Barreras

Barreras de comunicación

Mientras el médico y yo atravesamos el angosto recibidor, nos despedimos de la familia del paciente, hago lo posible por que la aparatosa mochila que cargo no derribe ninguna de las omnipresentes figuritas de porcelana. Apenas hemos abandonado la vivienda cuando el timbre del móvil interrumpe la conversación. Os queda mucho? Estamos volviendo al coche -replico algo extrañado, pues habitualmente esperan a que terminemos un aviso para transmitir el siguiente- Por qué? Hay un aviso no muy lejos, ideas autolíticas, no figura como máxima prioridad pero me suena raro. De acuerdo, estamos ahí enseguida.
Los avisos por pensamientos suicidas no son infrecuentes; habitualmente se trata de pacientes ya tratados, a los que un cambio en su vida les saca del precario equilibrio que mantienen. Una pequeña dosis de escucha activa y un ajuste en la pauta de medicación permiten sobrellevar la situación hasta la consulta del especialista. Al descender del vehículo, escuchamos unos gritos procedentes de una ventana en la primera planta del bloque. Con medio cuerpo fuera de ella, un hombre sin camiseta blande un enorme cuchillo de cocina al tiempo que grita hacia el policía que está en la calle: Marchaos! Marchaos o me lo clavo!
—————————–
El compañero del agente trata de ponernos al corriente, visiblemente azorado: traíamos una orden de detención, y al comunicarselo en el pasillo de su casa, ha ido a por nosotros con el cuchillo. Mi compañero ha llegado a desenfundar el arma, lo que le ha hecho perder aún más el control; hemos preferido salir de allí. Está en tratamiento? Parece que sí, ha tirado este taco de informes médicos por la ventana. Que os marcheis! Con el médico tratando de sintetizar algo de informacion útil en el legajo y con la tensión insoportable entre Samuel -segun consta en los informes- y la Policía, no quedan muchas opciones.
Samuel, soy Emilio, técnico de urgencias. Eso ya lo veo, replica. El médico y yo hemos venido a ayudarte ¿Cómo estás? Dejadme en paz! Puedes contarme qué ha pasado?


Inside Combat Rescue – Serie documental PJ-USAF

Casi por casualidad he descubierto una nueva serie documental del National Geographic Channel. Se llama Inside Combat Rescue y muestra las operaciones de los equipos S.A.R. de las Fuerzas Aéreas del ejército estadounidense. Como hace poco que se emite sólo está en inglés, pero espero que en algún momento la traduzcan para emitirla en los países hispanohablantes. Esta es la presentación, bastante espectacular, especialmente si se ve en alta definición:


Los dos capítulos emitidos hasta hoy están subidos a YouTube:
Episode 1) Visions of War

Episode 2) Whatever it Takes [HD]
Que la disfrutéis :grin:

Contacto

VendajeSentado en la butaca de la cabina asistencial, apoyo la cabeza sobre el lateral del mueble mientras cierro los ojos y disfruto del sopor de vuelta a la base. Dado que Jack -el otro técnico- es también conductor, intercambiamos el timón del barco, como le gusta decir, mediada la guardia. Quizá debería haber elegido un menú más ligero, pero los espaguetis y el filete con patatas parecían la mejor opción después de una mañana de avisos y con otras siete horas por delante.

El timbre del teléfono móvil desvanece mis ensoñaciones desde la zona de conducción. Alzando la voz para sobreponerse al rugido creciente del motor, Eva recita: accidente en la planta cárnica, hemorragia grave. El golpe de adrenalina me ayuda a incorporarme para, asido a la barra al efecto que recorre el techo, hacerme apresuradamente con sueros, gasas y vendas de los estantes. El impulso de la frenada previa a la primera rotonda me devuelve casi volando al asiento, donde me abrocho de nuevo el cinturón de seguridad. Nota mental: la siguiente guardia, sopa y ensalada.

Los líquidos tibios serpentean a través de las conducciones de plástico transparente, retirando el aire que de llegar al torrente circulatorio pondría en peligro la vida del paciente; apenas he terminado de preparar los sistemas de infusión intravenosa cuando compruebo que ya hemos llegado. Dado que al avisarnos estábamos en marcha y que mi compañero conoce bien la zona, han pasado menos de cuatro minutos. Perfecto.

Mientras nos apeamos de la unidad, un grupo de personas con monos de trabajo abandona la nave industrial cargando esforzadamente hacia nosotros un cuerpo inerte como un muñeco de trapo. Cambiando de inmediato el plan -nuestro “modus operandi” habitual es la asistencia en el lugar del accidente- Jack abre las puertas traseras y extrae de su plataforma la camilla en la que instantes después aterriza nuestro paciente.

El rojo sangre que mancha casi toda su ropa contrasta sobremanera con lo pálido de su tez. Un aparatoso vendaje improvisado cubre desordenadamente el antebrazo izquierdo, por lo que Carol comienza en el derecho la búsqueda de una vena para canalizarla y reponer líquidos. Tengo un salino y un expansor purgados, le informo; no esperaba menos, replica ella mostrando su confianza al tiempo que Eva comprueba pulso y respiración, todavía presentes.

¡Tus tijeras! Tras varios años formando equipo, la médico conoce cada pieza del equipo que llevo conmigo, pero en este caso lo que me extraña es el objetivo ¿Qué hay que cortar? me ofrezco. El vendaje, quiero ver la herida. No puede ser, la regla de oro para cohibir una grave hemorragia es no retirar los primeros apósitos, especialmente si ya está taponada como es el caso. Disconforme, extiendo la herramienta hasta su mano y doy un discreto paso atrás ante la expectativa de un violento surtidor granate.

Para mi sorpresa, las capas de tela van cayendo pero la sangre no se muestra. ¿Dónde se ha cortado? inquiere Eva a los expectantes compañeros que nos rodean. Al parecer nadie vio el momento preciso. La piel queda ya al descubierto, y Eva la registra volteando una y otra vez el antebrazo tratando de localizar el origen del sangrado. Un momento, indica dirigiendo la mirada a Carol, que mantiene la aguja sin introducir.

Escúchame. Las palabras de la doctora, en un tono tan firme como suave, destacan sobre el ruidoso ambiente, pues se ha arrodillado para acercarse al oído del trabajador: Estás bien, puedes incorporarte. Como abandonando un profundo trance, sus párpados se separan perezosamente y los ojos examinan con sorpresa el espacio circundante. Al tiempo que los presentes intercambiamos miradas de extrañeza, ella le invita a compartir la historia. Noté el frío de la cuchilla y anudé la toalla sin mirar, avisando a los compañeros justo antes de desvanecerme por la impresión. Un rasguño apenas visible certifica la veracidad de su relato.

Minutos después y con el informe de la asistencia en la mano, el trabajador camina hacia a la nave dando todo tipo de explicaciones a sus compañeros; lo que no podemos prevenir son los chascarrillos de los días venideros. Consigo contener mi curiosidad tan sólo unos segundos: ¿Cómo lo has sabido? En realidad no lo sabía -responde Eva- pero investigué porque algo no cuadraba. Sí, hay que tener algo más que títulos para ser buen médico en extrahospitalaria.


Contacto

VendajeSentado en la butaca de la cabina asistencial, apoyo la cabeza sobre el lateral del mueble mientras cierro los ojos y disfruto del sopor de vuelta a la base. Dado que Jack -el otro técnico- es también conductor, intercambiamos el timón del barco, como le gusta decir, mediada la guardia. Quizá debería haber elegido un menú más ligero, pero los espaguetis y el filete con patatas parecían la mejor opción después de una mañana de avisos y con otras siete horas por delante.

El timbre del teléfono móvil desvanece mis ensoñaciones desde la zona de conducción. Alzando la voz para sobreponerse al rugido creciente del motor, Eva recita: accidente en la planta cárnica, hemorragia grave. El golpe de adrenalina me ayuda a incorporarme para, asido a la barra al efecto que recorre el techo, hacerme apresuradamente con sueros, gasas y vendas de los estantes. El impulso de la frenada previa a la primera rotonda me devuelve casi volando al asiento, donde me abrocho de nuevo el cinturón de seguridad. Nota mental: la siguiente guardia, sopa y ensalada.

Los líquidos tibios serpentean a través de las conducciones de plástico transparente, retirando el aire que de llegar al torrente circulatorio pondría en peligro la vida del paciente; apenas he terminado de preparar los sistemas de infusión intravenosa cuando compruebo que ya hemos llegado. Dado que al avisarnos estábamos en marcha y que mi compañero conoce bien la zona, han pasado menos de cuatro minutos. Perfecto.

Mientras nos apeamos de la unidad, un grupo de personas con monos de trabajo abandona la nave industrial cargando esforzadamente hacia nosotros un cuerpo inerte como un muñeco de trapo. Cambiando de inmediato el plan -nuestro “modus operandi” habitual es la asistencia en el lugar del accidente- Jack abre las puertas traseras y extrae de su plataforma la camilla en la que instantes después aterriza nuestro paciente.

El rojo sangre que mancha casi toda su ropa contrasta sobremanera con lo pálido de su tez. Un aparatoso vendaje improvisado cubre desordenadamente el antebrazo izquierdo, por lo que Carol comienza en el derecho la búsqueda de una vena para canalizarla y reponer líquidos. Tengo un salino y un expansor purgados, le informo; no esperaba menos, replica ella mostrando su confianza al tiempo que Eva comprueba pulso y respiración, todavía presentes.

¡Tus tijeras! Tras varios años formando equipo, la médico conoce cada pieza del equipo que llevo conmigo, pero en este caso lo que me extraña es el objetivo ¿Qué hay que cortar? me ofrezco. El vendaje, quiero ver la herida. No puede ser, la regla de oro para cohibir una grave hemorragia es no retirar los primeros apósitos, especialmente si ya está taponada como es el caso. Disconforme, extiendo la herramienta hasta su mano y doy un discreto paso atrás ante la expectativa de un violento surtidor granate.

Para mi sorpresa, las capas de tela van cayendo pero la sangre no se muestra. ¿Dónde se ha cortado? inquiere Eva a los expectantes compañeros que nos rodean. Al parecer nadie vio el momento preciso. La piel queda ya al descubierto, y Eva la registra volteando una y otra vez el antebrazo tratando de localizar el origen del sangrado. Un momento, indica dirigiendo la mirada a Carol, que mantiene la aguja sin introducir.

Escúchame. Las palabras de la doctora, en un tono tan firme como suave, destacan sobre el ruidoso ambiente, pues se ha arrodillado para acercarse al oído del trabajador: Estás bien, puedes incorporarte. Como abandonando un profundo trance, sus párpados se separan perezosamente y los ojos examinan con sorpresa el espacio circundante. Al tiempo que los presentes intercambiamos miradas de extrañeza, ella le invita a compartir la historia. Noté el frío de la cuchilla y anudé la toalla sin mirar, avisando a los compañeros justo antes de desvanecerme por la impresión. Un rasguño apenas visible certifica la veracidad de su relato.

Minutos después y con el informe de la asistencia en la mano, el trabajador camina hacia a la nave dando todo tipo de explicaciones a sus compañeros; lo que no podemos prevenir son los chascarrillos de los días venideros. Consigo contener mi curiosidad tan sólo unos segundos: ¿Cómo lo has sabido? En realidad no lo sabía -responde Eva- pero investigué porque algo no cuadraba. Sí, hay que tener algo más que títulos para ser buen médico en extrahospitalaria.


Fiesta

Fuegos artificialesUna explosión cubre el oscuro cielo con tonos anaranjados. La segunda, más fuerte, emplea un celeste que recuerda al mar. Otra más, otra… Miles de espectadores rodean la carpa de asistencia sanitaria que las dos decenas de voluntarios allí reunidos hemos desplegado un par de horas antes, en caso de que la protección brindada por la patrona de la acogedora población serrana no sea suficiente. Para nosotros, servicios preventivos como este suponen la oportunidad de saludar y bromear con los compañeros que vemos cada mucho tiempo, dado que las guardias habituales son de apenas tres o cuatro personas. Una sobrecogedora detonación cierra el espectáculo pirotécnico, dando paso a la ronda de aplausos y marcando el comienzo de la recogida del dispositivo. Es difícil hacerme el loco cuando el coordinador solicita un conductor para devolver a la central la ambulancia de préstamo: soy de los pocos que se mueve en transporte público y vive en la capital. De súbito, la agradable brisa del fin del verano trae a mi mente una idea. ¿Guardia esta noche? Antes de alcanzar la decena de propuestas, ya he conseguido reclutar un colaborador de otra base y otros dos compañeros recientemente incorporados, ansiosos de experiencia. Pronto iban a comprobar que el mito de que las ambulancias de refuerzo son más movidas tiene parte de verdad. Antes de nada he de hacer acto de presencia en un chalet cercano, donde se celebra una concurrida reunión familiar. Según lo esperado, me recibe una cascada de chascarrillos acerca de la veracidad de mi excusa, pero apenas he terminado la ronda de saludos cuando un tono de sirena destaca sobre el bullicio. Es la señal, me tengo que marchar, explico. No puedo evitar una media sonrisa al tiempo que acelero al paso camino del vehículo. ¿Qué tenemos? inquiero al tiempo que hago aumentar el rumor del motor, acompañado por el zumbido de la barra de luces rotativas. Es un accidente de tráfico, no hay más datos. La incertidumbre es siempre la norma en los momentos previos, pero en los “tráficos” aún más. En el lugar del accidente quizá un par de conductores rellenen un parte amistoso, pero también es posible que una familia agote su energía enjaulados en los restos de su propio vehículo. Tardaremos lo menos posible en averiguarlo, digo para mis adentros al tiempo que cruzo las rotondas de salida de la localidad retirando el pie del acelerador sólo lo imprescindible. La combinación de las ráfagas de luz con las anaranjadas luces giratorias genera un baile fugaz en los árboles que rodean la amplia carretera. Circulamos prácticamente en solitario, y prescindir de la sirena resalta el agudo silbido del turbocompresor al extraer cada caballo del gasóleo. Conocer al dedillo la respuesta en cada curva permite acercar la velocidad a los límites de la física, pero teniendo siempre presente riesgos ajenos como un conductor ebrio o un animal suelto; no podemos permitirnos no llegar. Pocos kilómetros más adelante, una nube de destellos multicolor anuncia la presencia de otros servicios en el accidente. A un lado de la carretera, un guardia civil conduce hacia su furgón a cuatro engalanados veinteañeros que tratan de explicarle lo sucedido. El rugido de los compresores dirige mi mirada hacia el pesado camión de salvamento, pero sin localizar el supuesto coche accidentado. Rodeando el ruidoso vehículo, descubro que la luz arrojada por los focos de su mástil baña la vegetación que cubre la rotonda, creando una suerte de improvisado escenario teatral. En su centro, un equipo de bomberos se arremolina al lado de un destrozado utilitario que ahora descansa sobre su techo. Tras repartirnos aprendices y tareas, el responsable del mi equipo se dirige al coche mientras yo me encargo de recibir la información del agente. Cuatro leves -retransmito al reencontrarnos instantes después- ¿Y allí? Sólo bomberos con una reanimación, relata con sorprendente calma, transmitiendo la sensación de que poco queda por hacer. ¡Cambiamos! exclamo camino de nuestra unidad, voy yo al coche. Es cierto que la formación en emergencias sanitarias de los bomberos ha avanzado enormemente durante los últimos años. Lo sé porque a veces somos nosotros los encargados de impartirla, tanto en su preparación a la oposición como durante la academia. No obstante, estoy seguro de que este paciente se puede beneficiar de los medios y la experiencia de un equipo sanitario. Central, cinco pacientes, cuatro leves y uno crítico en reanimación; necesitamos otra ambulancia y una UVI-móvil. El micrófono de la emisora cae sobre el salpicadero mientras apresuradamente hago acopio del material. Al tiempo que animo a los bomberos a no detenerse, coloco un collarín a un cuerpo inerte que difícilmente aparenta alcanzar la veintena. Informan de que apenas unos minutos atrás lo encontraron fuera del coche y comenzaron las maniobras. Acaba de vomitar, eso es bueno ¿verdad? inquiere uno de ellos demandando algo de esperanza. Mi respuesta le devuelve a la dura realidad: depende… si no hay otros signos de vida es probable que el aire no esté entrando a los pulmones, desviándose hacia el estómago y llenandolo hasta que éste expulsa bruscamente su contenido. Empecemos por ahí: el motor del sistema de aspiración se esfuerza en hacerse con el líquido difícilmente identificable que rebosa por su garganta, mientras continúa el masaje cardíaco. Muy difícil, pienso en voz alta. Segundos después, recolocamos la cánula que facilita el paso del oxígeno e intentamos de nuevo introducirlo en sus pulmones, manteniendo una presión en su nuez que cierra el paso desde el estómago; parece que el balón de resucitación se deja comprimir con algo más de facilidad. Pasados un par de minutos, una rápida ojeada al indicador me confirma que la sangre que impulsamos transporta algo de oxígeno. ¿Donde andará esa UVI? ¡Y treinta! Tras el aviso del fin de la serie de compresiones torácicas, sello con la mano izquierda la mascarilla sobre el rostro y aprieto con la derecha el balón de goma. El pecho se eleva, pero el músculo cardíaco no muestra el menor signo de actividad. Durante la segunda insuflación levanto la mirada hacia los destellantes ámbar de un pequeño vehiculo que se dirige a toda velocidad hacia nuestra posición. Cuando lo reconozco como uno de los coches de atención domiciliaria, desciende apresuradamente de él un equipo de tres personas, pues además del médico y técnico habituales acuden a avisos graves con enfermero y material avanzado prestados del centro de urgencias. El azar querría que pasado un tiempo lo conociera de primera mano al estar asignado durante más de dos años en aquella misma unidad. ¿Un ocho? El médico asiente. Mientras preparo un tubo de aquel tamaño con el que intentará aislar las vías respiratorias del joven, él se tumba sobre la hierba seca para poder observar su maniobra. Parece complicado, advierto mientras me cubro los ojos con las gafas de protección ante salpicaduras, recordando todo lo que se encontraba en la garganta del paciente minutos antes. Al introducir el instrumento metálico, un súbito espasmo impregna nuestros rostros con un incómodo moteado rojizo, y el equipo médico parece preguntarse si aquella demostración de riesgos laborales estaba ensayada antes de volver a intentar la técnica, ya con el rostro protegido. Tras un fallido tercer intento reconocen la enorme dificultad de la maniobra en aquellas circunstancias, por lo que la eterna espera a la UVI-móvil continúa. Al menos el enfermero ha conseguido canalizar dos estrechos accesos venosos, pero eso no hará que nuestro paciente se recupere. Tras un interminable cuarto de hora, el esperado equipo hace acto de presencia. Disculpad el retraso -son las primeras palabras del doctor que lo lidera- venimos del Real. Al menos hay tres unidades mucho más cerca, no puedo evitar pensar, debe ser una noche realmente dura para que estén todas ocupadas. Pese a contar con otras alternativas menos complejas de ejecutar, el segundo médico decide repetir la maniobra. Afortunadamente para él y para nuestro paciente, en esta ocasión el extremo del tubo alcanza su destino, llenando los pulmones con el ansiado oxígeno. Bip. Bip. Todas las miradas del equipo convergen en la línea de luz trazada por el monitor, que comienza a registrar actividad eléctrica en el hasta entonces inmóvil corazón; dos dedos sobre el cuello y el médico confirma la buena noticia: tiene pulso. El equipo de bomberos no puede reprimir el júbilo tras el resultado del intenso esfuerzo, pero los rostros de todos los sanitarios reflejan que hemos presenciado demasiadas situaciones similares con final amargo como para contagiarnos. Al introducir la camilla con el paciente crítico en la UVI, escucho tras de mí una voz familiar: Estamos aquí ¿Cómo lo organizamos? La ambulancia titular de nuestra base acaba de llegar, por lo que sólo resta iniciar el camino hacia el hospital. Ya al volante, uno de los dos pacientes -dos leves más viajan en la otra ambulancia- se dirige a mi a través del ventanuco: ¡Con cuidado, eh! Que ya hemos tenido el susto de hoy… Una sonora carcajada resuena en la cabina asistencial como producto a su brillante ocurrencia. Inspirando profundamente, contemplo la sangre de su amigo que todavía mancha parte de mi uniforme y piso suavemente el acelerador alegrándome de no estar al otro lado del tabique, donde el jolgorio continúa. En la clasificación de pacientes del hospital, la doctora se sobresalta ante la fila de heridos que traemos ¿Han derivado a los cuatro aquí? Bueno, son leves y el hospital de al lado está con la parada recuperada, explicamos. Ella asiente al mismo tiempo que pulsa el timbre de emergencias. Son de un accidente fuerte -se justifica mientras entramos en la sala de reanimación- hay que asegurarse rápidamente de que ninguno tiene nada grave. Un trío de médicos y otras tantas enfermeras abandonan al punto sus tareas en la sala aneja y cruzan el pasillo que nos separa. El destello en la mirada de una de ellas confirma que agradece sorprendida mi presencia: no te alegres mucho, susurro cuando pasa por mi lado. Instantes después, todos los profesionales se afanan en la primera valoración a los heridos, por lo que un breve roce de manos y una casi inaudible despedida harán las veces del contacto acostumbrado. Con el singular grupo ya en buenas manos, tomamos el camino de la base cuando un temblor desde el bolsillo me sobresalta. Al otro lado del aparato, una voz femenina exclama: ¡Se han escapado! Es judicial, tendremos que reportar la fuga al jefe de guardia y a la Policía. Resoplo. Vamos a dar una vuelta -respondo tratando de resultar constructivo- pero aunque les encontráramos no creo que pudiéramos hacer que volvieran. ¡Mierda! Tampoco podíais evitarlo, mañana me cuentas más. Las desiertas aceras que rodean el hospital no muestran rastro de los chavales, que probablemente han continuado su noche de particular juerga. Antes de acceder a la autovía detenemos las dos ambulancias en las urgencias del otro gran hospital. Allí, un equipo de UVI móvil recoge con pesadumbre. No ha podido ser. Es la respuesta a nuestra pregunta: el corazón del chaval se detuvo durante la transferencia y, a diferencia de lo que ocurrió en la escena y durante el camino, en aquella ocasión no volvió a latir ni siquiera con la ayuda de los medios hospitalarios. Esa noche, las nuevas incorporaciones aprenden que en ocasiones todo no es suficiente. Que las situaciones no siempre tienen sentido. Y que, aunque el aviso flote en el ambiente durante el silencioso trayecto de vuelta, no podemos olvidarnos de cambiar las botellas de oxígeno vacías. Porque nunca se sabe lo que nos espera.

Impresiones

ImpresionesAlcanzado el mediodía, apenas hemos realizado tres sencillos avisos desde el comienzo de la guardia. La UVI móvil está completamente revisada, su material repuesto, y no hay ninguna avería que Heihachi -el segundo técnico de a bordo- y yo podamos reparar, como es nuestra costumbre. Plenamente consciente de lo sencillo que resulta invocar a los dioses de la emergencia, me sitúo en el centro de la sala de descanso y enuncio en voz alta las palabras mágicas: Qué guardia más tranquila. Maestro separa la vista del diario mientras lanza al aire su queja: joé, casi tenía el sudoku.

De acuerdo a lo previsto, un minuto después el móvil de los avisos reclama nuestra atención timbrando y revolviéndose sobre la mesa del estar, provocando que Enformera me lance una mirada de desaprobación. Una media sonrisa escapa de mis labios al replicar: así Ángela aprovecha la guardia… La joven estudiante de enfermeria tuerce el gesto al verse involucrada, pues pese a que sólo nos conocemos desde hace unas horas, sospecha acertadamente que es el deseo de acción lo que me verdaderamente me mueve.

Varios años manejando de continuo el mismo modelo de furgón hacen que conozca sus reacciones casi al milímetro, lo que, unido a la minuciosa revisión efecuada, permite frenar un poco más tarde, girar un poco más rápido, acelerar con más decisión; siempre que se conserve intacto el margen de seguridad, los segundos ganados al tráfico son mi trofeo. No en todos los avisos está en juego la vida del paciente -afortunadamente para ellos y para nuestra salud mental- pero en todos hay al menos una persona que pide ayuda, que desea con vehemencia que ya estemos ahí. Maestro prescinde de sus habituales bromas al presentar el aviso: dicen que es una hemorragia grave. No sé bien por qué pero no tiene buena pinta.

¡Está en la cocina! exclama un joven mientras atravesamos el portal de la vivienda, tratando de no derribar con nuestra utillería los numerosos efectos decorativos del recibidor.
Algo bloquea la puerta, permitiendo tan solo un pequeño ángulo a través del que nos retorcemos para acceder, descubriendo en el interior un manto de denso líquido grana que cubre casi por completo el piso de gres. El cuerpo inerte de una mujer mayor yace contra la puerta cosido a puñaladas, probablemente producidas por un enorme cuchillo de cocina que descansa junto a ella. Maestro, apoyándose en la encimera, trata de salvar el mar de sangre para alcanzar la cabeza de la víctima. Heihachi hace el gesto de acompañarle para comenzar la reanimación, pero me veo obligado a frenarle. Desde el otro lado, Maestro posa sus dedos sobre el cuello manchado, y con la vista fijada en el pecho inmóvil, sacude suavemente la cabeza de lado a lado. No hay nada que hacer.

Aunque resulte difícil, en ocasiones como esta en las que la fatalidad del desenlace resulta probable, es necesario contener la adrenalina unos segundos. Iniciar las maniobras de resucitación en un paciente sin opciones de supervivencia alteraría la escena del suceso, complicando la investigación policial posterior, lo que supondría mayores molestias, si cabe, a la familia. Alrededor del cuerpo sin vida se encuentran varias piezas de carne sin cocinar, lo que añade un aspecto exageradamente siniestro a la ya desagradable escena. Quizá fuera ese el objetivo primero del cuchillo, y la idea de lesionarse a sí misma sobrevino de forma súbita pero irrefrenable.

Hijos y nietos, ahora reunidos en el salón, recomponen la situación -tratando de no descomponerse ellos- para articular la breve historia que figurará en el informe clínico. Llevaba tan sólo unos minutos sola en la cocina, cuando un miembro de la familia entró y descubrió el dramático escenario. Pese a la enfermedad psiquiátrica que la atenazaba desde hace varios años, nadie esperaba algo tan súbito. Al tiempo que maestro completa la documentación necesaria, Ángela aprende que en ocasiones el verdadero trabajo comienza tras el fallecimiento: la pesada sombra de la culpabilidad no debe recaer sobre nadie, pues podría provocar tensiones insoportables más adelante. Asimismo, debemos confirmar que cuentan con la ayuda profesional que les permitirá afrontar un duelo tan duro a largo plazo.

Ahora debemos buscar el momento y el interlocutor adecuado para detallar el incómodo protocolo: resulta imposible certificar un fallecimiento inesperado y del que no se pueden corroborar las circunstancias, por lo que tendrá que ser la comisión judicial la responsable final del procedimiento. La Policía custodiará el cadáver y, dada la violencia del suceso, puede que requieran un equipo de investigación, sin que ésto suponga sospecha en forma alguna.

Una vez transmitido el relato a los agentes, descendemos apesadumbrados la escalera. Sin intercambiar palabra emitimos el mensaje automatizado de fin de intervención, y es Maestro el que se encarga de quebrar el tenso silencio con la propuesta de acudir al comedor del hospital. Ninguno sentimos la necesidad, pero tampoco somos nuevos en esto y sabemos que el almuerzo lo determina la actividad y no el deseo, o de lo contrario podemos encontrarnos al final de la tarde con un hambre espantosa por no haber hecho lo propio unas horas antes.

El timbre interrumpe la tercera cucharada del primer plato, conformando en los rostros de todo el equipo una agria mueca de desagrado. Con un rápido movimiento, preciso tras haberlo practicado cien veces, divido longitudinalmente el panecillo e introduzco el filete de pollo, construyendo un segundo plato a engullir camino del vehículo. La mano izquierda de maestro nos indica calma, mientras la derecha sujeta el teléfono móvil mediante el que conversa con la central: ¿Qué ocurre ahí? -separa el micrófono unos centímetros- hay que volver al domicilio anterior; no hay más heridos, pero parece que la Policía requiere nuestra presencia. Espera -me espeta mientras me incorporo de la silla del comedor- no saldremos hasta que hayamos comido. Tras varios años juntos, sabe que no soy tan fácil de convencer: bajo mi responsabilidad, apostilla, por lo que vuelvo a tomar asiento.

Apenas veinte minutos después, ascendemos de nuevo las escaleras. En el rellano, un hombre jovial, con un rostro cubierto de pecas y coronado por una mata de ensortijado pelo rojizo, exclama al vernos: ¡Qué pronto! No hacía falta, no era tan urgente… Maestro me dirige una simpática mirada. Uno a cero; está claro que es el responsable del equipo no sólo porque figure en la normativa. Mientras se asegura de entornar la puerta de entrada para aislar a la familia, nuestro interlocutor se identifica como el Subinspector de homicidios.

No hay ningún problema, simplemente necesitaba cotejar vuestras huellas con las del suceso, para excluir cualquier otra participación. Veo que calzáis botas de trabajo, que se corresponden con la misma huella en diferentes tamaños, pero hay otra diferente, hecha como de bolitas… Inmediatamente dirigimos la mirada hacia las modernas deportivas que viste Ángela. Al percatarse, ella apoya una puntera quedando al descubierto la suela, cubierta de goma con forma de innumerables cabezas de tachuela. El Subinspector retrasa los hombros al tiempo que alarga su brazo hacia ella, quedando en el extremo un dedo acusador. Su exclamación se acompaña de un tono de sorpresa: ¡Fuiste tú!

La piel de nuestra compañera de hoy se torna pálida. Su respiración cesa, mientras el resto de los componentes del equipo cruzamos miradas preguntándonos si acabará como paciente. De inmediato, el acusador se relaja y, entre risas, rodea con su brazo los hombros de la alumna: ¡Era broma! ¡Todo resuelto!

Ángela no consigue deshacerse de la mirada circunspecta mientras desciende los mismos escalones por segunda vez en la mañana ¿Esto se lo haceis a todos? Sólo a los buenos, replica divertida Enformera. Supongo -continúa su supervisora, más en serio- que su necesidad de no llevarse a casa tantas situaciones estresantes genera mecanismos de defensa así de curiosos. Tras deslizar la pesada puerta corredera sobre el lateral de la ambulancia, Ángela entra de un salto en la cabina asistencial y se acomoda en uno de lo asientos. Lo que digáis, pero creo que me está sentando mal la comida…


Ausencia

MetroCon un movimiento totalmente mecánico, mis dedos activan de forma autónoma el interruptor de los destellantes. En respuesta, los laterales del pasadizo de acceso a las urgencias del hospital refulgen en color ámbar hasta que emergemos a la noche. La dirección recién recitada por la operadora a través de la emisora, que Martes acaba de anotar diligentemente en el registro de avisos, corresponde a la bocacalle de una gran avenida de nuestra zona habitual de trabajo, por lo que ni siquiera consultamos el callejero; son las ventajas de llevar varios meses trabajando a un ritmo de veintipico avisos por noche. ¿Qué tenemos ahí? inquiere mi compañero. Un paciente psiquiátrico que quiere ingresar, responde la voz entre el chisporroteo analógico del sistema de comunicaciones.

Es habitual recibir cada noche al menos un aviso de estas características. Pacientes ya diagnosticados que, dudando de su capacidad para afrontar las horas venideras, solicitan ser trasladados al único recurso especializado disponible: las urgencias hospitalarias. Por un lado nos resulta ciertamente frustrante no poder hacer nada más por ellos que un mero servicio de taxi, pero por otro la sencillez y la rapidez con la que habitualmente se resuelven juegan a nuestro favor. Genial -comenta Martes- con algo de suerte aligeramos la cola de pendientes.

Un portal antiguo y de aspecto algo descuidado da la bienvenida a una construcción unifamiliar aparentemente anacrónica para la gran ciudad. El amarillento botón circular del timbre provoca un zumbido agrio, seguido por unos segundos de silencio. Está abierto, informa una voz femenina desde el interior. Una leve presión sobre la puerta desencadena, en efecto, un chirrido con el que ésta se desplaza hacia un oscuro recibidor. Desvanecido el gemido, la voz nos invita de nuevo a acceder. El vestíbulo desemboca en un angosto pasillo, iluminado tristemente por una pequeña lámpara que, visiblemente descuadrada, cuelga sobre la pared izquierda. Por toda decoración, un baúl propio de un anticuario descansa cubriendo el recodo en el extremo del corredor.

Finalmente el origen de la voz se revela como una desaliñada mujer que podría rondar la treintena, vestida con un amplio pantalón de chandal gris y una holgada camiseta, aparentando haber salido recientemente de la cama. Caminando desde cada extremo, nos encontramos a mitad del pasillo. ¿Ha llamado a una ambulancia? Sí, es para mí. Bien… ¿Qué le ocurre? Acabo de ver a Padre ¿Habéis discutido, algún disgusto? No, en realidad no hemos llegado a hablar ¿Entonces? Es que… Padre lleva fallecido cinco años.

Martes no necesita expresarse en voz alta, pues su gesto transmite algo como Eso te pasa por preguntar. Bueno… -comienzo de nuevo- ¿Te parece bien que te acompañemos al hospital? Allí, el psiquiatra de guardia te examinará y te ajustará el tratamiento para que te encuentres mejor. Una lánguida respuesta afirmativa provoca que los tres iniciemos el camino hacia el portal. Apenas media docena de pasos después, ella se detiene bruscamente y gira la cabeza en dirección al vetusto baúl. ¿Lo veis? pregunta con inquietud. Está allí, junto a la esquina, al fondo del pasillo. Su tono de voz y su mirada revelan que la presencia de aquel hombre le resulta tan tangible como la nuestra.

Mi respiración cesa involuntariamente cuando vislumbro, al final del corredor, una sombra que parece entrelazarse consigo misma, conformando sobre la penumbra la parte superior de un torso, del que nace un cuello con su correspondiente testa. Arrancando mi mirada del hipnótico dibujo antes de que se complete, me dirijo a un Martes también absorto en la supuesta imagen: Nos vamos ya ¿no? Sí, sí, claro, confirma sacudiendo la cabeza.

La dirección de nuestra empresa no permite que acompañemos a los pacientes durante el trayecto hacia el hospital -alegan que no es el modelo de ambulancia adecuado-, por lo que, salvo los casos excepcionalmente graves en los que Martes asume la responsabilidad de contradecir las órdenes, durante los viajes de retorno él me acompaña en la cabina de conducción. Es impresionante el poder de la mente, comento. Será todo lo “mental” que quieras pero casi tengo que cambiarte el pañal a mitad del pasillo. No puedo evitar una sonrisa al replicar Hablas como si tú no lo hubieras visto… Tan claro como tú, por eso tenía esa cara.

En algunas ocasiones es necesario un gran esfuerzo para empatizar con un paciente; en ésta, la sintonía simplemente ocurrió.


Ausencia

MetroCon un movimiento totalmente mecánico, mis dedos activan de forma autónoma el interruptor de los destellantes. En respuesta, los laterales del pasadizo de acceso a las urgencias del hospital refulgen en color ámbar hasta que emergemos a la noche. La dirección recién recitada por la operadora a través de la emisora, que Martes acaba de anotar diligentemente en el registro de avisos, corresponde a la bocacalle de una gran avenida de nuestra zona habitual de trabajo, por lo que ni siquiera consultamos el callejero; son las ventajas de llevar varios meses trabajando a un ritmo de veintipico avisos por noche. ¿Qué tenemos ahí? inquiere mi compañero. Un paciente psiquiátrico que quiere ingresar, responde la voz entre el chisporroteo analógico del sistema de comunicaciones.

Es habitual recibir cada noche al menos un aviso de estas características. Pacientes ya diagnosticados que, dudando de su capacidad para afrontar las horas venideras, solicitan ser trasladados al único recurso especializado disponible: las urgencias hospitalarias. Por un lado nos resulta ciertamente frustrante no poder hacer nada más por ellos que un mero servicio de taxi, pero por otro la sencillez y la rapidez con la que habitualmente se resuelven juegan a nuestro favor. Genial -comenta Martes- con algo de suerte aligeramos la cola de pendientes.

Un portal antiguo y de aspecto algo descuidado da la bienvenida a una construcción unifamiliar aparentemente anacrónica para la gran ciudad. El amarillento botón circular del timbre provoca un zumbido agrio, seguido por unos segundos de silencio. Está abierto, informa una voz femenina desde el interior. Una leve presión sobre la puerta desencadena, en efecto, un chirrido con el que ésta se desplaza hacia un oscuro recibidor. Desvanecido el gemido, la voz nos invita de nuevo a acceder. El vestíbulo desemboca en un angosto pasillo, iluminado tristemente por una pequeña lámpara que, visiblemente descuadrada, cuelga sobre la pared izquierda. Por toda decoración, un baúl propio de un anticuario descansa cubriendo el recodo en el extremo del corredor.

Finalmente el origen de la voz se revela como una desaliñada mujer que podría rondar la treintena, vestida con un amplio pantalón de chandal gris y una holgada camiseta, aparentando haber salido recientemente de la cama. Caminando desde cada extremo, nos encontramos a mitad del pasillo. ¿Ha llamado a una ambulancia? Sí, es para mí. Bien… ¿Qué le ocurre? Acabo de ver a Padre ¿Habéis discutido, algún disgusto? No, en realidad no hemos llegado a hablar ¿Entonces? Es que… Padre lleva fallecido cinco años.

Martes no necesita expresarse en voz alta, pues su gesto transmite algo como Eso te pasa por preguntar. Bueno… -comienzo de nuevo- ¿Te parece bien que te acompañemos al hospital? Allí, el psiquiatra de guardia te examinará y te ajustará el tratamiento para que te encuentres mejor. Una lánguida respuesta afirmativa provoca que los tres iniciemos el camino hacia el portal. Apenas media docena de pasos después, ella se detiene bruscamente y gira la cabeza en dirección al vetusto baúl. ¿Lo veis? pregunta con inquietud. Está allí, junto a la esquina, al fondo del pasillo. Su tono de voz y su mirada revelan que la presencia de aquel hombre le resulta tan tangible como la nuestra.

Mi respiración cesa involuntariamente cuando vislumbro, al final del corredor, una sombra que parece entrelazarse consigo misma, conformando sobre la penumbra la parte superior de un torso, del que nace un cuello con su correspondiente testa. Arrancando mi mirada del hipnótico dibujo antes de que se complete, me dirijo a un Martes también absorto en la supuesta imagen: Nos vamos ya ¿no? Sí, sí, claro, confirma sacudiendo la cabeza.

La dirección de nuestra empresa no permite que acompañemos a los pacientes durante el trayecto hacia el hospital -alegan que no es el modelo de ambulancia adecuado-, por lo que, salvo los casos excepcionalmente graves en los que Martes asume la responsabilidad de contradecir las órdenes, durante los viajes de retorno él me acompaña en la cabina de conducción. Es impresionante el poder de la mente, comento. Será todo lo “mental” que quieras pero casi tengo que cambiarte el pañal a mitad del pasillo. No puedo evitar una sonrisa al replicar Hablas como si tú no lo hubieras visto… Tan claro como tú, por eso tenía esa cara.

En algunas ocasiones es necesario un gran esfuerzo para empatizar con un paciente; en ésta, la sintonía simplemente ocurrió.


Justicia

JusticiaUn simpático hormigueo juguetea con mi muslo derecho al tiempo que la realidad me envuelve con suavidad. Los párpados se separan poco a poco, y a su través aprecio un gris polígono industrial que cruza fugaz la ventanilla del autobús. Espero que estos minutos de sueño imprevisto me ayuden a espabilarme en las horas de clase que me esperan. El leve temblor cesa por unos momentos, pero se reanuda tenazmente pocos segundos después… qué gracioso, pienso mientras mi mente se deshace de la pereza, atravesando lentamente la tierra de nadie camino de la vigilia.

La interminable sucesión de cifras en la pantalla del vibrante teléfono móvil me hace sospechar que se trata de una centralita, es decir, del trabajo. Tras un ¿Sí? un tanto desganado -pues no recuerdo una llamada con buenas noticias por su parte- me informan de que he sido citado como testigo a un juicio por un homicidio en el que intervinimos meses atrás. Vaya, en apariencia las heridas resultaron mortales y no supero la operación. También está convocado el segundo técnico de la dotación… ¿Recuerdas quién era? inquiere mi interlocutora. Francamente, no; su rotación es diferente y frecuentemente son eventuales; consulta cualquiera de los registros: el de recursos humanos, el de la central o el del vehículo, respondo. Ya… es que se han perdido. ¿Los tres? Recuérdame que nunca os deje nada para que lo vigiléis.

*  *  *  *  *

Una semana después, Eva, Carol y yo ascendemos la escaleras de los juzgados con cierta pesadez, pues todos estamos empleando nuestra mañana libre en una asunto laboral no reconocido como tal. Por si fuera poco, todavía conservo el amargo recuerdo de la incertidumbre previa a mi último paso por estas dependencias. En el interior del edificio encontramos al equipo del V.I.R. que también atendió el aviso charlando animadamente con el Director, al que confesamos algo avergonzados que ninguno identificábamos su presencia en aquella intervención. Caminando desde el fondo del pasillo, una pareja de agentes que custodia a una joven de gesto orgulloso y muñecas engrilletadas cruza frente a nosotros y la introduce en la sala. Algo me resulta familiar en el rostro de la detenida… cruzo una mirada con los compañeros, confirmando que comparten la impresión. De súbito, la voz de Carol resuelve el enigma con una contenida exclamación: ¡Es ella!

Aquella joven que lloraba y se lamentaba a voz en grito al ver a su pareja perdiendo la vida a chorros había disparado un arma de fuego contra él pocos minutos antes. No deben existir dudas al respecto pues, como poco después descubrimos, la defensa trata de rebajar la pena alegando que la causa de la muerte fue la inacción de los policías que intervinieron en primer lugar y no los disparos efectuados; desde nuestro inexperto punto de vista, lo inverosímil de la argumentación la sitúa decididamente como culpable.

Aprovechamos la espera durante la vista oral para ponernos mutuamente al día, pero dado que apenas hace un par de jornadas que hemos compartido un turno de trabajo, las novedades se agotan; pasamos a comentar la extraña impronta del suceso que ahora se
juzga, en el que trabajamos con la homicida tan cerca de la víctima como de nosotros. Transcurridas un par de horas, la voz de un funcionario desde la puerta enuncia el nombre completo de Eva, la médico. Una vez finalizada su intervención diez minutos después, los integrantes del resto del equipo accedemos individualmente a la sala, en la que enmarcado por un silencio solemne cada trabajador relata lo que aconteció según su recuerdo. Realmente nuestro sucinto testimonio no aporta demasiada información desconocida, lo que acrecienta la impresión de haber invertido las horas en vano.

Carol es la última en ser requerida, pero todos aguardamos en el pasillo a que complete su declaración cual familia bien avenida. Apenas un minuto después de su entrada, la puerta que da acceso a la sala se abre: nuestras miradas de sorpresa, dada la aparente brevedad de su exposición, encuentran en ella un gesto de profundo desaire que no trata de disimular ¿Tan pronto? ¿Qué ha pasado? inquirimos con curiosidad: ¡Toda la mañana perdida para esto! Al entrar, me han dicho que no tenían preguntas que hacerme y que me podía marchar; me ha faltado un pelo para exclamar ante el auditorio “yo sé lo que ocurrió de verdad, y no es lo que ustedes creen”, y salir inmediatamente de la sala dando un portazo. Nuestras carcajadas inundan el corredor, pues conocemos bien el carácter resuelto de Carol: realmente ha estado cerca de armar el escándalo del día en ante el tribunal. Quizá, considerando el carácter familiar de la mañana, no debamos darla completamente por perdida.


Fuego amigo

Luces Azules“Tratamiento: no precisa. Acudir a atención primaria si repite el episodio”. Al tiempo que el bolígrafo de Eva vuela sobre un informe médico dejando un descriptivo rastro de exploraciones, la sosegada pero firme voz de Carol instruye a la joven paciente sobre cómo plantar cara a la angustia si la atenaza de nuevo. De súbito, un inesperado timbre de teléfono móvil interrumpe ambas tareas; apartando por un segundo la vista de la hoja, la doctora se sonríe al leer “Los Cansinos” en la pantalla que ahora destella, pues ya ha olvidado que alguien en un turno anterior sustituyó el nombre de contacto habitual de la central por otro algo más cómico. Pero por muy cansinos que sean, no es frecuente que nos interrumpan mientras estamos realizando un aviso.

¿Os queda mucho ahí? No, estamos terminando. Tenemos disparos en una vivienda de la Avenida Sur ¿Podéis haceros cargo?. Claro, confirma Eva, al tiempo que arranca la hoja autocopiativa, ya completada, para despedimos con premura de la paciente y de su familia. Mientras emprendemos la ruta por el itinerario óptimo, dibujado segundos antes en la mente de Director -el conductor de esta tarde- contactamos de nuevo con la central. ¿Sabemos algo más? No mucho, hay heridos pero se desconoce el número, también se dirige al lugar un Vehículo de Intervención Rápida. Al ritmo de las sacudidas del viaje, preparo en la cabina asistencial varios sueros intravenosos previamente calentados para ahorrar algo de tiempo: llegar al hospital unos segundos antes puede ser decisivo para un herido por arma de fuego.

Dos grupos de destellos azulados destacan frente al portal; los coches patrulla están vacíos, sus ocupantes deben de haberse introducido ya en la vivienda. Para nuestra tranquilidad, dos rugidos de motor de gasoil que se transforman en chirridos de neumáticos anuncian la llegada de otros dos vehículos policiales mientras descendemos de la ambulancia. Lo primero es lo primero: en el portal del edificio nos reunimos con los agentes que acaban de llegar: ¿Es seguro subir? A través de la emisora, los compañeros que ya se encuentran en el piso confirman que está despejado pero que todavía no tienen al tirador, y que hay un sólo herido muy grave. Al momento se incorpora el equipo del V.I.R., que se une a nosotros sin perder un segundo en la acelerada subida por las escaleras, rodeados por un cinturón policial.

Sobre el suelo del salón, uno de los agentes presiona el abdomen de un joven con objeto de cohibir una intensa hemorragia, mientras sus compañeros continúan inspeccionando nerviosamente cada rincón. Al ser relevado en su tarea, el policía se dedica a calmar a una chica presa de una incontrolable histeria: ¡Pero qué te han hecho! ¡Qué te han hecho! Confirmando nuestros peores pronósticos, la víctima no dispone de mucho tiempo: a pesar de la improvisada pero precisa coreografía ejecutada por ambos equipos de emergencias, el daño que sendos impactos de bala han hecho en su tórax y abdomen provoca que tan sólo un fino resto de vida le sujete a este mundo.

No podemos olvidar las limitaciones que impone el entorno: hay que elegir cuidadosamente los tratamientos a aplicar, pues demorar la cirugía que estamos activando telefónicamente resultaría fatal. Las técnicas imprescindibles se reducen a asegurar la vía respiratoria mediante un tubo traqueal, así como la respiración utilizando un parche que, a modo de válvula, impedirá que el pulmón afectado colapse. En lo referente al estado circulatorio, compresas estériles se esfuerzan en contener la marea rojiza que brota del abdomen mientras las enfermeras aseguran sendos accesos venosos en ambos antebrazos.

Al apreciar que las medidas esenciales están a punto de completarse, me incorporo y, retirando con decisión a la enormemente afectada pareja del herido, desciendo a saltos la escalera hasta la calle y escojo la herramienta que nos permitirá traer hasta aquí al paciente: la lona, una suerte de sábana plástica muy resistente con agarraderas laterales; nunca ha resultado de mi total confianza dado el escaso control que permite sobre el paciente -ya que éste queda envuelto, no sujeto- pero dada la necesaria rapidez y lo angosto del acceso parece la mejor opción. Preparo la camilla en el portal para recibir al paciente, y vuelvo al interior.

Tras una breve pero emotiva despedida de su joven compañera, cuidadosamente hacemos descender al paciente escaleras abajo. La lona no permite errores; un mínimo descontrol en la movilización echaría a perder gran parte del trabajo realizado y, desde luego, no ayudaría en absoluto al grave herido. Durante el trayecto al hospital la vibrante actividad no cesa en el habitáculo asistencial de la ambulancia: es necesario evaluar de continuo la situación para adelantarse a cualquier cambio, y al mismo tiempo asegurarse de que todos los electrodos, tubos, sondas y paños siguen en su lugar. A los pocos minutos nos encontramos, mediante movimientos ensayados, con el equipo hospitalario receptor de pacientes politraumatizados: cada uno conoce lo que ha de hacer y cuándo, de manera que se realicen todas y cada una de sus tareas en el mínimo tiempo. Un par de plantas más arriba, un equipo de expertos aprovecha los minutos previos para preparar la compleja intervención que les mantendrá en tensión durante toda la madrugada.

Cae la noche en nuestra base. Armados con agua oxigenada, desinfectante y la manguera del garaje, Director y yo nos afanamos en eliminar el rastro de la intervención que impregna tanto el material utilizado como el vehículo. En su interior, Eva y Carol contabilizan cuidadosamente el material empleado, para reponerlo y así encontrarnos de nuevo totalmente preparados. ¿Preguntaréis en el hospital por él? formulo en voz alta sin dejar de frotar. Lo intentaremos -responde Carol mientras comprueba un cajetín- pero sabes que es difícil conseguir información, por lo que probablemente nunca lleguemos a saber si sobrevivió.

Probablemente…


Visión en túnel

EfectoTunelEspero que esta mañana tengamos muchos avisos. Le entiendo perfectamente, cuando completé el período de aprendizaje y comencé a conducir ambulancias yo también deseaba ponerme al volante una y otra vez para experimentar esas sensaciones tan características y practicar lo aprendido. No acaba de transcurrir la primera hora de guardia cuando surge una aviso que satisface a la perfección sus expectativas: tanto el trayecto desde la base hasta el lugar como desde allí hasta el hospital son aparentemente sencillos. Inmediatamente, el flamante conductor, otro compañero y yo salimos hacia el lugar con las luces de prioridad activadas.

El rugido del motor se torna más y más agudo, puesto que los cambios de marcha se producen a muchas revoluciones, cuando la electrónica interrumpe la inyección de gasóleo. Asumo mi papel de conductor-tutor: durante los primeros minutos el motor todavía está frío, por lo que conviene circular en marchas más largas para no forzarlo. Su respuesta, un lacónico “ya, ya” no llega a confirmarme que lo haya procesado. La pendiente de la autovía parece empujar con fuerza el vehículo, y la aguja del velocímetro comienza a entrar en una región peligrosa. No es necesario ir tan rápido -explico- el aviso no parece grave, y aunque lo fuera necesitamos garantizar que llegaremos. “Ya, ya”. La sensación de velocidad se acentúa al rebasar a un camión que circula por el carril derecho de la autovía. ¡Blam! De súbito, una enorme mano invisible parece sacudir lateralmente el furgón.

¿Qué pasa? Mi pregunta sólo recibe como respuesta el rostro aterrorizado del compañero que conduce y el chirrido continuo de los neumáticos. Ahora la posición del vehículo es oblicua respecto a su trayectoria, de forma que mira hacia el arcén. ¡No puedo controlarlo! exclama al tiempo que, a modo de demostración, gira el volante a uno y otro lado sin modificar la dirección del movimiento. En pocos segundos el vehículo volcará o se saldrá de la vía a gran velocidad. Trato de recordar algún escenario similar en circuitos de entrenamiento; espero que la técnica surta efecto, es nuestra única opción de salir enteros de esta.

Suelta los pedales y el volante, ordeno con firmeza. Pero… parece objetar ¡Quita las manos y los pies! Alargo los brazos para, mediante el volante, hacer que la dirección de las ruedas delanteras se corresponda con la de avance, para inmediatamente indicar: ahora, suave y progresivamente, acelerador. La fuerza aparentemente divina ahora afianza los neumáticos delanteros sobre el asfalto, y un instante después el cese del agrio sonido nos confirma que lo peor ha pasado. Frena muy suavemente y detente en el arcén. Una vez allí, descendemos del vehículo y contemplamos las dos parejas de oscuros rastros que serpentean descendiendo la pendiente.

La goma de las cubiertas no parece haber sufrido daño alguno, previo ni posterior al incidente. ¿Seguimos? Propongo mirando al tercer compañero; él permanece en silencio, su tez ha perdido todo color y no se ve capaz de murmurar una respuesta mientras su mirada se pierde. Al no estar a los mandos, es el único de la dotación que ha podido apreciar lo cerca que hemos estado de donde no se puede volver. Confiando en que su amplia experiencia le haga superarlo en poco tiempo y anotando mentalmente la necesidad del debriefing a la vuelta del aviso, reanudamos la marcha manteniendo al conductor, pues temo que si le aparto ahora de esa tarea adquiera un temor difícil de superar.

¿Sabes lo que ha ocurrido? Él sacude negativamente la cabeza. Al adelantar tan rápidamente al camión, que tiene un perfil mucho mayor que el nuestro, la racha de viento lateral se ha interrumpido y reanudado muy bruscamente, desplazando al furgón y provocando que los neumáticos perdieran la adherencia. Debe ser parte de tu aprendizaje -continúo- para que jamás vuelva a suceder.

Tras un aviso tranquilo, ya con el paciente en la ambulancia y a pocos metros del hospital, me incorporo para colocarle el manguito de tensión cuando un golpe sordo nos sobresalta desde el lateral. No puede ser… A través del cristal tintado distingo un coche a una distancia demasiado corta: en el último desvío, nuestra brusca incorporación ha provocado que un turismo impacte contra la puerta, causando únicamente daños leves. Ahora los dos conductores discuten acaloradamente desde sus vehículos detenidos sobre la responsabilidad del golpe. Ha llegado el momento de ponernos serios: con la cabeza por fuera de la ventanilla lateral, indico al conductor contrario que nos siga hacia el hospital, para ordenar inmediatamente a mi compañero que continúe con nuestro camino.

Nada más llegar a la entrada de urgencias, le explico sin dar opción a réplica el plan: escucha, nosotros vamos a transferir el paciente a urgencias; tú, mientras tanto, pide disculpas al contrario y rellena los formularios necesarios. Pero… Estaremos de vuelta enseguida, concluyo. Para mi tranquilidad, unos minutos después compruebo que ambos están terminando de cumplimentar sosegadamente la documentación. Ya con las riendas, aprovecho la vuelta a la base para la breve pero necesaria charla: nunca hay que dejarse llevar, ya que centrar toda la atención en un único elemento añade mucho peligro a cualquier intervención. Es imprescindible no perder jamás de vista factores tan fundamentales como la velocidad, las indicaciones de los compañeros o las maniobras del resto de conductores. Él simplemente asiente.

Con el tiempo acumuló kilómetros a sus espaldas realizando innumerables servicios. Pero admito que me costó varios meses volver a subir a una ambulancia pilotada por él.


Cambio de planes

TunelAcostumbrados a las velocidades con las que acudimos a las emergencias, los relajados límites legales hacen que uno de los túneles de la autopista subterránea de la capital -la conexión más rápida entre el hospital y la base- aparente ser interminable. Mas cada norma suele tener su sentido: he de pisar el freno bruscamente al descubrir un cúmulo de vehículos detenidos en el centro de la calzada unos metros más adelante. Al tiempo que pulso instintivamente los interruptores que activan los lanzadestellos, escudriño la cabeza de la retención distinguiendo un pequeño turismo sin daños aparentes detenido en el carril central.

Heihachi -el segundo técnico de la unidad- y yo no necesitamos más. Detengo la UVI móvil en posición oblicua, con objeto de proporcionar un área de seguridad lo más amplia posible, y le propongo un plan que sé que aceptará de buen grado, pues él es el experto en mecánica: Estamos fatal en medio del túnel ¿Le echas un ojo a ver si se puede mover, mientras yo señalizo? Y, de acuerdo a lo previsto, él se acerca al vehículo averíado, ahora transformado en un peligroso obstáculo, y yo me hago con los conos luminosos y corro unos metros contra el tráfico para advertir con antelación a los conductores del bloqueo, al tiempo que solicito telefónicamente la presencia de los agentes de intervención de Calle30. En el interior de la unidad, Némesis cuestiona nuestro trabajo, según su interlocutor me relataría después. ¿Por qué se bajan esos dos? Que más nos dará que haya uno ahí parado. Espera -responde confiadamente Maestro- saben lo que hacen.

Desde mi posición cada vez veo la cosa más fea. La circulación es intensa pero lo suficientemente fluida para que muchos conductores, ignorando mi advertencia, acaben realizando una brusca maniobra para no colisionar contra nuestro furgón. Las ráfagas de aire que me sacuden cada segundo, causadas por el paso cercano de vehículos a alta velocidad, no me inspiran la menor confianza. Heihachi ya debería haber arrancado el vehículo o haberme informado de que es imposible, pero nada de eso ha ocurrido. Es necesario resolver esta situación de inmediato, por lo que corro hacia su posición para encontrarle frente a la ventanilla del conductor, solicitando infructuosamente mediante voces y enérgicos gestos que le dé acceso. ¡Parece que no me entiende! exclama.

Esto no me lo esperaba, pero no nos podemos permitir descolocarnos; abro la puerta delantera de la ambulancia para informar al resto del equipo: El conductor es un paciente con posible alteración neurológica, le traemos. Mientras ellos dos pasan a la cabina asistencial para preparar la recepción, Maestro no puede evitar el gesto de certeza al comentar con nuestra compañera: ¿Lo ves?. Calculo la maniobra de camino hacia el vehículo: usando el punzón al efecto de la multiherramienta de rescate, un impacto en el vidrio triangular de la puerta trasera permitirá atravesarla para levantar su seguro y acceder así al interior. Enfundo las manos en los guantes de protección y ciño los puños de la chaqueta de intervención, pero cuando estoy desbloqueando la sujeción de la herramienta al cinturón, el paciente -quizá sospechando que su utilitario iba a sufrir las consecuencias- parece recobrar por un segundo la lucidez y tira de la manecilla interior de su portezuela, abriéndola. No negaré que introducirse en un vehículo por las malas tiene su atractivo, pero es mejor para todos que no sea necesario.

Mientras protegemos al aturdido paciente frente al tráfico de vuelta a la ambulancia, observamos como dos vehículos de emergencias del túnel se detienen unos metros antes de nuestra posición para establecer una protección adicional. Tras informar a sus trabajadores de lo ocurrido coinciden en lo peligroso de la situación, por lo que organizamos la retirada del vehículo al lateral de la vía. Entretanto, el paciente mejora paulatinamente al recibir en la UVI-móvil el tratamiento para la bajada de azúcar que sufre. Con la cuestión principal encarrilada, uno de los agentes comenta: no termina de gustarme lo de quedarnos esperando a la grúa sin el conductor, puede traer problemas. Dame un segundo, solicita Heihachi; tras un par de trucos de mecánico, el vetusto motor del coche recobra la vida. Perfecto, gracias de nuevo a mi compañero esto ya casi está resuelto.

En el interior de nuestra unidad puedo comprobar que el paciente ha mejorado hasta el punto de ser capaz llamar a su esposa, que le recogerá en el centro de urgencias que también es nuestra base. Escaso minutos después, y para alivio de los trabajadores de la instalación, una reducida comitiva formada por el pequeño vehículo -ahora pilotado por mi compañero- y por nuestra unidad, parte hacia el cercano destino. Una vez allí, nos aseguramos de la recuperación del paciente hasta la llegada de su mujer, que nos agradece una y mil veces la atención pese a nuestra insistencia en que tan sólo realizábamos nuestro trabajo; también aprovechamos el momento para resaltar la importancia del control de la enfermedad por su equipo de Atención Primaria.

Siempre que no te hagan perder el contacto con la realidad, momentos como este son dignos de paladear: frente a un cúmulo de imprevistos como un equipo truncado, un entorno extraño y un paciente fortuito hemos conseguido salir airosos. Sin embargo, los vítores tendrán que esperar al menos a que terminemos el siguiente aviso, pues el teléfono vuelve a sonar.


Cosas del directo

WalkieUno de los muchas aspectos de los que puede presumir mi organización de voluntariado es la disciplina en las comunicaciones: esta cuestión aparentemente secundaria supone una gran ayuda en la actividad habitual y proporciona la seguridad de estar en permanente contacto con la central, especialmente útil cuando la situación se complica. El rígido protocolo de petición de acceso, el uso de códigos y la formalidad en el lenguaje logran la coordinación de todos los equipos de la Comunidad de Madrid mediante un solo canal, y el sistema en abierto permite que cada uno conozca en todo momento la situación del resto.

Hoy, el silencio en la red de radio habla por sí mismo. Parece que está la mañana tranquila, comento a mis dos compañeros de guardia. Las ambulancias de nuestra zona permanecen disponibles en sus bases, lo que disminuye la probabilidad de que tengamos que acudir a avisos por estar ocupadas. La confianza que da compartir dotación con un equipo a toda prueba y el tiempo que hace que no coincidimos provoca que aprovechamos la guardia para ponernos al día de nuestras aventuras, asemejándose el ambiente más al de una reunión de amigos que al un entorno laboral, salvo por las bebidas alcohólicas que tendremos que aplazar hasta el fin del turno. Podríamos aprovechar para ir a tomar algo antes de comer, sugiero. Ambos secundan animadamente la propuesta , pero una llamada interrumpe bruscamente los planes.

Somos requeridos desde el centro de salud de una localidad cercana: un hombre de edad avanzada está siendo atendido allí por dificultad respiratoria y, a pesar de no correr riesgo vital, necesita ser trasladado al hospital para continuar el tratamiento. Perfecto, un aviso sencillo y aparentemente sin complicaciones, que nos permitirá tomar el aire y que finalizaremos a la hora del almuerzo. Inmediatamente tomamos posiciones en la cabina de conducción -hoy el timón es de uno de los compañeros, por lo que yo ejerzo de responsable- y, una vez activados los lanzadestellos, partimos hacia nuestro destino. Inmediatamente tomo el micrófono de la emisora e informo a la central de la salida de nuestra unidad.

Al ir a colocar el dispositivo en el su soporte descubro que, debido al uso intensivo, la pieza que lo sujeta se ha desprendido y, a falta de un lugar mejor, lo deposito descuidadamente en el posavasos incorporado a la consola central. Parece un buen momento para proseguir con la conversación que habíamos abandonado a la fuerza minutos atrás: les relataba que hace unos días recibí un correo electrónico multitudinario pero muy divertido, que ironizaba jocosamente sobre los habituales mensajes que circulan exigiendo precauciones sobre riesgos absurdos; impulsados por la curiosidad, ambos compañeros me animan a recordarlo en voz alta, a lo que accedo dado lo distendido del ambiente: “¡Cuidado! Si llaman a tu puerta y aparece un hombre desnudo, diciendo que está realizando una encuesta para Chupa-Chups y te pide que se la chupes… ¡No lo hagas! ¡Es un estafador! ¡Lo único que quiere es que se la chupes!”.

Sin dar tiempo a que cesen sus carcajadas, siento una vibración en mi bolsillo acompañada de un familiar tono de llamada. La pantalla muestra “Central”; probablemente será para aportar más información sobre el aviso actual, así que lo mejor será que lo oigamos los tres: Ambulancia 04, dígame. La voz de la operadora suena ligeramente distorsionada a través del altavoz del móvil de la guardia: muchas gracias por la información, estaremos atentos, espeta. ¿Qué información? replico extrañado. Cual va a ser, la del hombre los Chupa-Chups… Miro alternativamente a mis compañeros, cuyos rostros reflejan la misma extrañeza. Transcurren un par de extraños e incómodos segundos de silencio hasta que dirijo la mirada a la emisora. Mierda.

El piloto rojo que indica que el equipo está en transmisión está encendido, y no tardo en averiguar la razón: la concavidad del fondo del posavasos ha hecho que el botón del micrófono quede pulsado, por lo que toda la red de emergencias de la Comunidad Autónoma acaba de escuchar la última conversación: ahora la historia hace reír a cada voluntario en las ambulancias y bases de socorro. Vale… me acabo de dar cuenta, informo a mi interlocutora. Para mi desgracia, los acompañantes con los que comparto el espacio del furgón se han percatado al mismo tiempo que yo, y ahora se encuentran con franca dificultad para respirar pues están ocupados desternillándose de la risa de forma francamente escandalosa: por un momento parece que son ellos los que necesitan el oxígeno más que el paciente que trasladaremos.

Sonrío contagiado por lo cómico de la situación y ensayo mi gesto de resignación ante la certeza de que todos los voluntarios de mi base y muchos de otras tendrán una nueva historieta para compartir. En realidad, si no fuera por estos momentos probablemente no estaría aquí.


Némesis

VelasNo acostumbro a tener problemas para conciliar el sueño, pero esta noche soy incapaz de barrer de mi mente las funestas predicciones para la guardia de UVI móvil de mañana. Las características tan particulares de nuestro trabajo lo hacen mucho mejor o mucho peor que uno convencional según el prisma con el que se mire, y la enfermera que nos acompañará parece centrarse exclusivamente en la parte negativa, al contrario de lo que nos ocurre al equipo habitual.

Aunque sucedió varios meses atrás, recuerdo perfectamente la escena: empujo la camilla a través los pasillos del hospital, tratando de evitar toda brusquedad pues trasladamos una joven embarazada. Me doy cuenta de que la susodicha compañera trata de colgar su mochila de una de las agarraderas con objeto de liberarse de su peso, e inmediatamente le pido que no lo haga pues allí se encuentran las palancas de plegado de las patas, que podrían ser accionadas involuntariamente. Unos instantes después, mientras busco con la mirada el camino hacia la salida, un brusco movimiento de la camilla sacude mis manos, y observo con terror como las patas delanteras ceden provocando que la parte delantera de la camilla choque violentamente contra el suelo.

El estruendo hace que Maestro levante apresuradamente la vista de los informes clínicos que estaba revisando, y ante la pregunta del médico, ella separa disimuladamente su mochila del asidero al tiempo que me señala con su índice, exclamando: “¡Ha sido ese!”. Toda forma de violencia física pasa por mi cabeza, afortunadamente sin llegar a realizarse. Menos flagrantes pero igualmente desesperantes resultan esos interminables segundos que transcurren cuando, tras una llamada, hay que esperarla en la ambulancia con el motor arrancado, puesto que súbitamente le surge alguna imperiosa necesidad como buscar algún complemento, pieza de material o de vestuario. En fin, espero que el día pase rápido.

A la media hora de comenzar la guardia, ya con la enfermera saliente rozando la desesperación, el miembro del equipo que faltaba cruza la puerta mientras la dirijo un saludo bajo forzada cortesía. Mis plegarias no han sido escuchadas. Afortunadamente, ninguno de los avisos que realizamos durante la jornada supone un verdadero riesgo vital, lo que unido al excelente manejo por parte de Maestro de todos los posibles perfiles laborales hace que el resto del equipo consigamos, hasta cierto punto, compensar su dejadez. Hasta que, mediada la tarde, somos activados para un aviso potencialmente grave: una mujer joven que ha perdido el conocimiento.

Una vez en el lugar, una mujer de cierta edad que se identifica como vecina, ataviada con el correspondiente uniforme oficial -bata y zapatillas- nos introduce en la angosta estancia donde nos espera sentada la paciente, ahora aparentemente recuperada y acompañada de sus dos hijos pequeños. Una rápida entrevista médica confirma que el origen del desvanecimiento es un estado de ansiedad, generado a su vez por un entorno social y familiar de compleja solución. Por fortuna, su enfermedad del organismo no reviste gravedad, pero no ocurre así con su verdadero problema.

En ese momento de indecisión sobre la próxima acción, nuestra denostada enfermera, en silencio hasta ese momento, da un paso la frente y se coloca de cuclillas frente a la paciente: con las únicas armas de una mirada honesta y una de sus manos en la rodilla ajena para transmitir confianza, entabla un diálogo cercano y directo, que aporta nuevos puntos de vista y arroja algo de luz sobre las sombras de una madre totalmente superada por las circunstancias. La intervención surte efecto de inmediato, y la paciente, ahora incluso sorprendida por el descubrimiento de alternativas, acaba por preguntar: Tú… también te has portado mal alguna vez ¿Verdad? Shh, no se lo cuentes a nadie, recibe como respuesta, acompañada de una media sonrisa de complicidad.

Algo parece descuadrarse en mi mente; aquella trabajadora que me negaba a aceptar como compañera ha sido capaz de aliviar el sufrimiento de la paciente de una forma que yo no habría conseguido, asumiéndolo de la forma más natural posible. Nueva nota mental: he de tratar de conectar mejor con los pacientes, por mucho que su circunstancia me resulte desconocida. Anexo: estaré dispuesto a aprender de todos y cada uno de los compañeros.

Pese a todo, es necesario ceñirse a la realidad. No vamos a cambiar, en los escasos minutos de conversación de los que disponemos en cada aviso, la dirección de la vida de nadie. Pero en este caso podemos estar seguros de que hemos hecho todo lo que estaba en nuestra mano. Una vez de vuelta en el vehículo, no tardo en dirigirme a mi compañera: Así como en su momento te dije lo que me pareció mal, reconozco que esta actuación ha sido admirable. ¿El qué? -replica- si yo no he hecho nada...


Expectativas

ExpectativasPor primera vez en toda la tarde soy consciente de mis párpados al pestañear. Busco con la mirada la brillante bolsa que contiene frutos secos y, tras encontrar en su lugar un cuenco rebosante de cáscaras, la localizo vacía en la papelera. En cuanto se muestra en la pantalla el conocido rótulo de  “To be continued…”, aprovecho el receso para formular mi propuesta a Jesús: Podíamos bajar a reabastecernos, y de paso estirar las piernas. La moción es aceptada, por lo que extraigo con dificultad la espalda del puf, que ya había adoptado mi forma, y creamos un hueco sobre la mesa para recibir los aperitivos que nos acompañaran en la segunda parte de la sesión vespertina de series.

Los rayos del sol golpean en nuestros rostros al abandonar su portal, forzándonos a entrecerrar los ojos. Adoro estas tardes de Sábado libres tan relajadas -medito relajadamente- son mi interpretación personal de “la felicidad en las pequeñas cosas”. Desde el exterior del comercio podemos apreciar como el tendero prepara el surtido habitual tras advertir nuestra inminente llegada. A punto de acceder, llama nuestra atención un reducido grupo de gente en la acera, a la altura de la cafetería tres locales más allá; en su centro distinguimos sin mucho esfuerzo una persona tumbada. Al instante un impulso eléctrico sacude mi espalda: a trabajar.

Soy técnico de urgencias, informo al grupo mientras me ajusto los guantes que siempre me acompañan ¿Saben qué ha ocurrido? Es mi hija -relata una mujer que no alcanza los sesenta años- salíamos de tomar un café, se ha desmayado y ha movido bruscamente brazos y piernas. ¿Ha sufrido algún golpe? ¿Padece alguna enfermedad? Inquiero al tiempo que me arrodillo para comprobar que reacciona levemente al dolor, no así a mi voz. La respuesta es negativa a ambas preguntas.

Tras asegurarme de que el 112 está al tanto la situación, evalúo más detenidamente a la paciente, según su madre llamada Irene y de treinta años de edad, y la coloco de lado. Según su estado y lo ocurrido podría tratarse de una primera crisis de epilepsia, pero algo no acaba de encajar. Aprovechando que los auriculares que complementan al móvil hacen las veces de manos libres, contacto con la central de emergencias y me identifico para hablar con el operador especialista del servicio competente, SAMUR-PC: responde únicamente al dolor -le informo- y su estado neurológico no mejora. Tengo una básica de camino y una UVI un poco más lejos ¿Qué necesitas? La avanzada seguro, respondo agradecido por la confianza prestada.

En ese momento Irene parece estremecerse y comienza a experimentar arcadas. Su bajo nivel de consciencia deja desprotegidas las vías respiratorias, corriendo el riesgo de aspirar el contenido del estómago (lo que podría provocar una infección de los pulmones) o, en el peor de los casos, obstruir el paso del aire. Fuerzo un poco más la posición lateral y, usando mis dedos envueltos en su propia bufanda, trato de despejar el interior de la boca velozmente, ya que si los potentes músculos de la mandíbula sufren el reflejo de contraerse puedo quedarme atrapado. No puedo evitar pensar que la falta de mejoría durante este tiempo termina de inclinar la balanza hacia la sospecha de gravedad.

La llegada de un furgón decorado con vivos colores y rodeado de luces intermitentes me infunde cierto alivio. De él descienden dos trabajadores vestidos de amarillo que se acercan al grupo y ante mi explicación de la situación me responden con un colaborativo: ¿Qué necesitas? Había asumido que ellos se harían cargo directamente, pero no hay tiempo para dudar: aspirador de secreciones con sonda gruesa, pulsioxímetro, cánula orofaríngea, oxígeno, tensiómetro y glucómetro, si tenéis. Al tiempo que uno de los técnicos dispone el material, su compañero y yo realizamos las primeras técnicas, como un equipo recién ensamblado pero bien engrasado. Tras escasos segundos, un segundo furgón coloreado de forma similar al primero se detiene tras éste: la UVI-móvil ya está aquí.

El médico de la unidad escucha atentamente mi informe al tiempo que encomienda tareas a su equipo, que le asiste en la introducción de un tubo que aísla las vías respiratorias de Irene. La inquietud de la madre de ésta, hasta el momento a duras penas contenida, se desborda. ¿Puedes atenderla un momento? propone la enfermera. Inspiro y trago saliva; no va a ser sencillo. ¿Cómo está? ¿Se va a recuperar? Soy incapaz de satisfacer sus demandas de información mientras introducen a su hija en la ambulancia. Todo lo que puedo hacer es garantizar una atención óptima, tanto en este momento como en las horas venideras: ya la están atendiendo, ahora la llevarán al hospital, donde la harán más pruebas y se determinará un plan de tratamiento. Evidentemente, para ella no es suficiente. Pocos minutos después, la UVI móvil abandona el lugar con el equipo sanitario atendiendo a Irene en su interior, mientras que en su destino varios especialistas preparan su recepción

En el lugar, la realidad parece querer recuperar su ritmo súbitamente una vez que la acera se ha despejado. Jesús y yo encontramos nuestra selección de frutos secos sobre el mostrador tras cruzar el umbral del local. Ya en el parque, sentados en el banco de siempre y con el chasquido periódico de las pipas como ruido de fondo, él mantiene la mirada al frente mientras comenta: ha sido curioso, he girado la cabeza para preguntarte si habías visto la situación y, en ese mismo instante, ya estabas dentro de ella. No tardo en descubrir que mi media sonrisa a modo de respuesta, acompañada de una nube de denso humo exhalada, resulta muy poco convincente.

Ya de vuelta a casa no consigo desprenderme de cierta sensación amarga, por lo que decido comprobar si Fortuna desea que conozca el desenlace: la voz de Casas suena, como siempre, afable al otro lado del teléfono. ¿No habrá llevado SAMUR a tu hospital una chica con deterioro neurológico? Sí, además casualmente la he llevado yo el poco tiempo que ha estado en la urgencia. ¿Dónde ha ido después? Los neurocirujanos la han subido a quirófano nada más ver el escáner ¿La conoces? En realidad no, sólo la he atendido hasta que han llegado los compañeros, me pareció que tenía mala pinta; me encantaría haberme equivocado, concluyo.


Cadena de decisiones

Accidentada¿Te parece bien que conduzca yo? Parece que, pese a ser enfermero desde hace ya un tiempo, no ha perdido la afición por el volante, que ahora disfruta como voluntario. Perfecto -respondo, para inmediatamente dirigirme a nuestra compañera, también enfermera- entonces quedamos tú y yo en la perrera. ¿Vas de responsable? Prefiero que vayas tú -responde ella, mientras se afana en rellenar los papeleos de comienzo del servicio- al fin y al cabo tienes más experiencia. Aunque de voluntarios todos trabajamos como técnicos no puedo evitar cierta sorpresa al coordinar un equipo de dos diplomados sanitarios. Las decisiones se toman de forma colaborativa, pero siempre conviene que alguien tenga la última palabra, con objeto de evitar pérdidas de tiempo y vaivenes en el rumbo de la intervención. La “perrera”, por cierto, es el nombre cariñoso de la cabina asistencial, donde los técnicos que no conducen viajan mientras atienden al paciente.

¿Balón reanimador adulto? Está. ¿Pediátrico? Está. ¿Colchón de vacío? Está. ¿Dónde cogemos la cena? pregunta mi compañera, levantando la mirada de la carpeta de revisiones. BASE 23 DE CENTRAL. Habrá que decidirlo luego, contesto innecesariamente, pues todos hemos oído el bramido de la llamada a través de la megafonía. La experiencia del conductor nos permite alcanzar el destino en escasos minutos, y ya escaleras arriba una mujer reclama nuestra ayuda desde la entrada de su vivienda; lo azorado de su gesto hace presagiar la gravedad de la situación.

Su marido, que apenas supera los cuarenta años, permanece postrado en un sillón del salón, con la pierna izquierda inerte y claramente inclinado hacia ese lado. Ante nuestras preguntas sólo consigue balbucear, y la comisura de su labio aparece notablemente desviada. Examinamos con premura sus constantes vitales, ahora dentro de la normalidad, al tiempo que tratamos de no abrumar a la esposa con la preceptiva batería de preguntas: ¿Cuánto tiempo lleva así? ¿Tiene alguna enfermedad? ¿Toma medicinas?.

Bajo la mirada pintada en preocupación de su hijo pequeño valoramos conjuntamente el destino de nuestro paciente: dada la gravedad de la enfermedad que sufre, probablemente un ictus, deberíamos reclamar una UVI móvil para que se hiciese cargo, o al menos trasladar al paciente hasta el centro de salud donde ésta tiene su base. Inspiro y mantengo el aire en mis pulmones durante un par de segundos; espero no equivocarme. Busque a alguien con quien dejar al niño porque nos vamos inmediatamente al hospital con él, exhorto a la esposa mientras coloco una mascarilla de oxígeno al paciente.

Es una cuestión de tiempo. A pesar de ir contra los protocolos establecidos, sé que lo que nuestro paciente necesita con urgencia es una prueba de imagen para determinar la lesión y así comenzar a recibir el tratamiento adecuado. En su estado actual una UVI móvil no aportaría ventajas pero sí retrasaría el diagnóstico, perdiendo posibilidades de recuperación. Partimos de inmediato hacia el hospital, esperando que el paciente no se desestabilice de camino, ya que como recurso básico nuestro campo de acción es necesariamente más limitado que el avanzado.

Prefiero que rellenes tú el informe -le pido a mi compañera- porque será crucial para el paciente, y sé que lo harás mejor que yo. Ella me conoce bien: sabe que hablo desde la sinceridad, y agradece la confianza. El vuelo rasante hacia el hospital parece transcurrir sin más incidencias que las contínuas miradas al reloj cuando, al incorporarme para alcanzar el tensiómetro, una fuerza trata de lanzar violentamente mi cuerpo contra la pared que separa ambos habitáculos, mientras los neumáticos chillan al morder el asfalto. Una vez asido, vislumbro en la oscuridad la familiar silueta de un vehículo tras un impacto a pocos metros frente a nosotros, envuelto en una nube de polvo. ¡Mierda! exclamo para mis adentros.

Aparentemente, el accidente ha ocurrido unos pocos segundos antes: pide por radio Guardia Civil, indico al conductor, para posteriormente dirigirme a la esposa, que se esfuerza por enjugarse las lágrimas: tenemos que atender el accidente, seguiremos hacia el hospital lo antes posible. El único turismo implicado ha chocado contra el lateral de hormigón, quedando inmovilizado en el carril central tras una curva de la autovía. Al accionar la manecilla de la puerta delantera el polvo blanquecino de los airbag abandona el interior del vehículo, en el que una joven se sorprende de mi presencia mientras se esfuerza en orientarse. Una primera valoración en segundos indica que se encuentra bien, y su testimonio lo confirma. El riesgo proviene de la circulación, que transcurre a gran velocidad por ambos lados del vehículo, con tan sólo nuestro furgón luminoso como medio para evitar colisiones sucesivas. Pero ahora mismo necesito ese furgón para otra tarea al menos igual de vital.

¿Cómo va el paciente? inquiero abriendo la puerta lateral de la ambulancia. Peor, uno abajo en el Glasgow, recibo como desesperanzadora respuesta. Necesitamos encontrar una solución, pienso mientras corro a contramano entre las filas de vehículos para colocar el triángulo de peligro. Incluso me planteo quedarme yo sólo frente al tráfico, armado únicamente con un cono fluorescente, mientras mis compañeros llegan al hospital, pero lo que me preocupa del improvisado plan no es romper las pocas directrices que quedan en pie, sino si seré capaz de manejar el tráfico antes de que algún conductor despistado me arrolle.

A lo lejos, un par de tenues luminarias de color turquesa destacan sobre una de las largas colas de tráfico, y me dirijo hacia su posición con la ilusión del marino tras divisar la luz del faro. Tras alcanzarla trato de no ser demasiado escueto al transmitir la información a los agentes de policía, ya que evidentemente no forma parte de sus tareas habituales: necesitamos que señalicéis un accidente sin heridos, nosotros llevamos uno grave y tenemos que seguir hacia el hospital. Y, sin dar opción a réplica, corro de vuelta a la ambulancia no sin asegurarme de que efectivamente uno coloca su vehículo con las luces de prioridad activas como protección para el accidente mientras su compañero desciende del coche patrulla ataviado con una chaqueta reflectante para interesarse por la conductora. En esta ocasión la fortuna ha jugado a nuestro favor y podemos continuar con nuestro camino.

De vuelta a la base, la soledad de la autovía provoca que los tres nos centremos en las sensaciones encontradas: hemos conseguido resolver una situación bajo circunstancias complejas, pero somos conscientes de que el verdadero desafío comienza ahora para una familia. Quizás debido a ello no nos resulta relevante el lugar en el que encargaremos la cena… o si llegaremos a probarla.


Indagar

ToledoAcelerador, freno. Acelerador, freno. En una suave pero interminable sucesión. Los atascos en un vehículo particular me desesperan, pero durante el recorrido entre el hospital y la base no suponen un problema, ya que la grata compañía sobrelleva la espera. Si surge un aviso ya nos avisarían, y entonces nos liberaríamos del bloqueo usando la escandalosa señalización de prioridad. La emisora parece leerme el pensamiento, pues interrumpe el viaje pitando como un pájaro enfurecido. Uviseis, os necesitan en el número siete de la avenida de Barcelona, un hombre tirado en el portal, en cuanto sepamos algo más os lo comunicamos.

Esa no la tienes que buscar en el callejero ¿Verdad? comenta Eva, la médico, mientras acciono los interruptores y piso con decisión el acelerador. El pesado furgón hace de culebra para deshacerse del embotellamiento como por arte de magia, mientras una vez más tomo las riendas de la excitación para mantener la concentración en su punto máximo. Jamás me podría cansar de esto. La precisión en el pilotaje permite que alcancemos el lugar antes de recibir más información sobre lo sucedido, por lo que nos adentramos en el portal del majestuoso edificio con precaución. En su interior, el portero de la finca ayuda a un hombre a recostarse sobre la pared. ¿Qué le ha ocurrido? inquiere nuestra doctora. No lo sé… ¿Cómo he llegado aquí?

Una discreta marca roja sobre la pared en la que apoya la cabeza revela una pequeña herida, oculta por su cabello, que ya dejó de sangrar. El empleado relata que no le vio llegar, sino que al entrar él en el portal lo encontró tendido en el suelo. Resulta de gran importancia averiguar alguna información, puesto que el tratamiento para aquel paciente que ha perdido súbitamente el conocimiento difiere sustancialmente del aplicado a un accidentado por una caída desde cierta altura; incluso, a pesar de que nada lo indica directamente, no podemos descartar una agresión.

Dado que otro servicio municipal se encarga de la vía y los lugares públicos intramuros, nuestro entorno habitual de trabajo son los domicilios. La habilidad desarrollada a lo largo del tiempo permite identificar de un vistazo múltiples aspectos del modo de vida y del origen de  la situación: una vivienda insalubre suele reflejar pobres condiciones de higiene del paciente, así como la falta de documentos médicos implica un improbable seguimiento por el especialista. Incluso en ocasiones puede ser fundamental descubrir una agresión de pareja no revelada o localizar posibles tóxicos si el paciente no puede o no quiere revelar lo ingerido. Una buena enfermera de extrahospitalaria como la del turno de hoy, Carol, recoge todos los datos del entorno y se los transmite al médico, habitualmente obligado a centrarse en el diagnóstico.

Una mujer entra apresuradamente en el portal con gesto de preocupación, que no desaparece al ver a su marido atendido en ese lugar por el equipo de emergencias. Ella nos relata que no conoce los detalles de lo ocurrido, puesto que la llamada del portero interrumpió su jornada laboral. Es muy infrecuente que el equipo se separe, mas en esta ocasión la propuesta parte de mí ¿Subo con la mujer al piso para averiguar qué ha pasado? En esta ocasión será mi responsabilidad interpretar la escena puesto que mis tres compañeros no pueden interrumpir la asistencia al todavía desorientado paciente. En previsión de necesitar material adicional, libero de mi cinturón el llavero del vehículo y se lo entrego a Heihachi, que lo agradece pues asume que yo no delegaría esa responsabilidad en un compañero en quien no confiara. Está en lo cierto.

Encontramos entreabierta la puerta blindada que da acceso a la vivienda, en cuyo interior se aprecia luz. Me ajusto unos guantes limpios, ya que los actuales están marcados con la sangre del paciente. Espere aquí, de momento es preferible que no toque nada. Un rápido vistazo me confirma que, afortunadamente, nadie más se encuentra en el interior y que el aire corre a través de algunas de las ventanas, lo que permite descartar los riesgos más inmediatos -agresiones e intoxicaciones por gas- e introducirme en la única habitación iluminada, la cocina, para continuar la búsqueda de algún indicio.

Un oscurecido taburete de madera destaca en el centro de la luminosa estancia, puesto que el foco que se encuentra justo sobre el mismo carece de bombilla, exponiendo las conexiones eléctricas. Varias herramientas se reparten desordenadas sobre el suelo, mientras a poco más de un metro de distancia del asiento llama mi atención una solitaria acumulación de denso líquido color grana. La superficie es lisa y sus bordes, bien definidos, parecen querer secarse. Tan sólo un par de impresiones del mismo líquido impregnan los tiradores de los muebles de cocina más próximos. Es suficiente, hora de volver junto a mi equipo.

¡Tengo algo! exclamo al llegar al portal mientras mis compañeros están preparando al amnésico paciente para el traslado. Parece que estaba sobre un taburete reparando una luminaria cuando, por un desvanecimiento o una pérdida de equilibrio, se ha precipitado sobre el suelo golpeándose la cabeza quedando sin conocimiento. Tras unos minutos ha conseguido incorporarse con dificultad y ha salido de casa, puede que hacia la calle, llegando hasta aquí. Asegurándose de que nada se me escapa, Carol pregunta ¿Puede que haya recibido una descarga eléctrica? Es poco probable -respondo- pues no había saltado el automático.

Tras informar a la esposa de nuestro destino y agradecer la colaboración al portero, partimos hacia el hospital. En la cabina asistencial, Carol y Eva tratan de explicar al paciente lo que conocemos sobre lo sucedido, pero todavía resulta complicado. Al tiempo que activo las sirenas no puedo evitar preguntarme en voz alta ¿Me meto demasiado donde no me llaman? Al fin y al cabo, en mi categoría laboral consta “conductor”. Quizás -responde Heihachi desde el asiento lateral- aunque puede que sea esa la razón por la que disfruto tanto trabajando en este turno. De nuevo, tiene razón: en nuestra circunstancia el respaldo de un buen equipo es simplemente crucial.

A pesar de las numerosas pruebas a las que será sometido nuestro paciente, probablemente nadie conocerá jamás lo que verdaderamente ocurrió. Pero al menos tenemos algo sobre lo que trabajar para dar la mejor atención a nuestro paciente, que es nuestro verdadero objetivo.


Reinicio

CuestaEl suave comienzo de una melodía se introduce sin permiso en mis sueños desde el altavoz del móvil y me arrastra al aparentemente terrible mundo real. Giro sobre mi mismo extendiendo un brazo que alcanza inesperadamente el colchón. Mierda. Esta noche también dormía en casa de sus padres. Mediante un exagerado esfuerzo despego los párpados y me encamino al baño.

Pensamientos fluyen como el agua que recorre mi rostro antes de precipitarse al desagüe de la ducha. No puedo volver a perderla. Ya seco pero todavía afectado por la madrugada, otra preocupación me embarga al dirigir una desalentadora mirada hacia los dispositivos electrónicos que se entremezclan con diversa documentación sobre el escritorio. Tengo que encontrar la salida al proyecto fin de carrera o se enquistará para siempre. Relleno la alforja y completo la preparación engullendo un par de galletas. Una rápida comprobación al tacto de que hoy tampoco he olvidado afeitarme y salgo de casa.

Siento el metálico chasquido de la zapatilla cuando se fija al pedal: ahora mi bicicleta ya no es un objeto más, sino una extensión de mi cuerpo. Puedo sentir como se emociona al acelerarse, flanqueada por árboles, cruzando el parque pendiente abajo; el aire que me golpea el rostro erosiona el contenido de mi mente hasta liberarla. Bastan un par de pedaladas para atravesar el puente sobre la M-30; callejear no es un problema sobre dos ruedas bien afinadas, por lo que cruzo la puerta de la base de la UVI móvil con un par de minutos de antelación sobre el comienzo de la guardia, mientras reconsidero el eterno propósito de salir antes de casa.

¡Buenos días! ¿Qué tal va hoy la máquina? Pregunta la figura que sobresale tras la puerta de la taquilla. Bien, aunque una de las zapatas de atrás chirría un poco. Heihachi es tremendo. Ha pasado más de un año desde que Jack se cambió a SAMUR, y tras el baile de compañeros casi había perdido la esperanza de encontrar alguien con quien volver a trabajar realmente agusto. Pocos meses atrás, al comenzar su primera guardia en UVI-móvil, él me reconoció como su tutor de prácticas en Cruz Roja de hace años, y debió de atraerle el mundillo porque se vinculó a él irremisiblemente.

El saludo matinal no es cortesía: Heihachi domina la mecánica de las bicicletas y la de los automóviles, por lo que es mi maestro en las reparaciones de mis vehículos, tanto el personal de dos ruedas como el profesional. Ambos nos tomamos el trabajo con absoluta entrega, lo que nos hace disfrutar cada día con la ilusión del primero. Prácticamente me dobla en edad, pero su forma física es sencillamente impresionante; casi tan increíble como su capacidad para ascender por paredes terroríficas para el resto de los mortales.

La puesta al día mutua coincide con el ritual de preparación: las botas reforzadas permitirán el acceso a casi cualquier lugar, la linterna arrojará la luz necesaria para trabajar en la oscuridad, las tijeras descubrirán inmediatamente a cualquier paciente grave, y con la herramienta múltiple podremos reparar inmediatamente cualquier desperfecto. Tan sólo resta colgar la emisora portátil del cinturón, cuya extensión recorre mi espalda cual serpiente hasta alcanzar el hombro.

Mientras caminamos hacia la ambulancia con los equipos de protección y los cascos bajo el brazo, creo reconocer en él idénticas sensaciones: nadie más es consciente de ello, pero recae sobre nosotros una gran responsabilidad. Somos parte del último recurso, aquel que demandarán cuando todo se complique. Y en ese momento no se admitirán alegaciones, ya que tan sólo quedará la opción de dar la única respuesta posible: la mejor.

Tenemos por delante una tarea que, en compensación por su dureza, es todavía más gratificante cuando se comparte: revisaremos, limpiaremos y reabasteceremos todos los componentes de la unidad. A buen seguro los avisos nos harán cesar y retomar en varias ocasiones el trabajo, pero no nos detendremos hasta alcanzar aquel momento. El momento en el que somos conscientes de que cada uno de los cientos de los elementos está en su sitio, y que responderá cuando dependamos de él. Todo brilla, nada chirría. Estamos preparados.


Resucitar

ResucitarTras recibir los datos del aviso, la mirada que intercambio con Martes lo expresa perfectamente: ninguno de los dos deseamos volver allí. Apenas han transcurrido dos semanas desde la agresión, las carreras y el tiro al blanco en el centro de internamiento de menores, pero durante ese tiempo hemos consensuado con la directiva de nuestra empresa que esperaremos a los pacientes en el exterior del centro. Es el momento de ver si resulta el plan.

En la entrada nos reciben varias furgones de la Unidad de Intervención Policial. Parece un lugar seguro para detener nuestra furgoneta, de aspecto vulnerable frente a las intimidatorias armaduras de los vehículos que la rodean. Central, avisad de que estamos en el punto acordado esperando al paciente. Al minuto un trabajador del centro sale a nuestro encuentro: ¡Vamos, por qué no pasáis!, exclama antes de alcanzarnos. La última vez que entramos nos agredieron, por lo que acordamos esperar aquí a que lo traigáis ¡No podemos, está sin conocimiento!

La telepatía se activa una vez más: superado el primer mes trabajando juntos el ritmo endiablado de los avisos ha acelerado nuestro aprendizaje, y también nos ha imbuido algo de escepticismo. Pese a que ninguno de los dos alcanzamos los veinte años de edad, no somos nuevos en esto. Tras nuestra firme y reiterada negativa, el trabajador vuelve sobre sus pasos murmurando algo sobre una denuncia.

Uno de los agentes allí presentes nos relata que están allí apostados a la espera, puesto que se sospecha que pueda ser necesaria una intervención como la que tuvo lugar hace unos días, cuando una visita de ambulancia -nuestro anterior aviso- desencadenó el caos. Desconocemos la relación entre las revueltas y nuestras intervenciones, pero una posible causalidad nos inquieta. El policía nos informa de que, debido a la ley del menor, los allí internos son condenados por delitos de sangre -agresiones o asesinatos- ya que en caso de cometer otro tipo de infracciones no son privados de libertad. A pesar del carácter del centro muchos de los residentes tienen más de dieciocho años, puesto que se se les impuso la condena máxima de tres años poco antes de alcanzar la mayoría de edad.

Pasados unos instantes sale del edificio un grupo de cinco trabajadores, portando trabajosamente hacia nosotros el cuerpo aparentemente inerte de un fornido muchacho. Vaya, dada su constitución se puede asegurar que las instalaciones disponen de gimnasio y que hacen un uso intensivo del mismo. Tras tumbarlo sobre la camilla de la ambulancia, Martes realiza una de las “mágicas” pruebas que nos permiten a los profesionales discriminar si la situación se origina en el cuerpo o en la mente del paciente: éste responde positivamente, por lo que las posibilidades de que su enfermedad sea orgánica disminuyen.

La ambulancia emprende la marcha a través de la oscura carretera de acceso al centro cuando por el espejo retrovisor contemplamos como nuestro paciente inconsciente, al encontrarse ya libre de vigilancia, se pone en pie de un salto, para inmediatamente comprobar si las puertas de la cabina asistencial permiten la apertura desde el interior.

¿Martes, ahora qué hacemos? Ni idea… Si cae a la carretera puede que nos responsabilicen de sus lesiones, pero si nos detenemos parecerá que le estamos facilitando la huida. No parece fácil descubrir la solución más razonable. Creo que haré como que no he visto nada -determino- estamos entrando en la autovía, échale un ojo pero no creo que trate de lanzarse a esta velocidad.

Pocos minutos después nos alegramos al descubrir que una patrulla policial aguarda nuestra llegada en el acceso de urgencias. Tras transferir al revivido paciente al hospital, ahora acompañado de los agentes, informamos de nuestra disponibilidad de la central y nos preparamos para anotar el siguiente aviso. En mi formación no me prepararon para casos como este, comento. Es verdad, estas situaciones son raras; si las contáramos parecerían inventadas.

*  *  *  *  *

El mes siguiente la noticia de las revueltas en el centro de menores saltó a los titulares de la región, por lo que la Comunidad sustituyó a la empresa que lo gestionaba. Hasta donde tengo conocimiento, hoy en día el centro funciona correctamente y los menores internados disfrutan de unas condiciones adecuadas. Mi profunda admiración por sus trabajadores permanece.


Catecolaminas

WarpEstá muy mal. El desasosegado gesto del médico me confirma que es perfectamente consciente de la información: el corazón del anciano paciente ha comenzado a fallar, provocando que la sangre se remanse en los pulmones y éstos se empapen de líquido, limitando enormemente el aire que es capaz de recoger. Afortunadamente, en la residencia de ancianos desde la que nos han llamado contamos con la ayuda de una enfermera recién titulada que casualmente acudía a visitar a un familiar.

Conozco bien los pasos que siguen a la primera valoración: solicitar ambulancia, oxígeno, medicación para eliminar líquidos, sentar al paciente… En UVI móvil es un caso relativamente frecuente que se afronta con ciertas garantías, pero en nuestro caso -personal no especializado en emergencias y con medios para asistencias menos graves- la situación exige el máximo. Trabajosamente deslizamos al paciente hasta el borde de la cama en la que yace para incorporarle, pero en ese momento el maravilloso sistema que ha permanecido bombeando incansable durante 89 años simplemente desiste.

Las maniobras de Reanimación CardioPulmonar no se corresponden con su espectacular representación cinematográfica ni con una imposición de manos. Si son efectivas pueden volver a poner el corazón en marcha, pero en modo alguno revierten las enfermedades actuales del paciente. De alguna forma se podrían considerar como una vuelta atrás en el tiempo pero de tan sólo unos minutos. En este caso, las nueve décadas de vida y las múltiples enfermedades que sufría nuestro paciente enfrentan al médico a una decisión: ¿Comenzar unas maniobras de reanimación probablemente inútiles -y que nos mantendrán bloqueados durante largo tiempo- o asumir que la naturaleza ha llegado a un lugar sin retorno?

Decidido: colocamos al paciente sobre el piso, ya que es imposible realizar compresiones torácicas efectivas sobre una cama corriente, y desciendo atropelladamente las escaleras de la residencia para extraer del coche el material adicional preciso: mochila de vía aérea, desfibrilador semiautomático y una segunda botella de oxígeno. Comenzamos con las maniobras habituales, pero de nuevo se plantean alternativas difíciles de discernir. Si realizamos las maniobras básicas podremos asegurar su calidad, pero las complementarias o avanzadas pueden aumentar levemente las probabilidades de retorno de la actividad del corazón, a costa de aumentar las tareas a realizar simultáneamente.

¡Drogas y tubo! ordena con decisión el médico. Esto se complica, si no nos organizamos se nos irá de las manos. ¿Qué necesitas primero? La enfermera espontánea me releva en el masaje cardíaco mientras preparo el material que aislará las vías respiratorias del paciente, sin perder de vista el desfibrilador, encargado de detectar cualquier cambio en la actividad eléctrica del ahora inerte corazón. Tras la comprobación de la técnica, confirmada pues ha sido ejecutada con precisión, nos reorganizamos de nuevo para conseguir canalizar un acceso venoso y así poder aplicar la medicación. La enfermera no conoce nuestro material, por lo que me encargo de prepararlo para que, una vez recolocados, el médico se encargue de ello.

Soy perfectamente consciente de que me la estoy jugando. En los casos de Reanimación CardioPulmonar debemos solicitar inmediatamente una UVI móvil, pero en este caso he decidido no recordarselo al médico, tremendamente atareado. Avisarles implicaría ocupar durante un par de horas al único recurso de este tipo en nuestra zona, y dadas las posibilidades prácticamente nulas de recuperación de este paciente considero óptimo que ésta se quede a la espera y activarla tan sólo en el improbable caso de que fuera necesario el traslado, una vez recuperado el latido. Espero no equivocarme.

Unos destellos dorados se proyectan en la ventana de la habitación; los técnicos de la ambulancia de Cruz Roja que solicitamos al comienzo del aviso se incorporan a las maniobras. En un momento descubro a la que se ha convertido por méritos propios en compañera de fatigas observando su reloj, y le pregunto la razón. El último autobús del día que conecta la pequeña localidad serrana con la capital parte en unos minutos, y teme perderlo. Vete a cogerlo, has hecho un gran trabajo y la situación ya está cubierta; gracias de verdad. Al tiempo que las maniobras continúan, advierto que el cronómetro del desfibrilador ha superado ampliamente la media hora…

Doctor, no hay posibilidades… los impulsos nerviosos no han recorrido el músculo cardíaco desde que cesaron, hace más de cuarenta minutos. La frustración le invade, pues no esta acostumbrado a perder un paciente, especialmente cuando ha visto hace menos de una hora cómo cesaba su respiración. Ahora sólo resta recoger el material, cumplimentar la documentación necesaria y sufrir la inevitable bajada de ritmo. El paciente no tiene familia, pero al menos un equipo de varios profesionales se dedicó en cuerpo y alma a él durante sus últimos instantes.

El estridente timbre del teléfono nos sobresalta durante el viaje de vuelta -interrumpiendo la conversación sobre las posibilidades que permite la naturaleza- a varios kilómetros de la autovía que nos conducirá a la base. “Hay un aviso grave en vuestra localidad, una UVI-móvil está en camino”. Programo el navegador y al tiempo que respondo: Vamos hacia allá, pero probablemente no consigamos ganar tiempo puesto que estamos a la misma distancia, y ademas llevamos sucio el material de reanimación. Afortunadamente las interminables rectas de la ahora despejada autovía la transforman en el mejor circuito de velocidad, y permiten llevar el vehículo hasta sus límites prácticos. Tras unos breves minutos de un pilotaje bajo cifras propias de competición piso suavemente el freno pues nuestra salida se aproxima precipitadamente.

En la primera intersección tras el desvío el vehículo que nos precede ha debido de asustarse, pues se detiene bruscamente, bloqueándola. Es necesario abandonar parcialmente la vía por su lateral derecho para, controlando el deslizamiento lateral, realizar el giro rebasando al otro coche, sin perder velocidad. El testigo del control de estabilidad centellea en el cuadro de instrumentos, avisando de la la intervención electrónica para mantener el rumbo del vehículo sobre el asfalto. Su cara tiene que haber sido curiosa, declara mi acompañante girando la cabeza hacia atrás. No logro resistir la réplica: Quizás parecida a la tuya si hubieras mirado el velocímetro cuando bajábamos por la autopista. Lo hice, pero preferí no decirte nada; no sé si tenía sentido. Aquella idea flota en mi cabeza mientras accedemos a la larga y pobremente iluminada sucesión de bloques en la que se encuentra nuestro destino.

Por desgracia los números de los portales no reciben siquiera una tenue luz, por lo que alcanzamos el final de la calle sin localizar el que buscamos. Si al menos tuviéramos una linterna o un foco, como los que incorporan las UVIs… Solicito alguna referencia a la central y comienzo de nuevo el recorrido, esta vez en dirección contraria, y distingo unos destellos familiares que parecen desacelerar a los pies de un bloque. Genial, a pesar de todo no he conseguido ganar tiempo respecto a la UVI móvil, y este es realmente su aviso por lo que pintamos poco.

Una vez detenidos ambos vehículos en el mismo punto, el personal al completo de la otra unidad se apea para acceder al portal salvo el médico, con el que he coincidido en alguna ocasión, que se dirige a nosotros: Sois el coche cincuenta ¿verdad? Respondo afirmativamente. Su réplica llega acompañada de cierto aire de desprecio: No sé qué hacéis para llegar siempre tan tarde ¡Si venís de aquí al lado!

Mis depósitos de adrenalina parecen no haberse agotado en la reanimación y el pilotaje previos, puesto que necesito controlarme para no montar en cólera. Inspirar profundamente, espirar lentamente. Estábamos ambos a la misma distancia, hemos llegado antes pese a que nos han avisado más tarde, y el número del portal no se distingue sin linterna.

En estos casos de llegada simultánea a un aviso ajeno es habitual una primera intervención conjunta para inmediatamente retirarnos del lugar y volver al estado de disponible, pero en esta ocasión decido que no va a ser así. El paciente tiene garantizada la mejor atención, lo que permite marcharnos de donde no somos bienvenidos. Aún así, la ira no me abandona. Me he equivocado muchas veces, y con toda seguridad volveré a cometer errores, pero desidia es algo que no me podrán imputar.

*  *  *  *  *

Varias guardias después la central nos activa -esta vez sí- desde la base para atender un paciente aparentemente muy grave en nuestra localidad, también con una UVI móvil de camino. A la llegada de ésta, casualmente comandada por el mismo médico que protagonizó el encontronazo, llevamos un cuarto de hora en el lugar, por lo que el paciente está perfectamente valorado, a falta de una prueba para la que sólo ellos disponen del material necesario.

Una vez finalizada la asistencia, me presento ante el compañero en cuestión y le expongo mi reacción ante su juicio de valor emitido días atrás, frente a lo que se justifica mediante experiencias negativas previas, pero se disculpa con la máxima educación por haber generalizado innecesariamente. Es más que suficiente para resolver la situación, puesto que creo que todos metemos la pata pero lo que realmente define a una persona es su capacidad para rectificar. De esa forma, la imagen favorable que conservaba de nuestros primeros encuentros permanecerá para los que seguro se producirán en un futuro.

Curiosamente, la relación con muchos de los compañeros que finalmente marcaron mi manera de trabajar comenzó con fuertes desencuentros. Quizá, por qué no, acabemos algún día formando un gran equipo.


Tumulto

Rejas¿Otra vez aquí? ¡Si ni siquiera hace veinte minutos! Al vernos junto a un nuevo paciente, la médico clasificadora a la entrada de urgencias no disimula su sorpresa. Quizá si esconde cierto desánimo al prever, en caso de mantener el ritmo, una noche saturada de trabajo. Llegados a este punto, el reto que afronto junto a Martes no es trasladar el máximo número de pacientes posible -ya se encargan otros compañeros de batir récords- sino el no dejar escapar la humanidad en el trato, lo que resulta en ocasiones complejo dada la presión asistencial. ¡Ya verás como no te da tiempo a echarnos de menos! deja caer Martes al pasar, ya con la camilla vacía, frente a la puerta de la sala de triage.

El destino que nos comunica la emisora es conocido: un centro de internamiento de menores al que ya hemos acudido en un par de ocasiones, y en el que nos asombra la entrega de los trabajadores: son en ocasiones más jóvenes que ellos -al igual que nosotros- pero aún así se encargan de los allí recluidos con dedicación casi fraternal. Al apearnos del furgón en el patio central del edificio parece apreciarse cierta actividad en su interior, pese a que ya hemos alcanzado la madrugada.

Mientras uno de los tutores nos acompaña a la estancia de nuestro paciente, nos damos cuenta de que algo ocurre. En lugar de dormir, los internos golpean las rejas de las puertas y nos increpan mientras recorremos el interminable pasillo. La reminiscencia cinematográfica resulta inevitable provocando que deseemos salir de allí de inmediato. El trabajador, visiblemente azorado, desbloquea el acceso a la estancia y nos indica cual de los dos residentes es nuestro paciente. Al dirigirnos a él, súbitamente su compañero de estancia se lanza hacia Martes, al grito de “¡Tú me metiste aquí!” y le lanza un puñetazo que, a pesar de la desesperada finta, le roza la mandíbula.

Tras el segundo de confusión inicial, Martes no se lo piensa y responde con un directo de derecha, por lo que el interno se ve obligado a retroceder para no detenerlo con su rostro. El tutor aprovecha este movimiento para tratar de retener al agresor, en lo que parece un buen momento para batirse en retirada: agarro a nuestro paciente del brazo y, esperando que su enfermedad no le impida correr, tiro de él al tiempo que exhorto a mi compañero a huir. El ambiente del pasillo se ha caldeado hasta extremos terroríficos, y amenaza con contagiarse a todo el centro.

Una vez en la puerta de acceso al patio principal, decenas de exaltadas voces forman un coro ensordecedor, haciéndonos constatar que efectivamente el disturbio se ha extendido a todo el centro. Llegar hasta el vehículo no va a ser fácil, puesto que ahora somos el objetivo de una lluvia de objetos diversos lanzados desde las innumerables ventanas que nos rodean. ¿De dónde sacarán todo lo que tiran? Al momento distinguimos una puerta metálica de taquilla, arrojada a través del enrejado de una ventana, impactar estruendosamente contra el suelo. Perfecto: están desarmando sus propios muebles, usando sus piezas a modo de proyectiles.

¡Ahora! Martes, el paciente y yo aprovechamos una breve tregua -posiblemente con objeto de rearmarse- para correr hasta la ambulancia y resguardarnos tras ella. Tratando de no abandonar el ángulo de cobertura que nos proporciona el lateral de la furgoneta conseguimos acceder a su interior, para finalmente recuperar el aliento mientras nos ponernos en marcha.

Se supone que debemos estar preparados para todo, pero sinceramente no me esperaba algo así, comento con mi compañero durante el trayecto. Si llega a ir a por mi seguramente hubiera hecho falta otra ambulancia más… La confianza permite traer la  pregunta que flota en el ambiente: ¿Realmente os conocíais? ¿Quién, ese y yo? Ni de lejos. No alcanzo a comprender la razón de una agresión tan dirigida, aunque pensándolo bien el tiro al blanco estuvo más repartido pero igualmente injustificado.

Tengo que hacer todo lo posible por no volver allí -recapacito mientras recorremos la rampa que da acceso a Urgencias- porque no tiene sentido un mal rato como este. Pero no habrían de pasar más una decena de días para vernos allí de nuevo, aunque en una historia diferente.


Alcance

GolpeLa voz del coordinador suena afectada a través del móvil: No tenemos conductor para esta noche… ¿Tú puedes venir? Imposible, me han dado una suplencia de UVI-móvil mañana. Sólo hasta la hora que puedas, nos hace mucha falta, si no cubrimos estos turnos retirarán nuestra ambulancia. Realmente me encanta cambiar de aires haciendo guardia en otra base con él y el resto de voluntarios, y además sus temores sobre el fin del programa son verosímiles. Está bien, pero a las cinco doy “no operativo”.

El peso de ambos uniformes deforma el colchón de la litera al dejar sobre él la mochila. El ambiente es tan distendido como suponía, y tras una animada cena decido retirarme, esperando una noche tranquila. Afortunadamente, tanto el accidente de tráfico como el apuñalamiento a los que nos envían resultan respectivamente un golpe de chapa y un rasguño, por lo que no maldigo demasiado al amanecer, cuando me levanto para tomar el autobús de vuelta a la capital. La frecuencia de las guardias nocturnas me ha hecho capaz tanto de frenar la adrenalina todavía reciente del último aviso -para lanzarme a los brazos de Morfeo- como de desperezarme inmediatamente, pero si hubiera dormido de verdad quizás el día siguiente no hubiera sido el peor de mi carrera hasta ese momento.

Mi condición de eventual no me permite pertenecer a un equipo fijo, pero el de hoy no desmerece en absoluto al de la guardia voluntaria previa; mi experiencia en unidades avanzadas (así se denomina a las que incorporan médico de emergencias) es escasa, por lo que parece el día idóneo para aprender mientras disfruto. El anuncio del médico interrumpe la revisión matutina: inconsciente en la bañera, pinta mal. No necesito más: los innumerables avisos en ambulancia por la capital han hecho que maneje con precisión tanto las técnicas de conducción como la compleja malla de rutas. El vehículo más parece volar que rodar. Un consejo -comenta el médico- a mi no me importa en absoluto este ritmo de conducción, pero en futuras guardias encontrarás compañeros a los que no les guste. Cierto.

Tampoco se equivoca respecto a la gravedad del aviso: una mujer que sobrepasa tanto los sesenta años como la centena de kilos está tendida en su angosta bañera, desnuda, mientras trata de alcanzar unos seres que parece ver flotar frente a sus ojos. Las tareas se reparten con premura, y mediante el esfuerzo de todos en tan sólo unos minutos es extraída, evaluada, tratada y trasladada a la ambulancia. Perfecto.

Apenas hemos alcanzado la base tras la vuelta del hospital cuando el teléfono vuelve a sonar. “Inconsciente”, anuncia de nuevo, pero en esta ocasión en los límites de la ciudad, muy lejos de nuestra posición. Al tiempo que nos incorporamos a la circulación, una segunda llamada nos confirma lo peor: “No respira”. Uf. En esa situación, cada minuto que pasa descienden un diez por ciento las posibilidades de supervivencia; efectivamente, en la práctica hay poco que hacer a partir de los diez minutos. El quejido de los neumáticos contra el asfalto acompaña mis pensamientos: si no hubiera que cruzar varios distritos…

No tan rápido, indica el médico. Sé que su criterio es acertado: puedo controlar perfectamente las reacciones de mi vehículo pero nunca las del resto de conductores, por lo que un amplio margen de seguridad es imperdonable, reflexiono mientras hago que la aguja del velocímetro descienda bajo el doble de lo permitido. Un semáforo bloquea la circulación en ambos sentidos de la amplia avenida, lo que me obliga a circular por el centro de la calzada; resulta peligroso separarse de la fila de coches  detenidos a mi derecha, puesto que automóviles provenientes de otra vía perpendicular, ahora con su semáforo en verde, circulan hacia nosotros. Pero el tiempo no se detiene. ¡Cuida…!¡Blam!

El hueco sonido parece desplazarnos en nuestros asientos. ¿Qué ha sido eso? Un coche parado, al lado derecho, dice mi compañero. El aviso pendiente no abandona mi mente ¿Podemos dejar una nota y seguir? No, hay que parar. Mierda, pienso mientras pulso el botón de la emisora: Central, nos hemos dado un golpe, estamos bien pero no podemos seguir, enviad otro recurso al aviso. Ejecutamos la coreografía habitual, pero ahora en circunstancias desfavorables también para nosotros:los técnicos señalizamos el accidente mientras el médico y la enfermera se dirigen al vehículo contrario para acompañar a su ocupante a un lugar seguro.

Al organizar la seguridad de la escena comienzo a comprender lo ocurrido: posiblemente para facilitarme el paso, la otra conductora -afortunadamente ilesa- giró totalmente la dirección a la derecha con el vehículo parado y luego trató de avanzar, lo que unido a la corta distancia entre ejes provocó que su esquina trasera izquierda sobresaliera unos centímetros de la hilera de vehículos que esperaban la apertura del semáforo. Mierda, conocía ese efecto en autobuses rígidos, pero no lo esperaba en un coche.

La Policía Municipal nos facilita las labores administrativas posteriores, mientras mi equipo confirma la ausencia de molestias de la conductora. Un coche de nuestro servicio les recoge para trasladarles a un examen médico por seguridad mientras los cabrestantes tiran de los automóviles afectados. Mierda -pienso en la cabina de la grúa que traslada la UVI móvil al garaje central- he fallado, perdí toda perspectiva. Y súbitamente vuelvo a ser un chaval universitario de veintidós años, con una enorme responsabilidad sobre sus hombros que ahora duda poder cargar.

No son las amables palabras del operario de asistencia en carretera las que logran infundirme algo de ánimo, sino las de aquella con quien tengo la suerte de compartir el verano. Durante su oportuna llamada, aparentemente provocada por telepatía, demuestra que, pese a que no hace demasiado tiempo que nos conocemos, conoce el grave efecto que lo sucedido provoca sobre mi. Sabes que eres tú pues seguro recuerdas la historia, así que si alguna vez llegas a estas líneas, mil gracias por el apoyo.

Al encontrarme de nuevo con mi equipo en el preceptivo control radiológico, el médico se dirige a mi: he hablado con la UVI que atendió el aviso al que íbamos; el paciente llevaba tiempo fallecido, por lo que no habríamos podido hacer nada por él. Su voluntarioso intento no surte efecto. Frente a mis ojos es lo mismo, no he cumplido y no hay excusas. El resto de la guardia, ya con el equipo de reemplazo, transcurre con avisos continuados hasta el amanecer, afortunadamente para mí pues son lo único que -aunque temporalmente- logran desembarazarme de las consecuencias de lo ocurrido.

Desde luego, no era esta la manera que esperaba de aprender.

*  *  *  *

Semanas después, una inesperada llamada me sobresalta: la Policía reclama mi testimonio, pues la conductora del otro vehículo me ha denunciado por las lesiones que sufrió. Mi asombro es mayúsculo, pues en las diferentes ocasiones que todo el equipo le ofrecimos asistencia negó cualquier tipo de daño. Tras la declaración consulto a mis superiores, pero aparentemente mi condición de trabajador temporal no me garantiza la asistencia jurídica, por lo que me veo obligado a remitir el caso a un profesional de confianza.

Mi preocupación me lleva a consultar a un compañero, abogado y técnico en emergencias, mas su respuesta resulta desalentadora: en función de la interpretación de lo ocurrido las consecuencias pueden ser graves, implicando probablemente la retirada del permiso durante varios meses. Considerando mis circunstancias laborales, eso sólo significa una cosa: perder el empleo por el que llevo varios años peleando.

Con la puerta abierta a la resignación acudo a la vista del caso. En la puerta de la sala varios hombres trajeados manejan acaloradamente tablas y formularios. Son los representantes de los seguros, confirma mi superior allí presente. Una vez comenzado el juicio, dichos representantes informan al magistrado que han llegado a un acuerdo económica. Y, de aquella forma, todo queda disuelto en una corriente de dinero entre corporaciones.


Arbitrio

Panel con varias direccionesEl área iluminada por los faros del coche constituye la única referencia en la interminable carretera comarcal, desierta durante la frontera entre la noche y la madrugada. Son muy habituales, pero no consigo acostumbrarme a este tipo de avisos, reflexiono en voz alta; la doctora Oriente, mi acompañante esta noche, parece coincidir conmigo. En este caso, el paciente psiquiátrico agresivo se encuentra en una pequeña localidad, alejada incluso de nuestro área de trabajo habitual.

Un recién estrenado uniforme de la Guardia Civil destaca en el acceso a la pequeña vivienda, donde el agente se detiene a relatarnos lo complejo de la situación: Elena, nuestra paciente, ha amenazado a su pareja y a su hijo adolescente con un cuchillo, por lo que el segundo agente está reteniendola. La entrevista de Oriente con la familia y la lectura de los múltiples informes clínicos previos revelan detalles sobre lo ocurrido tanto en este como en anteriores episodios.

Las técnicas específicas de la doctora parecen suficientes para conseguir que Elena descanse sobre la cama y el ambiente se relaje, lo que permite su liberación. A pesar del rechazo parece necesario el traslado al hospital, dado que la falta del control del tratamiento implica no saber cuándo se pueden repetir las graves crisis de agresividad. Solicito la unidad especial de psiquiatría, acondicionada para el traslado de estos pacientes con seguridad para ellos y para el personal, y tratamos de mantener la tensa calma durante los largos minutos de espera hasta la llegada del recurso.

Me cuesta asumir lo intrascendente de mi papel en estos casos: aunque agradezco el trato con pacientes de cualquier perfil, creo que los psiquiátricos necesitan una única referencia que les guíe -generalmente el médico-, por lo que me he de limitarme a escuchar la familia, desbordada por la situación a pesar de lo relativamente habitual de la misma. Por supuesto colaboro tanto en la atención sanitaria como en la contención del paciente cuando resultan necesarias, pese a que esta conducta discreta pero aparentemente represora me adjudica el rol de villano.

El tiempo parece no transcurrir cuando, súbitamente, Elena se incorpora explicando que tiene que ir al aseo; de inmediato parece cambiar de intención y se recuesta en el sofá y prende un cigarrillo, dirigiendo una desafiante mirada a Oriente. Se pone en pie de nuevo y comienza a increpar a sus familiares responsabilizandoles la situación. Uno de los guardias y la doctora se ocultan en la habitación aneja, por una razón que no tardo en descubrir.

Por un lado, Oriente insiste en que no es positivo tolerar abiertamente este comportamiento, puesto que Elena es plenamente consciente del mismo, y así lo reflejan los registros de las intervenciones previas. Su argumento se basa en que la falta de límites le proporcionará una sensación de poder que hará mucho más difícil la solución de este caso y de los que queden por llegar.

Por su parte, los agentes -ambos de aproximadamente mi edad y en el extremo opuesto de los tópicos que inundan su profesión- justifican su actitud menos activa en el hecho de que ni pueden ni quieren detener a una persona que, a su juicio, no posee plenamente sus facultades mentales, y que por tanto deben limitarse a solicitar la ayuda adecuada (eso seríamos nosotros) e impedir que se haga daño a ella misma o a los demás.

Afortunadamente, la discreta desavenencia no impide la estrecha colaboración entre ambos cuerpos, por lo que no tengo que usar mis habilidades de mediación. Pero Elena sí que parece darse cuenta de lo que se desarrolla fuera de su vista, dado que ahora adopta una actitud más agresiva frente a Oriente, pasando a ser la médico el nuevo objetivo de las acusaciones y los improperios.

Mientras vigilo de cerca los acontecimientos, no puedo evitar mi propio debate: por un lado parece que efectivamente Elena tiene en cuenta las consecuencias de todos sus actos presentes e incluso futuros, pero por otro me parece arriesgado ir más allá de una intervención de limitación de los daños. En cualquier caso agradezco enormemente no ser yo el responsable máximo de la asistencia, especialmente porque creo que podría estudiar años y años el tema y seguiría sin tener el dominio necesario para hacerme con el control de situaciones tan complejas.

Finalmente, la aparición de los técnicos de la ambulancia psiquiátrica provoca un cambio en la actitud de Elena. Al reconocerse de otras situaciones similares, y recordando que cualquier intento de resistencia resultaría tan inútil como incómodo, accede a ser acompañada hasta el vehículo en cuyo interior es acomodada antes de partir hacia el hospital.

Durante el largo camino de vuelta a la base, comparto con Oriente una certeza, probablemente la única referencia que ilumina el oscuro desconocimiento en el que estos avisos están sumergidos: no me cambiaría jamás por Elena ni por nadie en su situación, deben de pasarlo realmente mal. De nuevo, estamos de acuerdo.