Crónicas Summarias-I: El día que me acosté con un político

Era el 9 de febrero, una noche gélida en la capital del reino. Llevábamos algo más de 12 horas haciendo avisos de urgencias; trece, creo recordar. Mi técnico Ché, mi conductor Paquitor, mi DUE Cuca y yo estábamos agotados y necesitábamos nutrirnos y reparar fuerzas tras el arduo trabajo de un aviso tras otro. Era una de esas ocasiones en las que Morfeo se va apoderando de tu alma lentamente, y el crepúsculo te altera el ciclo circadiano (que los Summarios ya tenemos fulminado in aeternum). El cansancio y el sueño nos hacían anhelar una cabezada breve, pero…..sonó la maldita musiquita del teléfono móvil. Ché, el técnico, le había cambiado el tono del clásico ring-ring por la melodía de Highway to Hell, de ACDC, para al menos elevarnos la adrenalina al punto deseado y cumplir con los tiempos de respuesta del centro de coordinación.
– Me cago en la p…otro dolor pecho-espalda, varón de 46 años, sin antecedentes, pero con diaforesis y vómitos.
– Espero que no sea otra diarrea, espetó Cuca.
– ¿Pero es que no vamos a cenar nunca en esta p….guardia?-dije yo- ¿Es que no habéis pedido la hora de tragar o qué?
– La he pedido, pero me ha dicho el c…. del locutor que tenía la pantalla petada de avisos y que hay que limpiar, contestó Ché.
– Hala, tirando….a ver si lo despachamos en 20 minutos y cenamos de una vez, que son las 3 de la madrugada.
Paquitor arrancó “la nave del misterio”, y salimos con los rotativos y toda la parafernalia que nos caracteriza, a salvar una vida. Tardamos 8 minutos en llegar, porque llovía bastante.
– Hala, vaya pedazo de casoplones-, dijo Paquitor.
– Por lo menos, por lo menos debe ser un futbolista-, dijo Ché.
– Me da que es un “margarito”-, dijo Cuca.
Entramos en una mansión con un jardín algo más pequeño que el Bernabéu, y nos recibieron dos maromos vestidos con trajes negros y gafas de sol (y era de noche, ojo al dato). Nos miraron de arriba abajo y nos preguntaron:
– ¿Son ustedes los ambulancieros?
– No, somos el equipo de emergencias ¿no lo ve?-, respondió Ché de malhumor.
El bigardo del traje negro levantó una ceja, pero no dijo ni mú. Movió la cabeza y nos invitó a pasar con esa chulería que te deja mosca, como si te fuera a dar una colleja en cuanto le dieras la espalda.
Tras esos primeros segundos de tensión, nos adentramos en el domicilio, muy bien amueblado y lleno de fotos de personalidades y famosos. Subimos al piso superior, cargados como mulos (para variar) y en el pasillo una bella mujer morena de unos treinta años, embutida en una bata de seda azul con estampados de dibujos chinos, nos indicó que pasáramos al dormitorio principal.
Al entrar no dábamos crédito a nuestros ojos. Tumbado en la cama, sin gomina y despeinado, y con el rostro arrugado en un gesto de dolor estaba él, en pijama y con las manos apretándose el abdomen.
– Cuéntenos, ¿qué le ocurre?, – le pregunté.– Arghhh!!!
– ¿Le duele algo?, díganos por favor-, preguntó Cuca.
– Síiii….es…es…es…mi tripa y …¡el ano!-, contestó con un gesto de dolor entre lágrimas.
Nos quedamos pálidos. Nos habían dicho que era un dolor torácico por la emisora.
– ¿Tiene Vd. alergia a algún medicamento? ¿Ha cenado algo que le haya sentado mal?-, volví a preguntar-¿Le duele también el pecho?
– No, no, imbécil….¡¡¡es el ano!!!
Yo comencé a ponerme de mala leche. Yo no le había faltado a este señor, y me revienta que me traten de malas maneras o me insulten, pero…era «él».
La joven, que había permanecido detrás, se adelantó unos pasos y susurró:
– Tiene clismafilia, y no teníamos….ejem…enemas. Se ha introducido una botella…ejem…ya saben.
– ¿De qué tamaño?-, preguntó Cuca.
– Pues, la botella de cava que habíamos tomado con la cena.
– ¿Con tapón o sin tapón?-, pregunté yo,- Es importante.
– No estoy segura-, contestó entre sollozos.
– ¿Era cava o champán?….También es importante-, le dije con gravedad.
– Creo,….,creo…., creo que ….cava. ¿Por qué?
– Entonces es más grave….ya sabe, por la composición de la sílice del cristal-le expliqué.-Una pregunta más solamemente: ¿Sabe si tiene alergia al brócoli?¿Ha estado en Titulcia hace poco?
– No sé, doctor, ¡lo siento, no puedo recordarlo!-, gimió la joven entre sollozos con sus negros ojos inundados de lágrimas.
– Caramba,…. haremos lo que podamos pero el tiempo se nos echa encima. No puedo garantizarle que sobreviva.
Nos pusimos a trabajar con esa seguridad, el aplomo y la precisión que te da el haber trabajado como equipo tanto tiempo. Sientes que tus compañeros y tú sabéis lo que piensa cada uno sin necesidad prácticamente de palabras; con la armonía y serenidad de una orquesta en la que cada músico conoce la partitura de memoria.
– Está bien Che y Paquitor, ayudadme a ponerlo a veinte uñas, en posición.
Me tuve que subir a la cama de rodillas y exploré al paciente. En efecto, era la maldita botella era de gran tamaño. Pedí el martillo de reflejos y dos farabeuf:
– Vamos a romperla y extraerla.
– Pero, doc, le puedes hacer heridas, me susurró Cuca al oído.
– Tranquila, estas botellas de grandes etiquetas son más fáciles de sacar.
Todos me miraron como si estuviera loco. De pronto pasaron por delante de mí las imágenes del programa “cuerpos embarazosos” y me dió el subidón y me dije: “Vamos allá”.
Golpeé el culo de la botella a la vez que Cuca me separaba los márgenes del ano del paciente, y se rompió….pero sólo la base de la botella. Maldición. Al menos no había heridas. Era un ano bien dilatado, con capacidad, trabajado, vamos.
– Porfa, canaliza una vía y métele 5 ml de midazolam. Ché, coge el guedel y el ambú.
– Pero tío…
– Ya verás cómo sale-, dije convencido.
La joven de la bata de seda se desmayó.Paquitor se hizo cargo de la joven, y yo enganché un mosquito.
– Dame otro mosquito, porf.
– Ahí va.
– Agarré de los bordes de la botella y pegué un fuerte tirón…y salió con un “¡¡¡slurp!!!” fuerte final, y como el paciente se estaba despertando del midazolam (metabolizaba rápido) ventoseó, se dio la vuelta hacia mí con los calzoncillos bajados y me dio un abrazo en la cama y un morreo de agradecimiento.
– Señor, ¿está Vd. bien?-, preguntó Cuca.
– Sí, cariño, esto es mejor que una reunión de los lunes. ¡Qué bien trabajáis los de urgencias!
Me levanté de la cama y le grité:
– Es Vd. un pervertido y un degenerado. Jamás había tenido un aviso tan repugnante y vil como éste. No sólo me bajan el sueldo sino que encima le hago de mamporrero.
Cuando se le pase la melopea del cava y del midazolam, recuerde que soy…que somos….que somos….esos profesionales cuyo trabajo puede realizar cualquiera, como dijo alguien. Adiós.
Mi psicoanalista dice que todo en conjunto ha sido…ha sido…ha sido…raro. Tardaré años en recuperarme…

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