conductor para esta noche… ¿Tú puedes venir? Imposible, me han dado una suplencia de UVI-móvil mañana. Sólo hasta la hora que puedas, nos hace mucha falta, si no cubrimos estos turnos retirarán nuestra ambulancia. Realmente me encanta cambiar de aires haciendo guardia en otra base con él y el resto de voluntarios, y además sus temores sobre el fin del programa son verosímiles. Está bien, pero a las cinco doy “no operativo”.

El peso de ambos uniformes deforma el colchón de la litera al dejar sobre él la mochila. El ambiente es tan distendido como suponía, y tras una animada cena decido retirarme, esperando una noche tranquila. Afortunadamente, tanto el accidente de tráfico como el apuñalamiento a los que nos envían resultan respectivamente un golpe de chapa y un rasguño, por lo que no maldigo demasiado al amanecer, cuando me levanto para tomar el autobús de vuelta a la capital. La frecuencia de las guardias nocturnas me ha hecho capaz tanto de frenar la adrenalina todavía reciente del último aviso -para lanzarme a los brazos de Morfeo- como de desperezarme inmediatamente, pero si hubiera dormido de verdad quizás el día siguiente no hubiera sido el peor de mi carrera hasta ese momento.

Mi condición de eventual no me permite pertenecer a un equipo fijo, pero el de hoy no desmerece en absoluto al de la guardia voluntaria previa; mi experiencia en unidades avanzadas (así se denomina a las que incorporan médico de emergencias) es escasa, por lo que parece el día idóneo para aprender mientras disfruto. El anuncio del médico interrumpe la revisión matutina: inconsciente en la bañera, pinta mal. No necesito más: los innumerables avisos en ambulancia por la capital han hecho que maneje con precisión tanto las técnicas de conducción como la compleja malla de rutas. El vehículo más parece volar que rodar. Un consejo -comenta el médico- a mi no me importa en absoluto este ritmo de conducción, pero en futuras guardias encontrarás compañeros a los que no les guste. Cierto.

Tampoco se equivoca respecto a la gravedad del aviso: una mujer que sobrepasa tanto los sesenta años como la centena de kilos está tendida en su angosta bañera, desnuda, mientras trata de alcanzar unos seres que parece ver flotar frente a sus ojos. Las tareas se reparten con premura, y mediante el esfuerzo de todos en tan sólo unos minutos es extraída, evaluada, tratada y trasladada a la ambulancia. Perfecto.

Apenas hemos alcanzado la base tras la vuelta del hospital cuando el teléfono vuelve a sonar. “Inconsciente”, anuncia de nuevo, pero en esta ocasión en los límites de la ciudad, muy lejos de nuestra posición. Al tiempo que nos incorporamos a la circulación, una segunda llamada nos confirma lo peor: “No respira”. Uf. En esa situación, cada minuto que pasa descienden un diez por ciento las posibilidades de supervivencia; efectivamente, en la práctica hay poco que hacer a partir de los diez minutos. El quejido de los neumáticos contra el asfalto acompaña mis pensamientos: si no hubiera que cruzar varios distritos…

No tan rápido, indica el médico. Sé que su criterio es acertado: puedo controlar perfectamente las reacciones de mi vehículo pero nunca las del resto de conductores, por lo que un amplio margen de seguridad es imperdonable, reflexiono mientras hago que la aguja del velocímetro descienda bajo el doble de lo permitido. Un semáforo bloquea la circulación en ambos sentidos de la amplia avenida, lo que me obliga a circular por el centro de la calzada; resulta peligroso separarse de la fila de coches  detenidos a mi derecha, puesto que automóviles provenientes de otra vía perpendicular, ahora con su semáforo en verde, circulan hacia nosotros. Pero el tiempo no se detiene. ¡Cuida…!¡Blam!

El hueco sonido parece desplazarnos en nuestros asientos. ¿Qué ha sido eso? Un coche parado, al lado derecho, dice mi compañero. El aviso pendiente no abandona mi mente ¿Podemos dejar una nota y seguir? No, hay que parar. Mierda, pienso mientras pulso el botón de la emisora: Central, nos hemos dado un golpe, estamos bien pero no podemos seguir, enviad otro recurso al aviso. Ejecutamos la coreografía habitual, pero ahora en circunstancias desfavorables también para nosotros:los técnicos señalizamos el accidente mientras el médico y la enfermera se dirigen al vehículo contrario para acompañar a su ocupante a un lugar seguro.

Al organizar la seguridad de la escena comienzo a comprender lo ocurrido: posiblemente para facilitarme el paso, la otra conductora -afortunadamente ilesa- giró totalmente la dirección a la derecha con el vehículo parado y luego trató de avanzar, lo que unido a la corta distancia entre ejes provocó que su esquina trasera izquierda sobresaliera unos centímetros de la hilera de vehículos que esperaban la apertura del semáforo. Mierda, conocía ese efecto en autobuses rígidos, pero no lo esperaba en un coche.

La Policía Municipal nos facilita las labores administrativas posteriores, mientras mi equipo confirma la ausencia de molestias de la conductora. Un coche de nuestro servicio les recoge para trasladarles a un examen médico por seguridad mientras los cabrestantes tiran de los automóviles afectados. Mierda -pienso en la cabina de la grúa que traslada la UVI móvil al garaje central- he fallado, perdí toda perspectiva. Y súbitamente vuelvo a ser un chaval universitario de veintidós años, con una enorme responsabilidad sobre sus hombros que ahora duda poder cargar.

No son las amables palabras del operario de asistencia en carretera las que logran infundirme algo de ánimo, sino las de aquella con quien tengo la suerte de compartir el verano. Durante su oportuna llamada, aparentemente provocada por telepatía, demuestra que, pese a que no hace demasiado tiempo que nos conocemos, conoce el grave efecto que lo sucedido provoca sobre mi. Sabes que eres tú pues seguro recuerdas la historia, así que si alguna vez llegas a estas líneas, mil gracias por el apoyo.

Al encontrarme de nuevo con mi equipo en el preceptivo control radiológico, el médico se dirige a mi: he hablado con la UVI que atendió el aviso al que íbamos; el paciente llevaba tiempo fallecido, por lo que no habríamos podido hacer nada por él. Su voluntarioso intento no surte efecto. Frente a mis ojos es lo mismo, no he cumplido y no hay excusas. El resto de la guardia, ya con el equipo de reemplazo, transcurre con avisos continuados hasta el amanecer, afortunadamente para mí pues son lo único que -aunque temporalmente- logran desembarazarme de las consecuencias de lo ocurrido.

Desde luego, no era esta la manera que esperaba de aprender.

*  *  *  *

Semanas después, una inesperada llamada me sobresalta: la Policía reclama mi testimonio, pues la conductora del otro vehículo me ha denunciado por las lesiones que sufrió. Mi asombro es mayúsculo, pues en las diferentes ocasiones que todo el equipo le ofrecimos asistencia negó cualquier tipo de daño. Tras la declaración consulto a mis superiores, pero aparentemente mi condición de trabajador temporal no me garantiza la asistencia jurídica, por lo que me veo obligado a remitir el caso a un profesional de confianza.

Mi preocupación me lleva a consultar a un compañero, abogado y técnico en emergencias, mas su respuesta resulta desalentadora: en función de la interpretación de lo ocurrido las consecuencias pueden ser graves, implicando probablemente la retirada del permiso durante varios meses. Considerando mis circunstancias laborales, eso sólo significa una cosa: perder el empleo por el que llevo varios años peleando.

Con la puerta abierta a la resignación acudo a la vista del caso. En la puerta de la sala varios hombres trajeados manejan acaloradamente tablas y formularios. Son los representantes de los seguros, confirma mi superior allí presente. Una vez comenzado el juicio, dichos representantes informan al magistrado que han llegado a un acuerdo económica. Y, de aquella forma, todo queda disuelto en una corriente de dinero entre corporaciones.


Amanecer inesperado

Ambulancia de Cruz Roja en intervención nocturnaCambiar el vehículo nunca es una tarea agradecida, pero hacerlo una tarde de verano resulta verdaderamente pesado. Comprobar a fondo un furgón para posteriormente completar su equipamiento no nos emociona en absoluto, pero al menos asegura que no echaremos nada en falta cuando más lo necesitemos. Comparto la guardia con dos compañeros que se incorporaron no hace mucho tiempo, por lo que a buen seguro aprovecharán la minuciosa revisión.

Una vez finalizada la tarea, la cena transcurre plácidamente intercambiando impresiones sobre sus progresos laborales con Casas, el cuarto del equipo. Es más que agradable constatar que gracias a su presencia la situación se mantendrá bajo control, sea lo que sea lo que nos aguarde esta noche. Pasan unos minutos de las dos de la madrugada cuando la estridente alarma de la emisora nos hace saltar desde el sofá a recibir el aviso: en un centro de urgencias de una pequeña localidad, un niño ha sufrido una crisis epiléptica.

Los destellos anaranjados iluminan fugazmente los árboles que rodean la interminable carretera a nuestro paso, mientras nos extrañamos por lo infrecuente de la solicitud: habitualmente, si hay riesgo de nuevas crisis el traslado al hospital lo realiza una UVI-móvil, y si no lo hay son los padres del paciente lo que evitan la demora mediante su vehículo particular.

La enfermera que nos recibe nos informa de que efectivamente los padres partieron con el niño unos minutos atrás. Mientras les explicamos que en la próxima ocasión deben anular la llamada para nosotros quedar disponibles, el timbre del teléfono del centro nos interrumpe. Es para vosotros… nos mira la doctora tras responder. Qué extraño, la central es la única que conoce nuestra localización y nos hubieran llamado a través de la radio; Casas recibe el auricular, y sorprendentemente no es Miguel Gila el que se encuentra al otro extremo.

La Policía Local necesita un equipo sanitario por un accidente de tráfico que acaba de ocurrir en las afueras del pueblo. La coincidencia resulta providencial para las compañeras de aquel pequeño centro rural, puesto que de este modo no necesitan abandonar su puesto. En apenas un minuto alcanzamos el lugar, descubriendo que un utilitario ha volcado y se encuentra fuera de la carretera. Casco y gafas, guantes, trescuartos… Una vez equipados con el material de autoprotección, pido a los dos compañeros nuevos que no se separen de mi, nos hacemos con los botiquines y bajamos de la ambulancia para evaluar la escena.

En el interior del vehículo hay tres jóvenes de nuestra edad; En la parte posterior, dos de ellos no pueden abandonarlo dado que el fuerte impacto ha deformado la estructura atrapando parte de sus piernas, y exigen a gritos que les liberemos; el tercero, sin conocimiento, mantiene su posición de conductor, tan sólo sujeto por el cinturón de seguridad. A este último no sería difícil liberarle -cualquiera de nuestras tijeras puede cortar lo que le retiene- pero al encontrarse inaccesible y colgando boca abajo, la maniobra le podría causar daños irreparables en una columna posiblemente dañada. Tras valorar la estabilidad, Casas se introduce en el habitáculo reptando sobre el techo, corta el contacto y comienza a valorar al paciente. No me importaría en absoluto estar en su lugar, pero mi rol es otro, y no menos trascendente.

Al otro lado de la calzada yace otra joven, posiblemente la acompañante. Mientras me relata cómo ha salido del coche para tumbarse en ese lugar, compruebo su respiración y pulso, que no parecen afectados. Empezamos. -¿Recordais la evaluación inicial del paciente traumático? Adelante- pregunto, encomendando así la tarea a los dos compañeros libres. Central: cuatro heridos, tres atrapados, uno de ellos grave; necesitamos más ambulancias y bomberos, informo a través del walkie mientras corro hacia la ambulancia.

Tras recoger el material necesario, comienza la segunda ronda: en el vehículo asisto a Casas con las primeras medidas de apoyo vital al inconsciente (collarín, vías respiratorias, oxígeno) al tiempo que converso con los otros dos atrapados tratando de calmarles. Levanto la vista y aprecio que el número de transeúntes se ha multiplicado, varios de ellos rodeando a mi dos compañeros y a su paciente. No podemos dejar que la situación se desborde: empleando el material adecuado dirijo la inmovilización completa de la paciente, lo que nos permite resguardarla en el interior de la ambulancia, donde permanece acompañada de los dos técnicos.

Esto me permite volver al vehículo accidentado para evaluar el estado de los dos atrapados, puesto que ya no gritan con la misma intensidad, lo que paradójicamente resulta preocupante. No he terminado de valorarles cuando escucho una discusión que parece provenir de un lugar sospechosamente familiar… No puede ser. Corro de nuevo hacia la ambulancia para expulsar con cajas destempladas a los testigos que habían hecho de ella lugar para su discusión, desesperando a la paciente y mis compañeros, a los que exijo que aseguren las puertas tras mi salida. Pido ayuda a los agentes municipales, que hacen lo imposible por controlar una muchedumbre cuyo número ya parece superior a la propia población del municipio.

Han transcurrido un par de minutos cuando, súbitamente, un resplandor me ciega durante unos segundos. Giro la cabeza para encontrar su fuente y descubro una agradable sorpresa: el camión de rescate de bomberos, mientras vacía su interior de personal, ha elevado y prendido el mástil telescópico de iluminación, lo que facilitará enormemente la tarea. También vislumbro la llegada de una UVI móvil y una ambulancia de Protección Civil. Ahora sí. Tan sólo resta que Casas proteja a nuestro paciente invertido y que los bomberos pongan en marcha las herramientas hidráulicas que, siempre acompañadas del ruido sordo del compresor, creen un nuevo acceso al habitáculo; la extracción se hace así posible, deslizando al paciente sobre una tabla diseñada al efecto en la que se le asegurará para continuar en la UVI móvil los tratamientos previos al traslado.

Las herramientas hidráulicas opuestas fuerzan a la estructura trasera del vehículo, mediante un amargo chirrido, a recuperar su forma original y así liberar a los otros dos pacientes. Al mismo tiempo que se incorpora una segunda UVI-móvil, la otra ambulancia traslada al hospital a la paciente, liberada en su caso de la presión ambiental. Finalmente, y pese a nuestra insistencia, los dos pacientes ahora libres firman el alta médica en el mismo lugar y vuelven caminando a su casa, puesto que sólo han sufrido alguna contusión en las piernas. La imagen de ambos caminando por la cuneta con sus amigos, ajenos al milagro que acaban de experimentar, ocupa nuestra conversación durante la vuelta a la base.


Crónica de una no-siesta

Corre el verano del año 2002. No hace mucho que cambié de base de Cruz Roja por lo que todavía no conozco a todos los compañeros, pero con los de esta tarde me voy a llevar bien, seguro. Ambos son telecos,  como lo que yo seré algún día, y apasionados de las emergencias.  Después de una animada comida charlando de la actualidad universitaria y tecnológica, deciden sestear puesto que han estado trabajando por la mañana, mientras yo hojeo documentación en lo que pronto se convertiría en mi segundo hogar.

La cálida y tranquila tarde es súbitamente interrumpida por la entrada en el puesto de socorro de un hombre nervioso: ¡Un accidente! informa. Mi voz reenvía la información a las bellas durmientes: ¡Un tráfico, parece grave! La imagen de los dos compañeros en ropa interior poniéndose en pie de un salto para, acto seguido, mirarse extrañados todavía desorientados sigue grabada en mi memoria y dando mucho juego cuando nos vemos; realmente pareció que iban a echar a correr uno hacia otro hasta que sus cabezas chocaran y ambos cayeran desmayados, como en las comedias de humor deliberadamente absurdo.

Tras averiguar los detalles mientras mis compañeros vuelven a la realidad, partimos hacia el lugar, tan cercano que en apenas un minuto observamos como la policía señaliza la escena: una pequeña furgoneta ha chocado contra una cerca de piedra de forma tan violenta que ha quedado totalmente deformada. Evidentemente somos el primer recurso sanitario en llegar, por lo que primero debemos hacernos una idea general: como conductor me encargo de las comunicaciones y la seguridad mientras mis colegas evalúan el estado de los heridos.

Primeros problemas: el motor del vehículo accidentado está derramando combustible sobre la hierba seca del lateral de la carretera, por lo que extraigo el extintor de la ambulancia y me preparo para utilizarlo, esperando que no sea necesario. No hay atrapados en el vehículo, aunque esto no es tan buena noticia puesto que de los tres heridos que alcanzo a ver, resulta evidente que dos de ellos, ambos adultos, han salido despedidos; el tercero, un niño de unos 10 años, se sujeta el brazo con un gesto de dolor, pero parece que ha salido del vehículo por su propio pie.

Una vez situados, y mientras veo acercarse la ambulancia municipal, llega el momento de pedir refuerzos: central, necesitamos bomberos por riesgo de incendio y UVI móvil para paciente muy grave. Los dos adultos, tendidos en la cuneta, no han salido bien parados: uno de ellos se queja de la pierna, que ha tomado una forma nada anatómica, y el otro parece haber sufrido varios golpes pero no los siente, puesto que ha perdido el conocimiento. Si les pusiera un color a cada uno sería el verde, el amarillo y el rojo, respectivamente.

La fortuna quiere que en uno de los coches que se encuentra retenido por el accidente viajen una médico y una enfermera del centro de salud, a las que proporciono el material necesario para comenzar los primeros tratamientos al rojo (abrir la vía aérea, oxígeno, sueros) con la ayuda del primero de mis compañeros; al mismo tiempo, el segundo evalúa al amarillo y pide al técnico municipal que se ocupe del verde.

Pasados unos minutos llegan la UVI y los bomberos, por lo que se impone una rápida reorganización: los sanitarios del centro de salud atienden al niño verde en la ambulancia municipal mientras mi equipo y yo inmovilizamos al amarillo, ya que ahora no tengo que estar pendiente del combustible, y la UVI continúa con los tratamientos avanzados al rojo. Esto es otra cosa, ahora jugamos en igualdad de condiciones.

Por suerte, amarillo no está tan dolorido como sugiere la deformidad de su pierna, así que sólo nos queda realizar la inmovilización de la extremidad y del eje del cuerpo, para posteriormente prepararlo para el traslado. Informamos de esto a la dotación de la UVI mientras ellos se afanan en prestar los cuidados a rojo para que de camino no surjan más complicaciones. La ambulancia municipal partió hace unos minutos hacia el hospital con verde y el equipo del centro de salud en su interior.

Finalmente los tres pacientes llegan al hospital en el mejor estado que les permiten las lesiones respectivas, y tras las transferencias hospitalarias los diferentes equipos iniciamos el camino de vuelta. Todavía nos queda por delante la limpieza y la reposición del material… Creo que hoy nadie nadie estará molesto por no haber podido dormir siesta.

ImagenMadrid112 (no relacionada)


Donacion de Materiales de Rescate – SVB

Muy buenas conpaneros del foro.

Premero quiero agradecer a las personas que dedican vuestros tiempos a mantener esta pagina en funcionamento.
Segundo pedir perdón por mi malo espanol. pues vivi algun tiempo en pamplona y ahora e vuelto a mi país, se olvida un poco de lo que se aprende. bueno. vamos al que interesa.

En espana conoci DYA Navarra, donde me entro el gusanillo por el voluntariado. terminado mi estadia de estudos en espana regrese Brasil. pero aca descobri que falta mucho aun para tenermos el grado de voluntarios como ae.

donde vivo actualmente ha un tramo que es un punto negro de carretera de 190 km donde no ha SAMU o ninguna otra ambulancia para resgate. lo que yo hice fue, junto a un amigo enfermero, poner mi coche los fines de semanas y dias de fiestas en um punto estrategico deste tramo. asi intentamos que cuando llegue la ambulancia la vitima este el mas estable posible.

Pero como sabeis, Brasil es un pais de poco dinero y yo con lo que gano solo pude comprar un collarin e algo de material de farmacia. tais como: vendas e otras cositas mas.

nuestra necesidad es una mochila de resgate ou SVB. pero nos sale caro. por este motivo vengo aca. quisa agun amigo tiene materiales que ya no utiliza pues aca nos seria de gran utilidad. no hace falta que sean todos donacion de una sola persona. puede ser de varias. y para mejor tengo un amigo de cruz roja que puede recojer este material para enviarmelo todo de una sola vez. los materiales no perecibles no hacen falta que sean nuevos.

correo de mi amigo imanol garcia:

xxxxxxxxxxxxxxxxx

dejo mi telefono de brasil y mi correo electronico:

Felipe Tavares
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

dejo tambien una lista de lo que mas nos urge.

Depresor de lengua
De algodón 25g
Ambu Básica para Adultos
Desa automatico
10 CMX1 crespón vendaje, 8m
15 CMX1 crespón vendaje, 8m
25 CMX1 crespón vendaje, 8m
Vendaje rayón 7,5 cmx5m
Vendas de algodón Triamgular 140x100x100cm
bisturí desechable
Cuchillo multiuso
Collarín cervical 4 en 1 ajustable
Quirúrgico estéril Polar 10x15cm BEC
Estéril 15x30cm quirúrgica Polar BEC
Vendajes curita antiséptico tipo
yeso 10x450cm
2,5 cinta microporo x450cm
Estética / Esfigmo aneroide cierra w / Velcro
Cinta adhesiva de 1,9 cm
Gasa estéril 7,5 x7, 5 cm
Juego de Guedel
Linterna del alumno
Guantes quirúrgicos estériles
210x140cm aluminizado manta térmica
Las máscaras desechables CPR
Films de protección w / quemado 50x50cm
Pinza anatómica
Talas moldeable de aluminio / espuma 10x2cm
Talas moldeable de aluminio / espuma 15x2cm
Talas moldeable de aluminio / espuma 20x2cm
Talas moldeable de aluminio / espuma 25x2cm
Férulas inchables o a vacuo. piernas e brazos
Termómetro Digital
Tijeras rectas roma / roma

Gracias a todos por vuestra copreension. y Saludos.